El hombre que quiso envejecer como mujer

Noticia de www.paula.cl

El hombre que quiso envejecer como mujer

A los 71 años, Deirdre McCloskey es una historiadora y economista norteamericana que ha hecho clases en las más prestigiosas universidades del mundo, como la de Chicago, donde trabajó con Milton Friedman. Hasta hace poco también era un hombre casado y de barba espesa llamado Donald. Recién a los 53 años se dio cuenta de que siempre había querido ser mujer y decidió cruzar la frontera más difícil de todas, la del cambio de sexo. Nunca ha sido tan feliz como ahora.

Por Guillermina Altomonte / Fotografía: Andrew Bruah

Paula 1128. Sábado 17 de agosto de 2013.

ESTA HISTORIA TIENE MUCHOS COMIENZOS
Un niño crece en Boston durante los años 40. Su padre es profesor de Harvard, su madre es cantante de ópera, tiene un hermano y una hermana menores. El niño va al colegio, tiene amigos, juega fútbol. Un día, a los 11 años, juega a ponerse las pantys de su mamá y tiene su primer orgasmo. A partir de entonces, y por 40 años, Donald McCloskey se pondrá ropa de mujer a escondidas, de vez en cuando. Por lo demás será un hombre alto y macizo, saldrá con mujeres, y se casará a los 22 años. Su mujer se entera pronto de la extraña afición de su marido pero decide que es una excentricidad y que mientras Donald lo haga en privado, todo bien. Donald estudia Economía en Harvard e inicia una exitosa carrera académica que lo lleva a las mejores universidades del mundo, entre ellas la de Chicago, donde trabaja con Milton Friedman y se transforma en acérrimo defensor del libre mercado. Está convencido de que es un cross-dresser heterosexual.

No quedan rastros de Donald en su cara. Su voz, eso sí, es ronca. Aunque tuvo dos operaciones en las cuerdas vocales y varias sesiones de fonoaudiólogo le quedó una voz rasposa, metálica. “Ya me di por vencida”, suspira. “Ahora soy lo suficientemente vieja como para que no me importe. La gente debe pensar que tomo whisky y fumo 40 cigarros al día y por eso hablo así”.

Otro comienzo: Donald tiene 53. Sus dos hijos se han ido de la casa, en Iowa, donde Donald es profesor. Siente más libertad para vestirse de mujer a sus anchas. Aparece internet y todo cambia. Donald encuentra información sobre cross-dressers: hay clubes, hay bares, hay tiendas que venden ropa y anillos de mujer en tamaños XL. Conoce a otros como él. Muchos han decidido cruzar la frontera y cambiar de sexo. Donald todavía no. Pasa casi un año así, comprando cada vez más ropa y pelucas, pintándose las uñas de los pies más seguido, perdiendo peso, depilándose el pecho, sacándose la barba con electrólisis. Hasta que un día va manejando de vuelta de una convención de cross-dressers y de pronto se da cuenta: “en verdad quiero ser mujer. Puedo ser mujer”.

Su esposa, que había reaccionado muy mal ante la progresiva feminización de su marido, exige divorciarse. Sus hijos le dejan de hablar. Su hermana trata de internarlo varias veces a la fuerza en clínicas siquiátricas. Para Donald esta no es una locura. Durante 1995 se somete a nueve operaciones con anestesia general: nariz, pómulos, estómago, pechos, hasta llegar a la última: el cambio de sexo. Se ha gastado 90 mil dólares y ha perdido a su familia. Pero al fin es Deirdre McCloskey.

Entonces, la historia también puede comenzar muchos años después.

Deirdre abre la puerta de su loft remodelado en pleno centro de Chicago, lleno de luz y libros y flores y cuadros que le han regalado. La acompaña un perrito de pelo áspero llamado William Shakespeare. Es profesora de Economía e Inglés en la Universidad de Illinois, una de las más importantes de Estados Unidos. Su calendario 2013, pegado en el refrigerador, está colapsado: viajes a Pisa, Rotterdam, Estocolmo, para dar cátedras y conferencias –a fines de 2011 dio dos charlas en el Centro de Estudios Públicos, en Chile, y aprovechó de apoyar la campaña por la ley de antidiscriminación que se estaba tramitando–. Está terminando el tercer volumen de una trilogía sobre la historia del capitalismo que la ha catapultado a la fama. Tiene buenos amigos, su propio sitio web, un grupo de mujeres en la iglesia y una excelente relación con su madre.

A punto de cumplir 71 años, es como si aún tuviera la vida por delante.

Estas fotografías muestran a Deirdre cuando aún era Donald. La imagen de la izquierda es de 1977 y aparece con su hija. Y la fotografía de la derecha es de 1985, cuando era profesor en la universidad de Iowa. 

