Guy Sorman: “La familia es filantropía a pequeña escala”

El periodista y pensador francés publica en España «El corazón americano», un análisis del papel de la filantropía en EE.UU.

Guy Sorman (París, 1944) parece un hombre feliz. Atildado, con chaqueta de tweed, calcetines a juego, camisa de cuello Mao pero con rayas ilustradas, sin corbata, con un pañuelo rojo asomando del bolsillo del pecho como una llamarada inocua, y zapatos de hebilla, de burgués gentilhombre, amante de la lectura y de la inteligencia, sonríe con facilidad, escucha con atención y mira a los ojos con genuino interés. Nos recibe en uno de los salones de la impresionante residencia del embajador francés en la capital de España, en uno de los triángulos más amables de Madrid, entre Serrano y López de Hoyos, palace sitiado por plátanos bien podados. Acaba de publicar «El corazón americano», un ameno ensayo sobre la filantropía, que hubiera merecido de la editorial Debate ser retraducido de su –a menudo insólita, por no hacer sangre– versión argentina. Economista y filósofo que pasa el tiempo entre Francia y Estados Unidos, le gusta definirse como periodista. Su curiosidad es tan insaciable como su liberalismo, como da buena cuenta en sus siempre ponderadas quintas de los lunes en ABC, «Diario de un optimista», que podría inscribir en su escudo de armas si lo tuviera. Tratando de huir del debate enconado entre el Estado y el mercado, propone poner sobre la mesa al que llama «tercer sector», la filantropía, y subraya:«No debemos olvidar que España sobrevivió a la crisis gracias a la familia, y la familia es ese tercer sector. La familia es filantropía a pequeña escala».

—¿Sigue siendo Alexis de Tocqueville su guía y maestro?
—Sí, sí, porque era un hombre muy modesto que no intentaba imponer su visión del mundo. Es exactamente lo contrario de Marx, o Engels, que venían con una visión del mundo y los hechos eran utilizados para confirmar su ideología. Tocqueville no tenía ideología, él comenzó observando hechos y desde luego para mí fue siempre un modelo, porque como él viajo mucho, hablo con mucha gente, y siempre trato de escuchar y de entender a la gente que no está de acuerdo conmigo, por qué son diferentes. Tocqueville nunca pretendía tener razón. No pretendía ser un representante de la verdad. Por eso su metodología sigue siendo para mí muy inspiradora. Sin embargo hay una gran diferencia entre él y yo: Tocqueville era muy pesimista, y yo soy muy optimista. Es mi elección. Era pesimista porque pertenecía a la vieja aristocracia francesa, y porque veía que Francia se iba volviendo más y más autoritaria, y veía que el país se deslizaba hacia una dictadura, aunque no usara esa palabra. Sin embargo yo creo que podemos escaparnos de este tipo de pesimismo. Acerca del papel de maestro podría decir que en ese sentido Milton Friedman jugó un papel mucho más importante en mi vida. Fue él quien hizo de mí un optimista. Y no conviene olvidar que la tradición francesa es fundamentalmente pesimista. Yo siempre tuve muchos encontronazos con Raymond Aron acerca de eso, sobre todo cuando me decía «tus textos están bien, pero tu optimismo está completamente equivocado».

—Usted parece un tipo raro de francés, sobre todo a causa de su devoción por Estados Unidos. ¿Dónde son mejor acogidas sus ideas, en Estados Unidos o en Francia?
—Bueno, en Estados Unidos yo estoy en el centro. Cuando publico allí me ven como alguien que es partidario de la democracia y del libre mercado, está a favor de la diversidad… No estoy solo. Allí a algunos les sorprende que un francés defienda estas posiciones, pero allí desde luego yo no soy un conservador, ni apruebo la influencia de los grupos de presión religiosos. Pero no soy nada nuevo, se me puede incorporar a un amplio sector de gente. En Francia es muy diferente, porque aunque siempre ha existido una corriente liberal (usted ha mencionado a Tocqueville, pero ahí estarían también Jean-François Revel, o Raymond Aron), siempre hemos sido una minoría, aunque puedo decir que influyente, a la que se suele recurrir en caso de crisis. Puede que seamos marginales desde el punto de vista político, pero no desde el punto de vista intelectual. Me siento parte de una tradición que arranca en el siglo XVIII. Cuando publiqué «La solución liberal», que también se editó en España, apareció una viñeta en «Le Monde» en la que se veía al presidente Mitterrand oculto tras su sombrero entrando en una librería y diciendo: «Quiero el libro de Sorman, pero no se lo diga a nadie». Sin embargo siempre he estado en contra de militar en un partido liberal.

