Niall Ferguson “Se ha vuelto dificíl ser Margaret Thatcher”

Fue elegido por la revista Time entre las 100 personas más influyentes del mundo. Ha escrito 14 libros de economía y prepara una biografía de Kissinger. Ahora se encuentra en Chile para dar una nueva mirada sobre la desigualdad.

Desde Nueva York, por: Titi Guzmán y Jaime Besa.

El destacado académico, historiador y biógrafo británico Niall Ferguson visita Chile en estos días invitado por la Universidad Adolfo Ibáñez y El Mercurio a dictar la conferencia

“Capitalismo y Desigualdad, La otra mirada”, además de participar en un panel de conversación junto al ex candidato presidencial Andrés Velasco, la historiadora Lucía Santa Cruz y Andrés Benítez, rector de la UAI. Master of Arts y Doctor en Filosofía, profesor de Harvard, Senior Fellow de la Institución Hoover en la Universidad de Stanford y Senior Research Fellow en Jesus College, Oxford, Ferguson es autor de 14 libros, el más reciente es “La gran degeneración: Cómo decaen las instituciones y mueren las economías”.

Actualmente prepara una biografía de Henry Kissinger y es un prolífico comentarista de política y economía contemporáneas. Escribe regularmente en diarios y revistas de ambos continentes, y ha recibido numerosos premios. En 2004, la revista Time lo eligió una de las 100 personas más influyentes del mundo.

En una entrevista concedida a “Cosas” abordó algunos de los temas de mayor actualidad en nuestro país: las reformas tributaria y educacional, y cuál es la forma en que, según su visión, debiera combatirse la desigualdad social.

–¿Qué es libertad para ti? ¿Cómo podrías describirla?

–La vida de mi mujer (dice refiriéndose a la escritora y activista de derechos humanos Ayaan Hirsi Ali, con quien está casado y tiene cuatro hijos) es la historia de la libertad. Habiendo nacido en Somalia como una niña musulmana con la expectativa de que todas sus elecciones serían hechas por otros… Liberarse de su religión, de su pasado cultural, a través de la educación y el trabajo duro; llegar a ser miembro del Parlamento de Holanda.

Tener el coraje de desafiar a los terroristas, convirtiéndose en ciudadana americana… Su vida, para mí, es la mejor definición de libertad que yo pueda imaginar. Yo nací libre, siempre he sido libre, pero ella tuvo que pelear por obtenerla.

“Te doy dos ejemplos: Primero, es claramente evidente que el mundo era muy igual en 1945, porque hubo dos guerras mundiales, una gran depresión y muchas revoluciones. La inmensa mayoría de los hombres en los países que él estudió fueron empleados por el gobierno, ya sea en el Ejército o de alguna otra forma en que los honorarios estaban bajo el control del gobierno. Además, el impuesto a la riqueza y a los ingresos alcanzó niveles sorprendentes, con tasas marginales de 100 por ciento en muchos países. Te puedo dar igualdad si tú quieres, pero voy a necesitar que me des dos guerras mundiales, una gran depresión y muchas revoluciones. La idea de que se pueden replicar los efectos de dos guerras mundiales, una gran depresión y muchas revoluciones con un impuesto global, es la idea más tonta de los últimos 10 años.

“Mi segundo punto es que la preocupación de Piketty sobre la riqueza heredada es legítima. Yo odiaría vivir en un país donde los modelos son determinados por las riquezas heredadas, pero no lo hago porque Estados Unidos no es ese tipo de país. Su propio estudio muestra que su historia sobre riqueza heredada es más verdadera en Francia que en los Estados Unidos. Los millonarios que conozco vienen de la clase media. Ellos no nacieron millonarios. En cambio, los millonarios que conozco de Europa fueron hijos de la gente más rica que, a su vez, fueron hijos de la gente más rica de Europa.

–Thomas Piketty, autor del libro “Capital en el siglo XXI”, plantea la igualdad como el valor central en torno a la cual se debe construir una sociedad. Este libro se ha convertido en éxito de ventas en todo el mundo y será lanzado en su versión en español en Chile en enero. ¿Por qué estas ideas son tan populares?

–El éxito en el mundo editorial se basa en gran medida en la época de publicación del libro, ya que un mismo libro podría haber sido un completo fracaso si se hubiera publicado unos pocos años antes. El libro fue lanzado en un momento en que la discusión sobre desigualdad había sido deliberadamente lanzada por el Presidente de los Estados Unidos y nada es más convincente en Nueva York que un intelectual francés. Así es como un libro

que no tuvo mucho éxito en Europa llega a ser best-seller en Estados Unidos, y una vez que llegas a ser un éxito en Estados Unidos, por definición, llegas al éxito en muchos otros lugares. Sin embargo, muy poca gente que compró el libro lo ha leído (otra figura característica de los bestsellers), lo que es una pena, porque si ellos lo hubieran leído, se habrían dado cuenta que tenía una serie de evidentes errores.

“No es extraño que la teoría de Piketty sea más verdadera en Europa que en los Estados Unidos, pues el estado de bienestar fomentó el aumento de las elites heredadas y, con esto, que la clase baja se mantuviera atrapada en la dependencia.

“Por último, me gusta la mayor parte de la información de Piketty. Es un gran logro, pero algo de ella está equivocada y la historia que él está contando no es la historia que le gustaría contar. A mí me encantaría que mi libro hubiera vendido tantas copias como el

de Piketty, pero mi libro tiene un mensaje incómodo y, en cambio, su libro tiene un mensaje muy cómodo para la gente”.

–Entonces, ¿cómo puedes hacer para que tu mensaje sea más cómodo?