MEJOR SER UNA MUJER VIEJA
No quedan rastros de Donald en su cara. La mirada penetrante está suavizada por sombra verde agua en los párpados. La nariz se nota operada pero podría ser la de una mujer que se ha hecho retoques. Tiene lindas arrugas y el pelo, algo seco y canoso, tomado hacia atrás. Sus orejas son grandes, igual que sus manos. Usa un anillo grueso de plata, una pulsera, aros, blusa de algodón y jeans. Las uñas pintadas de rojo.

Su voz, eso sí, es ronca. Aunque tuvo dos operaciones en las cuerdas vocales y varias sesiones de fonoaudiólogo le quedó una voz rasposa, metálica. “Ya me di por vencida”, suspira. “Ahora soy lo suficientemente vieja como para que no importe. La gente debe pensar que tomo whisky y fumo 40 cigarros al día y por eso hablo así”.

Se disculpa de que el departamento esté algo desordenado: ha estado con un problema de artritis en las caderas y debe usar bastones hasta la cirugía que la dejará como nueva, en pocos días más. Le cuesta, sobre todo, subir al segundo piso del loft donde está su biblioteca de 8.500 ejemplares y donde trabaja incansablemente en el tercer volumen de su trilogía The bourgeois era. “Iba a hacer seis, pero es imposible. Serán tres, creo que lo terminaré este verano, y entonces será una colección de tomos en una caja, ¡como Harry Potter!”, se ríe, satisfecha.

¿Tu cambio de sexo no afectó tu carrera?
Yo estaba dispuesta a perder mi trabajo. No pasó, aunque sé que el presidente de la American Economics Association me vetó de ser nombrada en el comité de asuntos de la mujer. Pero la gran mayoría de mis colegas han sido muy receptivos. Si hubo discriminación, lo que he hecho desde mi cambio la ha superado: porque mi trilogía y mi trabajo sobre la significancia estadística son logros que tuve a los 60 años.

¿O sea que tu mayor logro intelectual fue como mujer?
Sí. Y lo que digo siempre es que es mucho mejor ser una mujer vieja que un hombre viejo. Veo a hombres viejos como… un poco tristes. Una vez que pierden su trabajo, pierden el sentido de su vida. Mientras que una mujer, además, tiene su sentido en su familia (si la tiene), en sus amigos, en la iglesia, entre otras cosas. Para mí es así. La forma en que los hombres llevan sus vidas es a través de entusiasmos. ¿Te has fijado? Hobbies. Aprenden a hacer aeromodelismo, aprenden a jugar golf, y desde nuestro punto de vista no tiene mucho sentido.

¿Y cómo crees que hubieras envejecido como Donald?
Supongo que como cualquier hombre, con muchos hobbies. De hecho, iba a empezar a hacer barcos a escala cuando mi hija se fue de la casa. Nunca me metí en eso al final.

En cambio, te hiciste mujer.
Desearía haberlo hecho a los 13 años. Hubiera sido lo mejor. Hay muchos jóvenes que expresan este deseo y mi postura es que deberían permitirles hacerlo. No es que estén confundidos o sean gays, esa es una idiotez. Este es un deseo muy profundo, que a veces la gente siente desde muy joven, y estoy a favor de un tratamiento temprano, porque entonces resulta muy bien. Si tú empezaras a tomar hormonas masculinas, en seis meses tendrías una barba, tu voz cambiaría y te saldrían músculos. ¡Así que considéralo! (se ríe). Cuesta lo mismo que comprarse un auto.

Quizás mucha gente no se permite pensarlo.
Eso me pasó a mí: no me lo permití. Lo canalicé estrictamente en cross-dressing ocasional, y aparte de eso era un tipo normal.

Pero hiciste la transición habiendo vivido una vida entera.
Sí. En las vísperas de la vejez, en cierto sentido. Y desde entonces nunca he tenido ninguna duda.

¿Sentiste que era ahora o nunca?
Así es, le llaman la crisis de los 40. De cierta forma es algo natural en la vida de los hombres, porque no han estado pensando mucho en sus vidas. Las mujeres piensan en eso desde que son niñas. Pero los hombres no: los hombres solo han estado haciendo. Entonces no es sorprendente que a los 40 o 50, se pregunten: “¿Qué estoy haciendo?”.

Estas fotos fueron tomadas en 1995, año en que Donald, con 53 años, se somete a nueve operaciones para transformarse en Deirdre.

POBRES HOMBRES
En 1999 Deirdre publicó las memorias de su transición a mujer. El libro se llama Crossing porque esa es la palabra que le gusta usar: no “transexual” sino “gender crosser”: alguien que cruza de género. Dice en la introducción que cambiar de sexo no es tan distinto a cruzar otras fronteras: ser extranjero en un país o convertirse en cura. Tres de cada diez mil personas lo hacen. La cruzada de Deirdre estuvo plagada de emociones. La angustia inicial de ir al baño de mujeres y que la “leyeran”, es decir, que la reconocieran como Donald cuando aún tenía rasgos masculinos. La extrañeza de que le empezaran a atraer los hombres. Las pequeñas victorias: que le dijeran “señora” en un restorán.

