Guy Sorman: “Capitalismo y Sociedad”

“No es por generosidad por lo que el panadero vende su pan al ama de casa a un precio que ésta puede permitirse, sino porque le interesa”. Así fue Como, hace dos siglos, el moralista escocés Adam Smith definía los fundamentos de la economía de mercado. Al mismo tiempo, Mandeville, un inglés de origen francés, describía con una parábola, la fábula de las abejas, lo que más adelante se revelaría como el capitalismo moderno. Según Mandeville, en la sociedad de las abejas coexisten las actitudes positivas y negativas, moralmente condenables o elogiables; pero la combinación de estos sentimientos blancos y negros da lugar a una colmena que funciona por el bien común, según un principio de armonía de intereses. En la filosofía liberal, arbotante del capitalismo, es él interés, y no los sentimientos morales, lo que produce una sociedad mejor. En esta sociedad real, el hombre no es ni bueno ni malo, es lo uno 0 lo otro, a veces ambas cosas a la vez; de este concepto pragmático o cínico de la humanidad se deriva que los liberales no se plantean jamás modificar la naturaleza humana, la toman como lo que es, y con ese material imperfecto, proponen un edificio igualmente imperfecto, pero viable. Por consiguiente, la moral no es el fundamento del capitalismo, lo que no implica que el capitalismo sea inmoral, sino todo lo contrario. En el caso de Adam Smith, el fundador, la causa de su reflexión fue la indignación suscitada por la pobreza masiva en la Europa de su tiempo;, releyéndolo hoy en día, la Inglaterra y la Francia que describe son comparables a ese Tercer Mundo en el que coexisten la extremada riqueza de la aristocracia y la indigencia absoluta del pueblo. El poner remedio a esta diferencia y sacar a la masa de la pobreza fue lo que llevó a Adam. Smith y a todos los economistas liberales desde entonces a preconizar la economía de mercado: el comercio libre, la división del trabajo, la propiedad privada, el derecho a crear empresas, la reglamentación del mercado por parte de un Estado previsible, son otros instrumentos que no enriquecen tanto a los ricos, pero que aportan a los más pobres los bienes de que sólo disfrutaba una ínfima minoría. La prueba experimental de la exactitud de este razonamiento se lee en la historia real del capitalismo: un acaudalado contemporáneo no vive mejor que un aristócrata del siglo XVIII, pero la suerte de los humildes ha mejorado drásticamente. Según este criterio objetivo, los capitalistas no son necesariamente morales, pero el capitalismo, por sus resultados económicos y sociales, parece el más moral de los sistemas que existen.La historia de los orígenes del capitalismo revela hasta qué punto estaba bien fundada la intuición teórica de Mandeville y Adam Smith, así como la de los fisiócratas y Turgot. Los fundadores de las grandes dinastías capitalistas, desde el siglo XVIII hasta nuestros días, no estuvieron movidos por un sentimiento moral, sitio por un ansia de acumulación primitiva del capital: muchas grandes empresas surgieron de la piratería, el comercio de esclavos, la explotación en todas sus formas, el contrabando, el mercado negro, el tráfico de influencias o el narcotráfico. Surcouf fue uno de los primeros capitalistas franceses; la esclavitud hizo la fortuna de los primeros negociantes de Nantes; no fue casualidad que se apodara a los grandes empresarios americanos del siglo XIX los barones del robo; la piratería fue determinante en el origen de los grupos industriales japoneses; sin el mercado negro, sin la guerra de Corea primero y la guerra de Vietnam después, el capitalismo coreano y taiwanés no sería tan próspero; las guerras del Imperio hicieron la fortuna de los Rothschild, por no remontarnos a los Fuger, primeros capitalistas de Europa Central por haber financiado las guerras de Carlos V. Pero de esos dudosos orígenes surgieron empresas respetables, que creaban riquezas, empleo, progreso: al padre pirata seguía a menudo un hijo formado en universidades, y la generación siguiente legitimaba retroactivamente la fortuna familiar o empresarial con alguna fundación cultural.

