El hombre que quiso envejecer como mujer

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El hombre que quiso envejecer como mujer

A los 71 años, Deirdre McCloskey es una historiadora y economista norteamericana que ha hecho clases en las más prestigiosas universidades del mundo, como la de Chicago, donde trabajó con Milton Friedman. Hasta hace poco también era un hombre casado y de barba espesa llamado Donald. Recién a los 53 años se dio cuenta de que siempre había querido ser mujer y decidió cruzar la frontera más difícil de todas, la del cambio de sexo. Nunca ha sido tan feliz como ahora.

Por Guillermina Altomonte / Fotografía: Andrew Bruah

Paula 1128. Sábado 17 de agosto de 2013.

ESTA HISTORIA TIENE MUCHOS COMIENZOS
Un niño crece en Boston durante los años 40. Su padre es profesor de Harvard, su madre es cantante de ópera, tiene un hermano y una hermana menores. El niño va al colegio, tiene amigos, juega fútbol. Un día, a los 11 años, juega a ponerse las pantys de su mamá y tiene su primer orgasmo. A partir de entonces, y por 40 años, Donald McCloskey se pondrá ropa de mujer a escondidas, de vez en cuando. Por lo demás será un hombre alto y macizo, saldrá con mujeres, y se casará a los 22 años. Su mujer se entera pronto de la extraña afición de su marido pero decide que es una excentricidad y que mientras Donald lo haga en privado, todo bien. Donald estudia Economía en Harvard e inicia una exitosa carrera académica que lo lleva a las mejores universidades del mundo, entre ellas la de Chicago, donde trabaja con Milton Friedman y se transforma en acérrimo defensor del libre mercado. Está convencido de que es un cross-dresser heterosexual.

No quedan rastros de Donald en su cara. Su voz, eso sí, es ronca. Aunque tuvo dos operaciones en las cuerdas vocales y varias sesiones de fonoaudiólogo le quedó una voz rasposa, metálica. “Ya me di por vencida”, suspira. “Ahora soy lo suficientemente vieja como para que no me importe. La gente debe pensar que tomo whisky y fumo 40 cigarros al día y por eso hablo así”.

Otro comienzo: Donald tiene 53. Sus dos hijos se han ido de la casa, en Iowa, donde Donald es profesor. Siente más libertad para vestirse de mujer a sus anchas. Aparece internet y todo cambia. Donald encuentra información sobre cross-dressers: hay clubes, hay bares, hay tiendas que venden ropa y anillos de mujer en tamaños XL. Conoce a otros como él. Muchos han decidido cruzar la frontera y cambiar de sexo. Donald todavía no. Pasa casi un año así, comprando cada vez más ropa y pelucas, pintándose las uñas de los pies más seguido, perdiendo peso, depilándose el pecho, sacándose la barba con electrólisis. Hasta que un día va manejando de vuelta de una convención de cross-dressers y de pronto se da cuenta: “en verdad quiero ser mujer. Puedo ser mujer”.

Su esposa, que había reaccionado muy mal ante la progresiva feminización de su marido, exige divorciarse. Sus hijos le dejan de hablar. Su hermana trata de internarlo varias veces a la fuerza en clínicas siquiátricas. Para Donald esta no es una locura. Durante 1995 se somete a nueve operaciones con anestesia general: nariz, pómulos, estómago, pechos, hasta llegar a la última: el cambio de sexo. Se ha gastado 90 mil dólares y ha perdido a su familia. Pero al fin es Deirdre McCloskey.

Entonces, la historia también puede comenzar muchos años después.

Deirdre abre la puerta de su loft remodelado en pleno centro de Chicago, lleno de luz y libros y flores y cuadros que le han regalado. La acompaña un perrito de pelo áspero llamado William Shakespeare. Es profesora de Economía e Inglés en la Universidad de Illinois, una de las más importantes de Estados Unidos. Su calendario 2013, pegado en el refrigerador, está colapsado: viajes a Pisa, Rotterdam, Estocolmo, para dar cátedras y conferencias –a fines de 2011 dio dos charlas en el Centro de Estudios Públicos, en Chile, y aprovechó de apoyar la campaña por la ley de antidiscriminación que se estaba tramitando–. Está terminando el tercer volumen de una trilogía sobre la historia del capitalismo que la ha catapultado a la fama. Tiene buenos amigos, su propio sitio web, un grupo de mujeres en la iglesia y una excelente relación con su madre.