Han pasado 18 años desde que te convertiste en mujer. ¿Qué cosas han cambiado?
Ahora me siento completamente cómoda. Ya no me preocupa que me lean, algo que hasta hace poco era una gran inquietud. Por ejemplo, antes no usaba pantalones porque decía: ‘¡No pasé por todo esto para volver a usar pantalones!’. Así que usaba faldas. Hasta que estaba en Ámsterdam comprando ropa y la vendedora me dijo: ‘¿por qué no te pruebas un traje pantalón?’. Me encantó y ahora los uso todo el rato. Ese ha sido un gran cambio: es una tontera, pero es un indicador de mi seguridad en mi femineidad.

Uno pensaría que el cambio de sexo asegura la transición.
No, no es así. Es tu cara, tus gestos, tu voz. Es la forma en que te presentas al mundo. Eso determina tu posición social como hombre o mujer. Porque, ¿cuántas veces al día tus genitales son chequeados por extraños? Cero. Entonces la parte cosmética es la más importante. No tus genes, aunque cada célula en mi cuerpo diga XY, y cada célula en tu cuerpo diga XX.

¿Y qué partes masculinas te quedan?
Ah, todavía tengo esa dureza para discutir, pero también la tienen otras mujeres economistas. Es algo que viene con la profesión. Y yo fui hombre, no me avergüenzo de ello. Mi madre me dice: eres muy privilegiada, has podido ver el mundo desde las dos perspectivas. Eso es interesante. Pero igual tengo algunos gestos que debo cambiar.

¿Como cuáles?
A menudo me rasco la nariz así (hace el gesto de lado a lado) y ese es un estilo muy masculino. Las mujeres lo hacen más delicadamente. Todavía observo a las mujeres. Ahora te estoy observando a ti. Miro a todas las mujeres, me fijo en lo que hacen y lo trato de imitar: la forma de cruzar las piernas, los codos pegados al cuerpo… Hay todo tipo de gestos. Por ejemplo, cuando apoyas tus manos en las caderas, las mujeres –debido a la forma de sus codos– apuntan los dedos hacia la espalda, mientras que los hombres los apuntan hacia delante. Todos estos son indicadores, como en el póker. Y yo quiero controlar todos los indicadores que pueda, quiero que digan: “mujer, mujer, mujer”. Pero ya no es una gran ansiedad.

En tu libro también hablas sobre la forma especial en que conversan las mujeres.
La conversación entre hombres se trata de establecer jerarquías y expertise: “Yo sé más de esto que tú”. Pobres hombres. No tienen acceso a conversaciones de verdad, es raro y triste. Mientras que entre mujeres es a menudo sobre la relación con la persona con la que estás hablando. Mi madre le habla a una mujer en un supermercado sobre la madurez de la fruta y en dos minutos sabe la historia de su vida.

¿Y crees que a los hombres no les interesa eso?
Te digo que no. Cuando era hombre no le contaba nada a nadie. Tuve colegas por años y nunca supe cuántos hijos tenían o si estaban casados. Las conversaciones me entraban por un oído y me salían por el otro. O me daba vergüenza, no quería saber sobre la vida amorosa de alguien. No quería escuchar sus problemas.

Pero, ¿por qué? ¿Te sentías amenazada?
En parte es porque un hombre siente que tiene que hacer algo al respecto, pero más que nada es por falta de interés. Lo que para mí es increíble es que cambié. Antes no podía recordar el árbol familiar de nadie; ahora si me hablas de tu familia hago un mapa en mi cabeza y lo voy a recordar.

¿Cómo aprendiste?
En parte poniendo atención a ese tipo de cosas, escuchando. Pero también fue algo espontáneo en mí, y eso realmente me sorprendió: que de repente realmente me interesaba la vida de la gente. Quizás fueron las hormonas, aunque dejé de tomar hormonas hace mucho tiempo. La teoría más plausible, creo, es que en cada persona hay un ánima y un ánimus, para ponerlo en términos jungianos. Hay un espíritu femenino y un espíritu masculino, y si nos permitimos ambas partes hay mucho que puede florecer.

Has sido criticada por estereotipar a hombres y mujeres, ¿no?
Fui un poco atacada por gente que decía que yo tenía una visión de las mujeres de los años 50, y eso es estúpido. También hay feministas desagradables que son extremadamente transfóbicas, que dicen que las personas transgénero no son mujeres de verdad. Cuando justamente el punto del feminismo es que los genes no determinan todo. El género es una construcción social, hay que tener cuidado con decir “Ah, querida, tus genes son XX así que debes quedarte en la cocina”.

“Es mucho mejor ser una mujer vieja que un hombre viejo. Veo a hombres viejos como… un poco tristes. Una vez que pierden su trabajo, pierden el sentido de su vida. Mientras que una mujer, además, tiene su sentido en su familia (si la tiene), en sus amigos, en la iglesia, entre otras cosas”.