—¿Cómo podría Europa evitar su destino de convertirse en un museo del arte y la historia, como temen poetas como Adam Zagajewski?
—Tengo la sensación de que nos encontramos en un momento decisivo en el que muchos políticos, economistas y empresarios son conscientes de que, si no reaccionamos, corremos el riesgo de convertirnos en un museo. Sin embargo veo algunos signos positivos. La izquierda ha dejado de ser socialista, y también ve la importancia de los pequeños negocios. Durante años he estado yo también escribiendo acerca del declive, del peligro de que Europa se convirtiera en la Disneylandia del mundo, pero, aunque lo que escribía era real, se ve ahora un cambio en el estado de ánimo, y también nuevas circunstancias en el horizonte. Por ejemplo, algo de lo que escribí en ABC: lo que respecta al número de patentes que se registran en el mundo. En primer lugar está Estados Unidos, seguido de Japón y Europa, lo cual quiere decir que todavía tenemos resortes intelectuales y capacidad de innovar. El problema es cómo traduces esta innovación en verdadero desarrollo económico. Por eso veo una nueva conciencia de que se pueden hacer cosas, y España es la prueba de ello. España no es Grecia. Grecia se niega a ver la realidad. El actual gobierno español se dio cuenta de que era necesario actuar, intervenir para cambiar el curso de las cosas. Y lo mismo se puede decir de Francia, y sobre todo de la Alemania de Angela Merkel.

—¿Por qué decidió investigar y escribir un libro como este, «El corazón americano», justo ahora?
—El libro tiene mucho que ver con el hecho de que yo viva parte de mi tiempo en Estados Unidos. Cuando vives allí te das cuenta de que la verdadera democracia no está apoyada en dos columnas, Estado y mercado, sino en tres: Estado, mercado y sociedad civil. Y la sociedad civil se expresa a sí misma a través de la filantropía, de las organizaciones sin ánimo de lucro. Cada vez estoy más convencido de que lo que es verdadero para Estados Unidos lo puede ser para cualquier parte. Porque en Europa hemos descubierto que tenemos un grave problema de pobreza, pago por la cultura, cuidado de los necesitados, y mucha gente, millones de personas, tienen o tiempo o dinero. Cuando los medios hablan de filantropía en Estados Unidos suelen poner el foco en la Fundación Gates, o en Soros. Pero apenas representan el 5 por ciento de la filantropía global. Lo que descubrí cuando escribía el libro es que ocurre lo mismo en Europa. Pero en Europa buena parte de esa tarea la asumía la Iglesia católica, y con el avance de los ideales socialistas en el siglo XIX organizaciones sin ánimo de lucro y el voluntariado fueron dejados de lado. Ahora volvemos a descubrir que las empresas y el Estado no pueden resolver todos los problemas, porque no sabemos cuál es la solución, como por ejemplo la drogadicción. Nadie sabe qué hacer. Pero probar y equivocarse es el campo de la filantropía.El gobierno, por definición, no puede cometer errores, y si una empresa comete errores, desaparece. Como suele decir George Soros, si no fracasamos quiere decir que no lo hemos intentado. Creo que estamos ahora descubriendo la necesidad de lo que llamo el tercer pilar, o la tercera columna. Esta noción que supone la resurrección de la filantropía es más interesante que el debate entre el Estado y el mercado.

—Como por otra parte figura en la portada de su libro, «ni el Estado, ni el mercado: la opción filantrópica».
—Exacto. Nunca sabes dónde está la línea, dónde acaba el debate. Traigamos a otro sector al debate. No debemos olvidar que España sobrevivió a la crisis gracias a la familia, y la familia es ese tercer sector. La familia es filantropía a pequeña escala.

—¿No podría verse la filantropía como una prueba del lado oscuro del capitalismo, de mala conciencia?
—No. No creo que el capitalismo sea oscuro.

—Pero tiene lados oscuros.
—¿Y qué decir entonces del Estado? El gobierno puede ser incluso más oscuro. No diría que es mala conciencia, es algo totalmente diferente. Puedes decir que viene del corazón, que es una suerte de narcisismo, o de la presión social, o de la religión. Los orígenes éticos de la filantropía son muy diversos. Pero mi punto de vista es: «no me importa». ¿Por qué Bill Gates da dinero? Me da igual. Lo que me interesa es saber qué hace con el dinero, a qué lo dedica.La filantropía, como el capitalismo, debe ser analizado por sus consecuencias, por sus efectos. No se trata de un juicio ético. El tercer sector tienen un papel distinto, pero no hay que caer en interpretaciones psicologistas o psicoanalíticas para analizar sus razones.