A punto de cumplir 71 años, es como si aún tuviera la vida por delante.

Estas fotografías muestran a Deirdre cuando aún era Donald. La imagen de la izquierda es de 1977 y aparece con su hija. Y la fotografía de la derecha es de 1985, cuando era profesor en la universidad de Iowa. 

MEJOR SER UNA MUJER VIEJA
No quedan rastros de Donald en su cara. La mirada penetrante está suavizada por sombra verde agua en los párpados. La nariz se nota operada pero podría ser la de una mujer que se ha hecho retoques. Tiene lindas arrugas y el pelo, algo seco y canoso, tomado hacia atrás. Sus orejas son grandes, igual que sus manos. Usa un anillo grueso de plata, una pulsera, aros, blusa de algodón y jeans. Las uñas pintadas de rojo.

Su voz, eso sí, es ronca. Aunque tuvo dos operaciones en las cuerdas vocales y varias sesiones de fonoaudiólogo le quedó una voz rasposa, metálica. “Ya me di por vencida”, suspira. “Ahora soy lo suficientemente vieja como para que no importe. La gente debe pensar que tomo whisky y fumo 40 cigarros al día y por eso hablo así”.

Se disculpa de que el departamento esté algo desordenado: ha estado con un problema de artritis en las caderas y debe usar bastones hasta la cirugía que la dejará como nueva, en pocos días más. Le cuesta, sobre todo, subir al segundo piso del loft donde está su biblioteca de 8.500 ejemplares y donde trabaja incansablemente en el tercer volumen de su trilogía The bourgeois era. “Iba a hacer seis, pero es imposible. Serán tres, creo que lo terminaré este verano, y entonces será una colección de tomos en una caja, ¡como Harry Potter!”, se ríe, satisfecha.

¿Tu cambio de sexo no afectó tu carrera?
Yo estaba dispuesta a perder mi trabajo. No pasó, aunque sé que el presidente de la American Economics Association me vetó de ser nombrada en el comité de asuntos de la mujer. Pero la gran mayoría de mis colegas han sido muy receptivos. Si hubo discriminación, lo que he hecho desde mi cambio la ha superado: porque mi trilogía y mi trabajo sobre la significancia estadística son logros que tuve a los 60 años.

¿O sea que tu mayor logro intelectual fue como mujer?
Sí. Y lo que digo siempre es que es mucho mejor ser una mujer vieja que un hombre viejo. Veo a hombres viejos como… un poco tristes. Una vez que pierden su trabajo, pierden el sentido de su vida. Mientras que una mujer, además, tiene su sentido en su familia (si la tiene), en sus amigos, en la iglesia, entre otras cosas. Para mí es así. La forma en que los hombres llevan sus vidas es a través de entusiasmos. ¿Te has fijado? Hobbies. Aprenden a hacer aeromodelismo, aprenden a jugar golf, y desde nuestro punto de vista no tiene mucho sentido.

¿Y cómo crees que hubieras envejecido como Donald?
Supongo que como cualquier hombre, con muchos hobbies. De hecho, iba a empezar a hacer barcos a escala cuando mi hija se fue de la casa. Nunca me metí en eso al final.

En cambio, te hiciste mujer.
Desearía haberlo hecho a los 13 años. Hubiera sido lo mejor. Hay muchos jóvenes que expresan este deseo y mi postura es que deberían permitirles hacerlo. No es que estén confundidos o sean gays, esa es una idiotez. Este es un deseo muy profundo, que a veces la gente siente desde muy joven, y estoy a favor de un tratamiento temprano, porque entonces resulta muy bien. Si tú empezaras a tomar hormonas masculinas, en seis meses tendrías una barba, tu voz cambiaría y te saldrían músculos. ¡Así que considéralo! (se ríe). Cuesta lo mismo que comprarse un auto.