BIENVENIDA AL GRUPO
La primera vez que la mamá de Deirdre la vio vestida de mujer, cuando aún era Donald y estaba haciendo la transición, dijo: “¡Dios mío! No deberías usar anillos en todos los dedos”. Contrario a lo que Donald esperaba, fue el miembro de su familia que mejor reaccionó ante el cambio. Hoy tiene 91 años y son grandes amigas. “Cuando yo era hombre era distante, no hablábamos mucho. Ahora hablamos casi todos los días”, dice Deirdre.

Entonces le cambia el tono: “Desafortunadamente, la actitud de mi familia de casado no ha cambiado nada. Me acabo de enterar de que tengo un tercer nieto. Me enteré porque estaba buscando en internet noticias de mis hijos, como hago con frecuencia. Fue como si me apuñalaran de nuevo. Nunca he visto a mis nietos, y eso que mi hijo vive a media hora de mi casa. Pero no responde a ningún acercamiento, mi hija tampoco. Así que he perdido la esperanza con eso”, suspira. Su ex mujer, que se volvió a casar, tampoco le habla.

En 2011 Deirdre vino a Chile en su calidad de economista, invitada por el Centro de Estudios Públicos, CEP, a dictar dos conferencias. Ella asegura que el cambio de sexo no afectó su carrera académica y que la mayoría de sus colegas ha sido muy receptivo.

Pero Deirdre insiste en que esas son las únicas malas noticias. “Ya sabes cómo son los seres humanos. Pregunta en cualquier familia y vas a encontrar el mismo tipo de cosa: el tío José le dijo algo desagradable a la tía Elena hace 20 años y nunca más se hablaron. La gente es testaruda con sus opiniones”, teoriza. Le da hambre y sugiere que vayamos a almorzar. Cruzamos la calle a un pequeño restorán al que va bastante seguido. “Voy a pedir lo que siempre pido: las quesadillas tex mex”, dice apenas se sienta. “Las mujeres siempre comen ensalada”, agrega enseguida, como si se hubiera dado cuenta de su salida de libreto. “De hecho, recién hace un año empecé a comer frutas y verduras de forma más regular. ¡Fue una revelación! Perdí como 10 kilos comiendo más sano”.

La ansiedad de cuidarse más al envejecer les pasa a casi todas las mujeres. ¿A ti no?
Como nunca fui una mujer joven, no tengo esa sensación de pérdida, “oh, antes era hermosa y ahora tengo estas arrugas”. Pero si necesitara hacer otra cosa para ser mujer, la haría. Si hubiera una operación que garantizara una nueva voz, la haría.

Ese es el punto, igual hay un anhelo por la belleza.
No quiero ser bella. Quiero pasar como mujer. No me importa si me veo linda, eso está bien pero no es fundamental. Se vuelve fundamental para quienes nacen mujeres porque siempre les dicen “eres linda, eres linda” y la belleza es esencial para ellas.

¿Cómo dominaste, por ejemplo, el arte de maquillarte?
No tiene mucha ciencia, se aprende. Si una chica de 14 años lo puede hacer, yo también. Pero ya no uso maquillaje excepto sombra en los ojos y, a veces, lápiz labial. Me he dado cuenta que ponerse colágeno en los labios es solo temporal, hay que hacerlo cada seis meses y, como soy vieja, no vale la pena. Si tuviera 40, sí. Y no uso otros productos de belleza.

¿Cómo fue empezar a ser mirada por los hombres?
Muy bueno, me gusta mucho. Juego a coquetear con hombres que no conozco. Tengo experiencias ridículas: cuando me vine a Chicago decidí tratar de conocer hombres a través de agencias de citas. Tuve citas hilarantes. En una, un tipo me llevó a cenar y pasó todo el rato hablando de sus negocios y de su mujer que había muerto. Nunca me preguntó nada de mí. Y me llevó a mi casa esperando que lo invitara a subir. Pero soy una chica a la antigua, no voy a hacer eso en una primera cita (se ríe).

¿Nunca has estado en pareja con un hombre entonces?
No. Pero estuve en una relación con mi mujer por un tercio de siglo. Así que no me siento privada de la experiencia del amor.

¿Pero no te da curiosidad lo que es ser una mujer en una relación?
Me gustaría, pero después de esa experiencia con las citas decidí esperar. Mis amigas me dicen: “Bienvenida al grupo, querida. Eres una mujer alta, exitosa y profesional, de cierta edad. ¡Nosotras tampoco encontramos a nadie!”.

¿Y aparte de eso? ¿Te sientes aceptada como mujer?
Casi siempre. Me he vuelto muy activa en el grupo de mujeres de mi iglesia anglicana, que está cruzando la calle. Nos acompañamos. Una de las mujeres tiene un problema de depresión y la ayudamos, yendo a su casa, limpiando, cocinando. Si estoy enferma, ellas me van a ayudar. Es maravilloso.