Esto lleva a ver con nuevos ojos la posible expansión del capitalismo en tierras vírgenes como Polonia, Rusia, Turquía, Colombia. En el mundo ex comunista hay apparátchiki que se reconvierten en empresarios capitalistas, mafiosos que blanquean los fondos del crimen o de la droga aprovechando las privatizaciones; en ‘ Turquía, en América Latina, se construyen industrias, pero- también hospitales y universidades, gracias al reciclaje del dinero de la droga. Condenar la reconversión de los -burócratas oficiales, de los mafiosos y de los narcotraficantes en empresarios capitalistas estaría moralmente justificado. Pero ¿no sería económicamente desastroso? Cabe señalar que la reprobación moral viene de Occidente, pero que los Gobiernos de estas naciones de capitalismo incipiente no han adoptado una postura ética, sino pragmática. Nuestro paradójico elogio del capitalismo moral, a pesar de sus fundamentos inmorales, parece estar en conflicto con la tesis generalmente admitida de Max Weber y de todos los culturalistas que se reconocen como tales. Pero ¿se ha leído bien a Max Weber? El sociólogo alemán no- pretende que los primeros capitalistas fueran seres morales: los describe más bien como ansiosos. En La ética protestante y el espíritu del capitalismo, Weber afirma que es de la ansiedad del calvinista, derivada del temor a la no elección divina, de donde surge el deseo de acumulación de’ riquezas. Si el empresario logra llevar a cabo con éxito esta acumulación, ello le asegura su elección. El primer capitalista weberiano parece pertenecer más, en este cuadro casi clínico, al psicoanálisis que a la sociología. Max Weber, que conocía perfectamente los orígenes del capitalismo, no santificaba en absoluto a los empresarios, tan sólo intentaba comprender sus motivaciones profundas, que s urgen de una preocupación ética, sin que por eso su comportamiento sea necesariamente ético, al tiempo que conducen hacia un sistema moralmente respetable. La angustia metafísica que conduce al deseo de acumulación capitalista no es, por tanto, necesariamente moral, aunque la sociedad que la acoge pretenda ser moralizadora. Max Weber no contradice a Mandeville; su error está en otra parte, como demuestra el surgimiento del capitalismo fuera del mundo protestante. El confucianismo en Asia, el islam en Turquía, el catolicismo en España o en Quebec, no han impedido, frente a lo que profetizaba Weber, la universalización del capitalismo. Sin duda, la ansiedad metafisica que conduce a la acumulación primitiva no es propia de una religión, sino consustancial a la naturaleza humana; o bien la inmoralidad del empresario primitivo se encuentra en todas las culturas desde el instante en que las circunstancias políticas y económicas permiten que el deseo se desarrolle, se manifieste.

Hasta aquí hemos razonado como si el capitalismo fuera moral no en sus fundamentos, sino en su evolución. ¿Son morales el paro, la marginación, las desigualdades sociales que tienen lugar en el capitalismo? Evidentemente, no. Pero no es tamos en el mundo de lo absoluto; de todos los sistemas rea les experimentados hasta la fe cha por la humanidad contemporánea, el capitalismo es el más progresista. Y en la vida real, el progreso equivale a la moralida& En las sociedades capitalistas, la mayoría de los hombres viven más tiempo y mejor que en cualquier otra organización. A la inversa, una de las señales más proféticas de la caída del socialismo real fue la reducción media de la esperanza de vida en los años sesenta, sin tener siquiera en cuenta los crímenes del gulag. Por supuesto, el progreso no es la felicidad, aunque haya algunos bardos del capitalismo que consideran que, aunque la perspectiva de conservar a sus hijos vivos en lugar de verlos morir tal vez no dé a una madre la felicidad, reduce ciertamente su desgracia. Por supuesto, la moralidad relativa y los progresos debidos al capitalismo no pueden excluir que éste sea puesto en cuestión. Precisamente porque el capitalismo se ha vuelto dominante, es incluso imperativo criticarlo. Precisamente porque tiende a eliminar la pobreza y su única legitimidad es su éxito material, todo rastro de pobreza en una sociedad capitalista es moralmente condenable.

Por otra parte, esta crítica moral realizada desde dentro del capitalismo no lo perjudica; la experiencia muestra que la vitalidad del mercadose beneficia de su impugnación y a veces hasta ayuda a potenciarla. El moralista en la sociedad capitalista es rentable, el artista contestatario produce cuadros que se comercializan, los medios de comunicación transforman la violencia en objeto de consumo. ¿Hasta dónde? Algunos economistas, seguidores de Schumpeter, temían que el capitalismo muriera por causa de su imperfección moral, por su legitimidad restringida, por la crítica permanente de las élites intelectuales reacias al materialismo, en busca de mitos o de utopías que el mercado no produce. Ciertamente, el capitalismo desaparecerá algún día, como toda institución humana inscrita en la historia. Podría morir por su ineficacia si, por ejemplo, una crisis económica en el capitalismo se convirtiera en una crisis del capitalismo.

Más probable sería que muriera por la competencia de mitos más poderosos para el espíritu humano que la libertad o el progreso. Según esta hipótesis que esbozan los movimientos fundamentalistas, el progreso se interrumpiría -cosa que ha sucedido a menudo en la historia- y la vida se abreviaría; los moralistas podrían entonces soñar con el capitalismo como con una edad de oro perdida. Tal vez fuera ése su último triunfo: la redención mediante la desaparición.

Publicado en: El País el 19 de enero de 1994.