—Pero por otra parte, ¿no representan algunas ONG el fracaso del Estado?
—Yo no hablaría tanto de fracaso como de límites. Creo que el error de la gente que aman el gobierno o el capitalismo es esperar demasiado de ambos. El capitalismo está ahí para producir bienes y servicios, no esperas de una compañía que sea ética, aunque debería respetar a sus empleados y la ley. Pero el papel de las empresas es fabricar bienes que puedan ser adquiridos. Y el papel del gobierno es proporcionar otra clase de bienes y servicios que el sector privado no puede proporcionar, como justicia o defensa. Y el tecer sector ha de ocuparse de lo que los dos anteriores no puede producir. Son diferentes funciones y papeles.

—¿En la noche de su corazón liberal comparte consigo mismo alguna duda acerca del capitalismo liberal y el futuro de la vida en la Tierra?
—[Se ríe] No, si tuviera dudas dejaría de escribir. Pero no tengo dudas si examino mi propia vida y mis razones vitales. Ya he dejado de ser joven, pero puedo recordar cuando yo nací, en 1944: Europa estaba dividida en dos, entre el comunismo y el capitalismo, estábamos amenazados por la Unión Soviética, y pasábamos el tiempo con estúpidos debates sobre si el sistema socialista era más eficaz que el capitalista. Pero no teníamos televisión, ni teléfono, ni antibióticos, ni calefacción central. Iba en bicicleta a la escuela y tenía que recorrer diez kilómetros. He visto cómo hemos progresado, aumentar la esperanza de vida. Y esto no ha ocurrido por accidente. Ocurrió porque la gente pensó que la Unión Europea era buena, y que el libre mercado y la democracia eran mejores que el sistema socialista. Todos somos prisioneros de nuestro tiempo, y nuestra identidad está determinada por el tiempo en que vivimos. Usted cree que es español, yo creo que soy francés. Gran error. Ambos pertencemos a nuestro tiempo, somos prisioneros de nuestra época, de lo que somos, de lo que escribimos, de lo que vemos. Derrida solía decir que el autor no escribe, es su época la que escribe a través del autor. Y creo que hay algo muy profundo en lo que Derrida dice.

—¿Le gusta este Papa y lo que está diciendo?
—No soy católico, y me siento alejado de su pensamiento. Si fuera católico sería diferente. Pero observo lo que dice desde la distancia, desde fuera, y le juzgo por lo que hace y por lo que dice. Cuando dice que la mayor preocupación de la Iglesia es cuidar de los pobres estoy de acuerdo, lo apruebo. Es uno de los grandes papeles de la Iglesia. Pero cuando empieza a hablar de problemas globales, como cuál es el mejor sistema económico o el calentamiento global, él no sabe más que otros. Puede ser el Papa, pero no conocer los temas. Creo que el Papa no es prisionero del tiempo, sino de su época en Buenos Aires. El Papa se sirve del típico lenguaje de la izquierda y de los jesuitas en Buenos Aires. En guerra con el Opus Dei (el Opus Dei era partidario del mercado y los jesuitas estaban en contra), creo que todo su pensamiento social está basado en una experiencia limitada y en un conocimiento limitado, fruto de lo que vivió en Argentina, que nunca ha sido un mercado libre. El Papa creía que vivía en un mercado libre y no es así, vivió en una economía mafiosa, que es algo totalmente distinto.

—En su «Carta de Singapur» [publicada ayer en ABC], escribe, una vez más, acerca de democracia y desarrollo. ¿Es el caso particular de Singapur una lección contra el uso de la ideología para entender la realidad, como la prensa hace con demasiada frecuencia?
—Singapur es una historia embarazosa. Cito a Milton Friedman, porque él solía decir que no es un Estado, es un asunto familiar. Me he entrevistado en varias ocasiones con Lee Kuan Yew [el longevo jefe de gobierno, fallecido recientemente], y también con su hijo, Lee Hsien Loong [el actual jefe de gobierno]. Cuando le planteé la pregunta de si eran un negocio familiar me contestaba que era un Estado de verdad: tenemos Ejército, un Ministerio de Asuntos Exteriores… Es en parte un asunto familiar, porque el país está básicamente bajo protección de Estados Unidos. Pero también es cierto que se trata de un caso insólito de despotismo ilustrado y mercado libre. El problema con el despotismo ilustrado es cómo encuentras al déspota, que en la mayor parte de los casos no son en absoluto ilustrados. Lee Kuan Yew no murió siendo el líder del país, sino que se retiró antes. Es un modelo, sobre todo desde el punto de vista económico, pero también de imperio de la ley. Hay que tener en cuenta de que también es un país muy pequeño, lo cual marca la diferencia. Lo que se debe hacer es estudiar caso por caso, y distinguir entre experiencia y modelo, y Singapur es una experiencia.