¿No hay algo que eches de menos de ser Donald?
Nada. Ha sido tanto lo que he ganado que estoy muy feliz. Antes era un hombre alegre, siempre fui bastante seguro de mí mismo. Pero ahora que estoy segura de mi identidad de género, lo soy mucho más. Por ejemplo, mi tartamudez ha mejorado mucho. Hablo ante audiencias enormes de personas, sin apuntes, con mucha facilidad.

¿No has notado ninguna pérdida de privilegios por ser mujer?
No. Por eso es tan importante que a los 60 haya hecho este trabajo. Porque nadie puede decir “perdió lo suyo cuando se convirtió en mujer”. Para mí era importante que eso no pasara. Soy parte de un puñado de economistas feministas libertarias y no hubiera hecho una contribución al feminismo si al convertirme en mujer pasara todo el tiempo haciéndome limpiezas faciales.

¿Nunca haces esas cosas?
No mucho. Me hice las uñas hace poco, pero ahora se están   descascarando·

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Deirdre Mccloskey: “Yo no enseñé a llevar gente a los estadios de fútbol y dispararles”

Noticia de theclinic.cl

Antes de transformarse en mujer, en 1996, fue profesor de historia económica de nuestros “ilustres” Chicago Boys. Hace dos semanas estuvo en Chile, invitada por el CEP y la Fundación Iguales, y se dio el tiempo para escribir una carta a varios parlamentarios a propósito de la Ley Antidiscriminación. “Les dije que si Chile quiere ser un país completamente moderno tiene que extender la igualdad de derechos a todos los ciudadanos”, sostiene.

Antes de transformarse en una delicada señora rubia de sonrisa fácil, Donald McCloskey – un robusto economista de 53 años, casado y con dos hijos- tuvo que pasar tres veces por un psiquiátrico, influido por su hermana menor, una sicóloga empecinada en evitar su cambio de sexo. No fue todo. Para convertirse en Deirdre, su nueva identidad, Donald tuvo que desembolsar más de 90 mil dólares en un sinnúmero de cirugías, incluyendo la operación final de cambio de sexo en 1996. Una tarea nada fácil para un economista educado en Harvard, experto en historia económica, y que luego de su decisión nunca más tuvo contacto con sus hijos. Su transformación quedó plasmada en un libro autobiográfico, editado en 1999: “Crossing: A Memoir”, destacado como uno de los libros del año por el New York Times. “Ser capaz de decir que estás terminado, completo, que realmente eres una mujer por el criterio de no-pene, es la retórica de aceptación más poderosa”, comentó en sus memorias. Desde entonces, Deirdre no sólo ha destacado por su labor como experta en retórica de las relaciones humanas sino también como una importante activista en materia de integración sexual. Hace dos semanas estuvo en Chile, invitada por el CEP a dar dos charlas, y por la Fundación Iguales, en apoyo a la campaña por la ley Antidiscriminación. Deirdre asegura que le gustaría que existiera una institución como esta última en Chicago, con participación de intelectuales en asuntos de interés público. “Es políticamente balanceada y transversal en las disciplinas, con poetas, novelistas, economistas e historiadores”.

-¿Es cierto que enviaste una carta a varios congresistas chilenos?
Les dije que si Chile quiere ser un país completamente moderno, tan rico como libre, tiene que extender la igualdad de derechos a todos los ciudadanos, así como se ha hecho en países como España y algunas partes de Estados Unidos.

-¿Qué otra cosa le dirías a los políticos chilenos sobre el respeto a los derechos civiles y personales?
No tengo una base para dar muchas opiniones personales, lo que sé es que Chile tiene altos índices de libertad y entiendo que podrían ser mejores. Pero eso es lo que opino sobre todos los países del mundo. La libertad y dignidad humana construirán grandes sociedades. La mejor manera de hacerlo es educar y respaldar con leyes. La prensa y la televisión también influyen porque pueden mostrar que despedir a alguien por ser gay es algo ilegal y enseñar a la gente que odiar es malo.

-Algunas personas acá piensan que es riesgoso darle más libertades a la gente…
Sólo los realmente conservadores ven las libertades con alarma. Los liberales de verdad, como dice su nombre, creen en la libertad.

Liberales y fascistas

Deirdre McCloskey se declara como “postmoderna, pro libre mercado, cuantitativa, anglicana, feminista y aristótelica”. “Creo que las relaciones humanas son la mejor política para dejar que la gente ejercite sola su creatividad, que es la creatividad con la que se ha construido el mundo moderno”, cuenta desde Chicago. Esa es la parte que le agrada. Sin embargo, McCloskey asegura que existe una regla en el mundo moderno que no le acomoda: “que los que tienen tienen el oro, gobiernen”. “Los Estados están corruptos por los ricos, especialmente en países como Estados Unidos y Chile” , dice. A continuación agrega: “piensa en el gasto de defensa de Estados Unidos o los asuntos de Chile con las compañías mineras”.