Quizás mucha gente no se permite pensarlo.
Eso me pasó a mí: no me lo permití. Lo canalicé estrictamente en cross-dressing ocasional, y aparte de eso era un tipo normal.

Pero hiciste la transición habiendo vivido una vida entera.
Sí. En las vísperas de la vejez, en cierto sentido. Y desde entonces nunca he tenido ninguna duda.

¿Sentiste que era ahora o nunca?
Así es, le llaman la crisis de los 40. De cierta forma es algo natural en la vida de los hombres, porque no han estado pensando mucho en sus vidas. Las mujeres piensan en eso desde que son niñas. Pero los hombres no: los hombres solo han estado haciendo. Entonces no es sorprendente que a los 40 o 50, se pregunten: “¿Qué estoy haciendo?”.

Estas fotos fueron tomadas en 1995, año en que Donald, con 53 años, se somete a nueve operaciones para transformarse en Deirdre.

POBRES HOMBRES
En 1999 Deirdre publicó las memorias de su transición a mujer. El libro se llama Crossing porque esa es la palabra que le gusta usar: no “transexual” sino “gender crosser”: alguien que cruza de género. Dice en la introducción que cambiar de sexo no es tan distinto a cruzar otras fronteras: ser extranjero en un país o convertirse en cura. Tres de cada diez mil personas lo hacen. La cruzada de Deirdre estuvo plagada de emociones. La angustia inicial de ir al baño de mujeres y que la “leyeran”, es decir, que la reconocieran como Donald cuando aún tenía rasgos masculinos. La extrañeza de que le empezaran a atraer los hombres. Las pequeñas victorias: que le dijeran “señora” en un restorán.

Han pasado 18 años desde que te convertiste en mujer. ¿Qué cosas han cambiado?
Ahora me siento completamente cómoda. Ya no me preocupa que me lean, algo que hasta hace poco era una gran inquietud. Por ejemplo, antes no usaba pantalones porque decía: ‘¡No pasé por todo esto para volver a usar pantalones!’. Así que usaba faldas. Hasta que estaba en Ámsterdam comprando ropa y la vendedora me dijo: ‘¿por qué no te pruebas un traje pantalón?’. Me encantó y ahora los uso todo el rato. Ese ha sido un gran cambio: es una tontera, pero es un indicador de mi seguridad en mi femineidad.

Uno pensaría que el cambio de sexo asegura la transición.
No, no es así. Es tu cara, tus gestos, tu voz. Es la forma en que te presentas al mundo. Eso determina tu posición social como hombre o mujer. Porque, ¿cuántas veces al día tus genitales son chequeados por extraños? Cero. Entonces la parte cosmética es la más importante. No tus genes, aunque cada célula en mi cuerpo diga XY, y cada célula en tu cuerpo diga XX.

¿Y qué partes masculinas te quedan?
Ah, todavía tengo esa dureza para discutir, pero también la tienen otras mujeres economistas. Es algo que viene con la profesión. Y yo fui hombre, no me avergüenzo de ello. Mi madre me dice: eres muy privilegiada, has podido ver el mundo desde las dos perspectivas. Eso es interesante. Pero igual tengo algunos gestos que debo cambiar.

¿Como cuáles?
A menudo me rasco la nariz así (hace el gesto de lado a lado) y ese es un estilo muy masculino. Las mujeres lo hacen más delicadamente. Todavía observo a las mujeres. Ahora te estoy observando a ti. Miro a todas las mujeres, me fijo en lo que hacen y lo trato de imitar: la forma de cruzar las piernas, los codos pegados al cuerpo… Hay todo tipo de gestos. Por ejemplo, cuando apoyas tus manos en las caderas, las mujeres –debido a la forma de sus codos– apuntan los dedos hacia la espalda, mientras que los hombres los apuntan hacia delante. Todos estos son indicadores, como en el póker. Y yo quiero controlar todos los indicadores que pueda, quiero que digan: “mujer, mujer, mujer”. Pero ya no es una gran ansiedad.