—El tiempo está dando más crédito a Camus que a Sartre. ¿Cómo de grande fue la influencia de cada uno de ellos en su educación política?
—Sartre nunca tuvo ninguna influencia ne mí, sobre todo porque nunca conseguí entender muy bien de qué estaba hablando. Era un experto en manipular conceptos, pero tengo dos problemas con Sartre: primero con los conceptos, cuando los conceptos solo son conceptos y no puedes establecer ningún vínculo entre ellos y la realidad. El segundo tiene que ver con su vida personal, que no tiene nada que ver con su filosofía. De alguna manera a Sartre cabe encuadrarlo en la tradición platónica. Él pensaba que hay una élite de filósofos, y que esta élite define los conceptos y tiene todos los derechos. Y la gente tiene que seguirlos. Yo siempre me he sentido francamente incómodo ante la nada democrática dimensión de la filosofía sartriana. De esto no se suele hablar, se suele describir siempre a Sartre como un héroe revolucinario. Lo que él amaba sobre todo en la revolución era la magia de la revolución. Recuerdo una converasción con Sartre sobre la Revolución Cultural en China. Yo estuve en China y le pregunté qué es lo que le gustaba de la Revolución Cultural, y me dijo que la música y los colores. Era una estética de la revolución. Tú solo puedes apreciar ese aspecto de la revolución si estás en la cima y no sufres el impacto directo de lo que la revolución supone. Yo nunca he aceptado este comportamiento antiético.

—Muy cínico.
—Muy cínico, muy a-ético. Es la tradición platónica.

—¿Y Camus?
—Camus fue una gran influencia desde el comienzo. Es extraño, pero cuando murió yo era muy joven y cuando sufrió el accidente que acabó con su vida lo sentí como si se me hubiera muerto alguien de la familia. Fue un asunto personal.

—El título de su columna semanal en ABC es «Diario de un optimista». ¿Es ese el principal rasgo de su carácter?

—Tienes que elegir algo, tienes que buscar un título… No diría que es un rasgo de mi carácter, sino que se trata de una elección intelectual. Porque trato de contemplar el mundo como el mundo es. Creo que las razones para el optimismo son mayores que las razones para el pesimismo. La gente dirá que hay guerra, plagas, quizá calentamiento global, que todo ha ido mal con las primaveras árabes… De acuerdo, pero yo pongo las luces largas y creo que hay razones para el optimismo, hay más gente con buena formación, hay más Estado bienestar, mayor esperanza de vida… Creo que hay una inmensa capacidad de innovación. Adopto el optimismo como una estrategia.

—¿Está preocupado por la muerte, y por la vida después de la muerte?
—No. La vida es vida, y este es el fin de ella.

—¿Quién es Guy Sorman?
—[Se ríe, como ante buena parte de las preguntas. Guy Sorman es un hombre bienhumorado] Ah, eso tendría que preguntárselo a mi mujer. Ella me conoce bien. Yo nunca me he hecho a mí mismo esa pregunta. [Se lo piensa unos instantes] Yo siempre he querido ser honesto. Nunca he escrito nada por otras razones que por razones intelectuales. Si escribo y si hablo en público es porque he hecho mis deberes, he investigado el tema. Nunca he inventado hechos, siempre he sido riguroso, y digo lo que creo, no lo que es verdadero sino real desde mi punto de vista. Y esta siempre ha sido mi manera de proceder. Nunca he escrito una sola palabra para ser popular, famoso, o para conseguir poder. Mi línea de conducta ha sido siempre ser honesto intelectualmente conmigo mismo, para poder mirarme en el espejo cada mañana y poder decir lo que has dicho, lo que has escrito, lo que has hecho sea entre tus familiares, tus amigos o ante el mundo ha sido siempre coherente, sin haber inventado nunca hechos, ni haber pretendido ser el que no eres…

—Perfecto, tanto para lectores como para periodistas.
—Básicamente, soy un periodista. No pretendo ser otra cosa. Lo que hago es lo que hacen los periodistas: fijarse en los hechos, escuchar a la gente y luego tratar de contarlo de la manera que lo pueda entender cualquiera.

Publicado en: www.abc.es el 04 de abril de 2015.