-¿Por qué los más liberales económicamente son, a la vez, los más conservadores valóricamente?
Porque no están pensando claramente. Probablemente sea porque no son realmente liberales sino conservadores o, más exactamente, reaccionarios. Por ejemplo creen, equivocadamente, que la homosexualidad es mala o una elección. Y no lo es. Yo soy muy liberal en el sentido chileno pero también muy feliz de dar libertad a todos. En Estados Unidos los llamados “conservadores” están, a menudo, en favor del libre mercado para otras personas pero para ellos quieren protección del gobierno. Eso no tiene sentido. O estás a favor de la libertad o no lo estás. Si no lo estás, no eres un “liberal”, sino una especie de fascista…

-¿Cuál es la línea divisoria entre liberalismo y fascismo?
Correctamente definidos son opuestos. El fascismo subordina la gente al Estado y el liberalismo lo emancipa. Desafortunadamente, mucha gente que se hace llamar liberal ama al Estado. Esto es así en Estados Unidos donde al liberalismo extrañamente le han llamado “socialismo moderado”.

“Chicago Boys”

Uno de los puntos escasamente destacados de la visita de Deirdre McCloskey a Chile fue que durante los años 1968 y 1980, cuando aún respondía al nombre de Donald, fue académico en la Universidad de Chicago, es decir, profesor de una importante camada de economistas chilenos, los “Chicago Boys”, que implementaron el neoliberalismo en el país. “Muchos tomaron mi gran curso de economía, llamado economics 300, y también mi curso de historia económica, pero no recuerdo sus nombres”, cuenta. Antes de entrar en detalles Deirdre McCloskey advierte, casi poniéndose el parche ante la herida: “Yo no enseñé a llevar gente a los estadios de fútbol y dispararles. !Nadie de Chicago lo hizo! Enseñamos a nuestros estudiantes cómo crear una sociedad libre. Todavía enseño eso”.

¿Qué piensas del rol de los “Chicago Boys” en la historia de Chile?
No soy experta pero, hasta donde sé, ellos no se involucraron con la violencia. Culparlos a ellos por los excesos del régimen sería como decir que, cualquier experto que trabajó en economía para el gobierno de los Estados Unidos, es responsable de las idioteces de las políticas internacionales de Estados Unidos, una de las cuales estaba ayudando a sacar a Allende.

-¿Qué piensas sobre lo que les enseñaste versus lo que aquí hicieron?
No les enseñé sobre políticas macroeconómicas pero las apruebo, tal como recomendaron al gobierno implementar. Yo les enseñé el respeto a la libre elección de la gente en los mercados, que es de lo que se trata el libre mercado y la desregulación.

-¿Qué piensas sobre la implementación a ultranza del modelo neoliberal en Chile?
Fue “extremo” pero, como dijo un famoso político estadounidense, “el extremismo en favor de la libertad no es vicio”. Mira los resultados: ¿preferirías vivir en Venezuela?

Noticia de theclinic.cl

 

Mario Vargas Llosa: “Los populismos están sufriendo derrotas sistemáticas”

Por Cecilia Guzmán y Magdalena Piñera

Cumplió 80 años en marzo de 2016 y desde entonces el mundo ha celebrado al Premio Nobel de Literatura como nunca antes lo había hecho. Acompañado de su nueva pareja, Isabel Presley –de quien no le gusta hablar en público, pues es muy celoso de su privacidad–, se lo ha visto muy animado con su vida y también con mucha energía para defender las ideas de la libertad y criticar los populismos en América Latina e incluso en Estados Unidos.

No solo ha tenido una intensa agenda de actividades en varios países. Recientemente estuvo en Chile, Argentina y Brasil. Revista “Cosas” lo acompañó en este periplo y pudo conversar con él sobre el amor, la libertad, la literatura y la política.

–¿Cómo ve usted en América Latina el tema de los populismos que han ido avanzando?

–Tengo una visión más bien optimista de América Latina, creo que incluso los populismos están sufriendo derrotas sistemáticas. El caso de Bolivia ha sido muy interesante, Evo Morales intentaba reelegirse por tercera vez y los bolivianos, de manera clarísima, dijeron: NO. ¡Basta! Creo que ha sido un golpe duro para el populismo boliviano, que estaba muy arraigado, y una derrota personal de Evo Morales, a quien yo considero un líder absolutamente populista, ya que encarna todos los defectos del populismo.

“Creo que es muy interesante como retrocede el populismo en Venezuela. Hoy en día no hay ninguna duda de que la inmensa mayoría de los venezolanos está harta de un régimen que ha empobrecido enormemente al país, que ha traído carestía, desabastecimiento, la más alta inflación del mundo y una criminalidad que es también una de las más altas a nivel mundial. El pueblo venezolano está harto de este régimen que solo ha traído miseria y violencia al país, siendo que pretendió ser el modelo latinoamericano de un socialismo del siglo XXI. Hoy esa promesa está en ruinas, está deshecha y no creo que haya nadie que esté más o menos lúcido y sensato que vea en Venezuela un modelo para el futuro latinoamericano.