En tu libro también hablas sobre la forma especial en que conversan las mujeres.
La conversación entre hombres se trata de establecer jerarquías y expertise: “Yo sé más de esto que tú”. Pobres hombres. No tienen acceso a conversaciones de verdad, es raro y triste. Mientras que entre mujeres es a menudo sobre la relación con la persona con la que estás hablando. Mi madre le habla a una mujer en un supermercado sobre la madurez de la fruta y en dos minutos sabe la historia de su vida.

¿Y crees que a los hombres no les interesa eso?
Te digo que no. Cuando era hombre no le contaba nada a nadie. Tuve colegas por años y nunca supe cuántos hijos tenían o si estaban casados. Las conversaciones me entraban por un oído y me salían por el otro. O me daba vergüenza, no quería saber sobre la vida amorosa de alguien. No quería escuchar sus problemas.

Pero, ¿por qué? ¿Te sentías amenazada?
En parte es porque un hombre siente que tiene que hacer algo al respecto, pero más que nada es por falta de interés. Lo que para mí es increíble es que cambié. Antes no podía recordar el árbol familiar de nadie; ahora si me hablas de tu familia hago un mapa en mi cabeza y lo voy a recordar.

¿Cómo aprendiste?
En parte poniendo atención a ese tipo de cosas, escuchando. Pero también fue algo espontáneo en mí, y eso realmente me sorprendió: que de repente realmente me interesaba la vida de la gente. Quizás fueron las hormonas, aunque dejé de tomar hormonas hace mucho tiempo. La teoría más plausible, creo, es que en cada persona hay un ánima y un ánimus, para ponerlo en términos jungianos. Hay un espíritu femenino y un espíritu masculino, y si nos permitimos ambas partes hay mucho que puede florecer.

Has sido criticada por estereotipar a hombres y mujeres, ¿no?
Fui un poco atacada por gente que decía que yo tenía una visión de las mujeres de los años 50, y eso es estúpido. También hay feministas desagradables que son extremadamente transfóbicas, que dicen que las personas transgénero no son mujeres de verdad. Cuando justamente el punto del feminismo es que los genes no determinan todo. El género es una construcción social, hay que tener cuidado con decir “Ah, querida, tus genes son XX así que debes quedarte en la cocina”.

“Es mucho mejor ser una mujer vieja que un hombre viejo. Veo a hombres viejos como… un poco tristes. Una vez que pierden su trabajo, pierden el sentido de su vida. Mientras que una mujer, además, tiene su sentido en su familia (si la tiene), en sus amigos, en la iglesia, entre otras cosas”.

BIENVENIDA AL GRUPO
La primera vez que la mamá de Deirdre la vio vestida de mujer, cuando aún era Donald y estaba haciendo la transición, dijo: “¡Dios mío! No deberías usar anillos en todos los dedos”. Contrario a lo que Donald esperaba, fue el miembro de su familia que mejor reaccionó ante el cambio. Hoy tiene 91 años y son grandes amigas. “Cuando yo era hombre era distante, no hablábamos mucho. Ahora hablamos casi todos los días”, dice Deirdre.

Entonces le cambia el tono: “Desafortunadamente, la actitud de mi familia de casado no ha cambiado nada. Me acabo de enterar de que tengo un tercer nieto. Me enteré porque estaba buscando en internet noticias de mis hijos, como hago con frecuencia. Fue como si me apuñalaran de nuevo. Nunca he visto a mis nietos, y eso que mi hijo vive a media hora de mi casa. Pero no responde a ningún acercamiento, mi hija tampoco. Así que he perdido la esperanza con eso”, suspira. Su ex mujer, que se volvió a casar, tampoco le habla.

En 2011 Deirdre vino a Chile en su calidad de economista, invitada por el Centro de Estudios Públicos, CEP, a dictar dos conferencias. Ella asegura que el cambio de sexo no afectó su carrera académica y que la mayoría de sus colegas ha sido muy receptivo.

