Vargas Llosa: ensayo y ficción

“Cuando Vargas Llosa va poco a poco abrazando el liberalismo, la convicción de que no hay verdades únicas, lo que le está ocurriendo es un impulso profundo a ser fiel a sí mismo, fiel a quien siempre fue como novelista…”.

Mucho del tremendo impacto que tuvieron las primeras novelas de Vargas Llosa en los años sesenta se debió a que, en un continente acostumbrado a una literatura maniquea, de protagonistas simplones en sociedades estereotipadas, él optara por expresar la humanidad en toda su laberíntica complejidad. El ámbito novelístico de Vargas Llosa fue desde el comienzo pródigo en ambigüedades, en abismos que separan las apariencias de la escurridiza realidad; un mundo multipolar, insondable y ferozmente adverso a dictámenes autoritarios, vinieran de las autoridades del Colegio Militar Leoncio Prado, o de la corrupta dictadura de Manuel Odría. Por eso no es sorprendente, creo yo, que hacia fines de la década se diera lo que algunos -¡entre ellos el mismo Vargas Llosa!- ven como el comienzo de una “conversión” ideológica, gatillada por las dudas que empezó a tener de la revolución cubana, de su constructivismo autoritario, a veces violento y en esa época cada vez más mendaz. Sin duda fue importante esto de Cuba, pero cuando Vargas Llosa de allí va poco a poco abrazando el liberalismo, la sociedad abierta, la convicción de que no hay verdades únicas, lo que le está ocurriendo es menos una “conversión”, pienso, que un impulso profundo a ser fiel a sí mismo, fiel a quien siempre fue como novelista.

En “El llamado de la tribu”, su último libro, Vargas Llosa nos brinda siete magníficos ensayos sobre los pensadores que lo ayudaron en este proceso que yo insisto no es uno de conversión, sino de convergencia con sus propios instintos de creador. Están Hayek o Adam Smith para respaldarlo en la intuición de que algunas de las instituciones que más valen -el lenguaje, el mercado, el derecho consuetudinario- no son el producto de un plan forjado por una élite iluminada, sino el desenlace de infinitas interacciones humanas, en gran parte anónimas y espontáneas. Está Popper para confirmar su preferencia por una sociedad abierta y plural cuyos fines no están predeterminados por una élite, y en que nadie sobra en la tarea de ir descubriendo y mejorando el futuro a través de procesos de ensayo y error. Están Aron, Ortega y Gasset y Revel para confirmar la convicción de que en un mundo en que nadie es dueño de la verdad, y en que la verdad es siempre provisoria, lo lógico es ser moderado, evitando extremismos. Y está Isaiah Berlin, el liberal más afín de todos.

Vargas Llosa comenta que a primera vista Berlin no tiene ideas propias. Describe con empatía las ideas de otros pensadores, pero sin inmiscuirse él, como si fuera un novelista cuyo narrador -como el de Flaubert- logra “invisibilizarse”, dándonos la ilusión de que las historias que cuenta son “autogeneradas”. Es que la idea central de este pensador con atributos de novelista que es Berlin es que no hay una sola y única verdad, que lo que hay son verdades múltiples que a veces son incluso contradictorias. Para un pensador así, ¿qué mejor que “invisibilizarse” mientras deja que las ideas luchen entre ellas, como el novelista que deja que sus personajes se batan por sí mismos?

Al comparar a un pensador liberal como Berlin con Flaubert, al concederle a Berlin atributos de novelista, Vargas Llosa está, creo yo, de alguna manera confirmando lo que yo creo es la afinidad entre el liberalismo y su propia forma de escribir novelas. El novelista que es Vargas Llosa no podría sino ser liberal, pienso. Y eso le da un ímpetu, una convicción muy especial a estos ensayos, cuya excelencia lo confirma como el eximio expositor que es del pensamiento liberal.

Pensamiento que asusta a algunos porque, frente al vértigo que les genera la libertad, añoran “la llamada de la tribu”, cuando se vivía en plácida subordinación a la colectividad.