“Es por esto que yo creo que la democracia, aunque sea por razones negativas, está teniendo una oportunidad que no ha tenido en el pasado y eso me parece que es muy positivo”.

–Y en el caso particular de Argentina, que sabemos está saliendo de un sistema populista, ¿qué éxito va a tener el Presidente actual con todas las medidas que se están tomando…?

–Yo creo que va a tener éxito. Argentina estaba entrampada por el populismo que había frenado todas la oportunidades de crecimiento del país. Era un aislamiento realmente suicida. Las primeras medidas que ha tomado el gobierno de Macri son todas muy sensatas, de gran coraje, que por supuesto tienen un costo. Pero, bueno, ya sabemos que el populismo sacrifica el futuro inmediato en nombre de un presente que es completamente fugaz. Tengo la seguridad que, gracias a los grandes recursos naturales y humanos que tiene Argentina, estas correcciones radicales van a lograr que el país despegue otra vez; van a atraer inversiones. Se ha integrado nuevamente a los mercados del mundo, dejando atrás este aislamiento que era suicida. De tal manera que creo que, pasado este tránsito difícil y costoso, este país debería empezar a recuperar todo el tiempo perdido. Creo que es un caso que puede tener mucha resonancia en el resto de América Latina. Es un fracaso para las ideas populistas, pues las ideas que está aplicando el Presidente Macri son muy positivas: democracia política, economía de mercado, incentivos para la inversión. Ese modelo no ha fracasado nunca cuando se ha aplicado de manera coherente.

–Pero la gente hoy en Argentina puede reclamar que las medidas que han tomado en el corto plazo la están afectando negativamente en su vida diaria…

–Naturalmente, pero siempre hay un costo que pagar. Cuando un país entra en un período de populismo, desarmar el camino siempre cuesta; eso es inevitable. Si uno sincera la economía y acaba con los subsidios que son destructores de la economía, siempre hay un costo que pagar. Pero pienso que los argentinos han pasado 12 años por períodos tan absolutamente destructivos para todas las bases de la creatividad empresarial, que precisamente por la riqueza de los recursos argentinos la recuperación será bastante rápida. Hay una inflación que, claro, ha crecido, pero la razón de esto no está en las medidas actuales, está en la insensateces de los 12 años del kirchnerismo, y la impresión que tengo es que ese período de tránsito –por tratarse de la Argentina y los recursos que tiene– va a ser más bien corto y que los beneficios se van a ver en un futuro próximo. Y creo que eso puede tener una gravitación sobre Latinoamérica bien importante.

–¿Y qué pasa en Perú? ¿Qué riesgos ve usted si triunfa Keiko Fujimori?

–Bueno, en Perú digamos que desde la caída de la dictadura de Fujimori, nosotros hemos tenido un período muy positivo. Un triunfo de ella sería muy grave, sería como una legiti- mación a posteriori de una dictadura que fue muy corrupta y muy cruel, muy sanguinaria. Pero creo que hay muchas esperanzas, no hay que desmoralizarse. Creo que Pablo Kuczynski debería ganar las elecciones si es que prevalece la sensatez. Se trata de una persona muy preparada, con mucha experiencia, que ha pasado por el gobierno de manera impecable, con grandes credenciales, que conoce muy bien el Perú y tiene un equipo magnífico. Consolidaría mucho todos los esfuerzos que se han hecho para democratizar el país, abrirlo al mundo, integrarlo a los mercados mundiales. Yo tengo esperanzas de que prevalezca la candidatura de Kuczynski, porque sería un refuerzo para la democracia política, la economía de mercado y para Perú.

–¿Usted ve en Keiko la reedición del fujimorismo en los ’90?

–Digamos, es el mismo equipo, la misma gente. Ella ha sacado a los más impresentables, pero el grueso del liderazgo fujimorista es el mismo. Y están todos los presos fujimoristas, los ladrones, los asesinos, esperando que se abran los calabozos, y si pasan directo al poder, mejor para ellos ¿no? Ese es el criterio que tienen con la candidatura de Keiko.

–¿Qué opina de la situación que está viviendo Brasil con la Presidenta Rousseff?

–Contrariamente a lo que se dice, pienso que lo que hay en Brasil es algo muy positivo: una voluntad popular de moralizar el país y de acabar con la corrupción que ha gangrenado las instituciones brasileñas. Esta gran movilización popular no está pidiendo el comunismo ni que desaparezca la democracia, ¡no!, está pidiendo un saneamiento de la democracia, un perfeccionamiento de las instituciones democráticas, y eso es sano a la larga. Brasil va a salir como una democracia muy regenerada luego de este proceso de impeachment a Dilma, que es solamente la heredera de Lula. La corrupción no comienza con Dilma Rousseff, tiene una tradición muy larga, pero es en el gobierno de Lula donde el grueso de la corrupción –que hoy está siendo denunciada y juzgada– se manifestó. Entonces, creo que es positivo para una democracia que experimente una catarsis como la que está viviendo hoy Brasil.