Pero Deirdre insiste en que esas son las únicas malas noticias. “Ya sabes cómo son los seres humanos. Pregunta en cualquier familia y vas a encontrar el mismo tipo de cosa: el tío José le dijo algo desagradable a la tía Elena hace 20 años y nunca más se hablaron. La gente es testaruda con sus opiniones”, teoriza. Le da hambre y sugiere que vayamos a almorzar. Cruzamos la calle a un pequeño restorán al que va bastante seguido. “Voy a pedir lo que siempre pido: las quesadillas tex mex”, dice apenas se sienta. “Las mujeres siempre comen ensalada”, agrega enseguida, como si se hubiera dado cuenta de su salida de libreto. “De hecho, recién hace un año empecé a comer frutas y verduras de forma más regular. ¡Fue una revelación! Perdí como 10 kilos comiendo más sano”.

La ansiedad de cuidarse más al envejecer les pasa a casi todas las mujeres. ¿A ti no?
Como nunca fui una mujer joven, no tengo esa sensación de pérdida, “oh, antes era hermosa y ahora tengo estas arrugas”. Pero si necesitara hacer otra cosa para ser mujer, la haría. Si hubiera una operación que garantizara una nueva voz, la haría.

Ese es el punto, igual hay un anhelo por la belleza.
No quiero ser bella. Quiero pasar como mujer. No me importa si me veo linda, eso está bien pero no es fundamental. Se vuelve fundamental para quienes nacen mujeres porque siempre les dicen “eres linda, eres linda” y la belleza es esencial para ellas.

¿Cómo dominaste, por ejemplo, el arte de maquillarte?
No tiene mucha ciencia, se aprende. Si una chica de 14 años lo puede hacer, yo también. Pero ya no uso maquillaje excepto sombra en los ojos y, a veces, lápiz labial. Me he dado cuenta que ponerse colágeno en los labios es solo temporal, hay que hacerlo cada seis meses y, como soy vieja, no vale la pena. Si tuviera 40, sí. Y no uso otros productos de belleza.

¿Cómo fue empezar a ser mirada por los hombres?
Muy bueno, me gusta mucho. Juego a coquetear con hombres que no conozco. Tengo experiencias ridículas: cuando me vine a Chicago decidí tratar de conocer hombres a través de agencias de citas. Tuve citas hilarantes. En una, un tipo me llevó a cenar y pasó todo el rato hablando de sus negocios y de su mujer que había muerto. Nunca me preguntó nada de mí. Y me llevó a mi casa esperando que lo invitara a subir. Pero soy una chica a la antigua, no voy a hacer eso en una primera cita (se ríe).

¿Nunca has estado en pareja con un hombre entonces?
No. Pero estuve en una relación con mi mujer por un tercio de siglo. Así que no me siento privada de la experiencia del amor.

¿Pero no te da curiosidad lo que es ser una mujer en una relación?
Me gustaría, pero después de esa experiencia con las citas decidí esperar. Mis amigas me dicen: “Bienvenida al grupo, querida. Eres una mujer alta, exitosa y profesional, de cierta edad. ¡Nosotras tampoco encontramos a nadie!”.

¿Y aparte de eso? ¿Te sientes aceptada como mujer?
Casi siempre. Me he vuelto muy activa en el grupo de mujeres de mi iglesia anglicana, que está cruzando la calle. Nos acompañamos. Una de las mujeres tiene un problema de depresión y la ayudamos, yendo a su casa, limpiando, cocinando. Si estoy enferma, ellas me van a ayudar. Es maravilloso.

¿No hay algo que eches de menos de ser Donald?
Nada. Ha sido tanto lo que he ganado que estoy muy feliz. Antes era un hombre alegre, siempre fui bastante seguro de mí mismo. Pero ahora que estoy segura de mi identidad de género, lo soy mucho más. Por ejemplo, mi tartamudez ha mejorado mucho. Hablo ante audiencias enormes de personas, sin apuntes, con mucha facilidad.

¿No has notado ninguna pérdida de privilegios por ser mujer?
No. Por eso es tan importante que a los 60 haya hecho este trabajo. Porque nadie puede decir “perdió lo suyo cuando se convirtió en mujer”. Para mí era importante que eso no pasara. Soy parte de un puñado de economistas feministas libertarias y no hubiera hecho una contribución al feminismo si al convertirme en mujer pasara todo el tiempo haciéndome limpiezas faciales.

¿Nunca haces esas cosas?
No mucho. Me hice las uñas hace poco, pero ahora se están   descascarando·

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