“Contrariamente a lo que se dice, pienso que lo que hay en Brasil es algo muy positivo: una voluntad popular de moralizar el país y de acabar con la corrupción que ha gangrenado las instituciones brasileñas”, afirmó el Nobel a sus entrevistadoras, Cecilia Guzmán y Magdalena Piñera M.

–¿Cómo evalúa el fenómeno de Trump en Estados Unidos?

–El fenómeno Trump es muy preocupante porque es populismo que entra por la puerta grande en Estados Unidos, donde creíamos que había suficientes vacunas contra el populismo. Sin embargo, no es así. Yo espero que no llegue a la Presidencia de Estados Unidos. Sería muy dañino que una persona como él, que es la encarnación misma del populismo, llegara a presidir un país que gravita enormemente sobre todos nosotros. Creo que sería para Estados Unidos, y para el mundo, algo muy grave. No creo que ocurra. Creo que si Hillary Clinton es el candidato republicano, ella ganaría fácilmente las elecciones.

SUS MEMORIAS

–Entrando en otro tema, ¿cómo definiría la libertad?

–Yo creo que la libertad es una posibilidad de elegir un tipo de vida, un tipo de trabajo, un tipo de conducta y, mientras más amplias sean las opciones para elegir uno su propia vida de acuerdo a sus propias convicciones, hay más libertad en el país. La libertad es algo unívoco, no es algo que se pueda dividir, elegir una libertad económica sin una libertad política o una libertad política sin una económica. Eso es imposible. Todos los intentos que se han hecho, por ejemplo, en las dictaduras militares o con el desarrollismo, han fracasado porque la libertad es indivisible. Si la libertad opera en el campo político también debe operar en el campo económico, en el campo social e individual. Los países que lo han entendido así y han aplicado la libertad en esta manera son los que han progresado más.

–¿Va a escribir alguna vez una segunda parte de sus memorias, después de “El pez en el agua”?

–Pues, tal vez. Espero tener tiempo y energías suficiente para hacerlo, pero la tentación de hacer una segunda parte de “El pez en el agua”, que complete toda la experiencia vital, por lo menos pública, sí está ahí y es una tentación que tengo muy presente.

–¿Qué escritores jóvenes latinoamericanos cree que tienen más proyección?

–A los escritores más jóvenes no los conozco suficientemente como para empezar a hacer discriminaciones, pero sí puedo recomendar a tres escritores de nuestra época que son muy importantes. En lengua española, por ejemplo, Javier Cercas. Es un escritor muy interesante, joven relativamente y que tanto en sus novelas como en sus ensayos ha expresado de una manera muy inteligente y muy creativa los grandes problemas de nuestro tiempo.

“También está el caso de Coetzee, que es un escritor muy, muy interesante, porque precisamente, por ser sudafricano, ha tenido que enfrentarse a problemas que son turbulentos, vinculados a la violencia social y política, y la descripción que hace él de ese mundo en sus novelas como en sus ensayos es inmensamente creativo, atractivo. “Quizás entre los escritores latinoamericanos recomendaría a Juan Gabriel Vásquez, colombiano, que me parece un novelista muy interesante, comprometido. Tiene una gran originalidad literaria y, al mismo tiempo, una gran preocupación de tipo social y político. El último libro que leí de él me gustó muchísimo; se llama ‘La forma de las ruinas’ y es sobre dos magnicidios que ocurren en la historia de Colombia y creo que la descripción que hace de la problemática colombiana valdría para la gran mayoría de países latinoamericanos. Y hecha desde el punto de vista estrictamente literario, artístico, creativo”.

SOBRE ISABEL PRESLEY

–Y, ¿cómo definiría el amor?

–Bueno, el amor es un enriquecimiento extraordinario de la vida por razones de tipo sentimental, emocional, pasional. El amor es privado fundamentalmente. Su exhibición pública es como suicida. Quienes viven el amor, lo viven de una manera muy particular, como un enriquecimiento del mundo, de la vida y de lo que no pueden participar los demás. El amor es privado y tiene que mantenerse en ese ámbito justamente para que sea tan fecundo, tan rico, tan renovador de la experiencia vital.

–¿Le molesta esta exposición mediática?

–Me molesta mucho. Creo que es un fenómeno de nuestro tiempo que tiene que ver con la violación de la privacidad. La privacidad es muy importante preservarla. La civilización es también la defensa de esta privacidad y la cultura moderna, lamentablemente, la transgrede sistemáticamente a través del periodismo amarillo, del periodismo de escándalos.
Fuente: Revista Cosas