–Mi historia es incómoda. Estoy diciendo que se debe trabajar duro; que deberían existir menos regulaciones y más responsabilidades individuales; que la educación privada puede promover altos estándares a través de la competencia; que la regulación es la enfermedad que pretende ser la cura de todas las cosas… Que tú, si eres un político socialdemócrata, lo que quieras hacer no resultará y, en efecto, tendrá resultados perversos, que te pueden ser beneficiosos como político socialdemócrata, pero no serán beneficiosos para tus votantes.

Nadie está con ánimo para esa historia de la izquierda, y la gente de la derecha, aún no está preparada para reconfigurar su mensaje, el cual es esencialmente un mensaje de los ’80. “Si bajamos los impuestos, el resto se solucionará solo. Creo que el problema es que hay que replantear las ideas de derecha y eso no está sucediendo. Mientras esto no ocurra, es muy atractivo decir que tenemos un terrible problema de desigualdad y que podemos solucionarlas con un impuesto global a las riquezas”.

–¿Vivimos, entonces, en un mundo cuya historia es cíclica?

–No sé cuán cíclico sea el mundo realmente. Mucho de mi propio trabajo sugiere que existen bastantes no-linealidades y cambios discretos, pero todavía no veo un cambio significativo en la política americana. Los republicanos lo harían en el mediano plazo, pero los demócratas ganarán la próxima elección presidencial.

El problema tiene menos que ver con ciclos y más con la naturaleza incómoda del mensaje que estoy transmitiendo.

–Respecto de la desigualdad, ¿es ésta un resultado inevitable del sistema capitalista?

¿Cuánta desigualdad es aceptable?

–Podemos responder esta pregunta en una acotada visión económica, basada en las cifras de inequidad del coeficiente Gini, el cual va de un máximo de 100, hasta la sociedad más igualitaria que tiene un coeficiente 1. En el mundo de hoy tenemos sociedades como Chile, que están en un nivel alto, entre el 50 y el 60.

“Respecto de cuánta inequidad es demasiado, la clave es que ésta varía de lugar en lugar. No en todos los lugares del mundo va a haber un coeficiente Gini como el de Suecia. Los escandinavos son notoriamente igualitarios en la forma en que su sistema económico funciona. Es muy difícil conseguir ese nivel de equidad. En Chile requerirías cambios drásticos, no sólo en el sistema tributario, sino que también en el derecho de propiedad.

Entonces, lo que el mundo nos muestra es que hay una fuerte variación entre los grados de equidad y que algunas sociedades son capaces de tolerar niveles de desigualdad muy altos que serían inaceptables en lugares como Escandinavia.

“La clave es que no hay que fijarse demasiado en la distribución del ingreso y la riqueza, sino que enfocarse más en la movilidad social y las oportunidades. Una sociedad puede ser desigual en la distribución de su riqueza, pero tener una alta movilidad social, lo cual es posible”.

LOS MODELOS DE SOCIEDAD

–En tu libro “La gran degeneración”, eres de alguna manera pesimista. Describes una crisis de liderazgo de los presidentes y políticos en la mayor parte del mundo occidental. ¿Hay algún líder político que admires?

–He viajado bastante y, en mi reciente visita a México, me llamó mucho la atención la evidencia de que Enrique Peña Nieto no es un político popular, pero sí uno de los que está haciendo difíciles y reales reformas. Ha abordado, por ejemplo, negociaciones con el sindicato de profesores, y ha mantenido una buena relación con Carlos Slim. Se ha atrevido a reformar el sector energético, algo que el PRI nunca hubiera hecho antes. Enrique Peña Nieto es un ejemplo actual de cómo un líder puede enfrentar con éxito reformas difíciles.

“Si veo a alguien similar en Estados Unidos en este momento, creo que Paul Ryan es la mejor apuesta. Se ha vuelto difícil ser Margaret Thatcher ahora. Sería difícil incluso en Inglaterra. Sería imposible ser Margaret Thatcher en Europa occidental, y bastante difícil serlo en Estados Unidos. Sin embargo, los políticos tendrían una posibilidad para serlo, aceptando que en su vida política no serán reelectos”.

–En ese mismo libro también explicas el rol de la sociedad civil. ¿Cuál crees que es el rol de ésta, especialmente en países en desarrollo como Chile?

–Soy un aficionado estudiante de Tocqueville y del libro “La Revolución Francesa”, que tienen gran relevancia en el Chile de hoy. Tocqueville hace un gran punto comparando Estados Unidos y Francia en el siglo XIX. El punto es que si en Estados Unidos te preocupa el abuso de alcohol, formas una agrupación para fomentar que la gente beba menos. En Francia, si te preocupa el abuso de alcohol, escribes una carta al gobernador de París pidiéndole que haga algo al respecto. Creo que actualmente hay bastante de esta mentalidad en muchos países. El sentido común dice que, si hay un problema, dejemos que los ciudadanos se preocupen y formen sociedades para tratar de atacarlo. Por ejemplo, si tenemos problemas educacionales, creamos nuevas y mejores escuelas. Fundar escuelas no es algo muy difícil. Así, tratamos de resolver el problema de forma local y en la iniciativa de nuestra propia ciudadanía. La otra mentalidad es, si tenemos un problema de educación, aumentemos los impuestos e incrementemos las sumas de dinero que debemos pagar a un gran sector estatal. “Sin embargo, la característica más notable de los últimos 10 años, ha sido el rápido crecimiento de la educación privada, y el hallazgo más sorprendente es que, a medida que la educación privada se expande, los estándares mejoran a lo largo de la educación a través del sector privado, porque la competencia sirve y, sorpresa, ¡los estados de monopolio no sirven!

Fuente: Revista Cosas

McCloskey y las predicciones en economía

Noticia de elmercurio.com
LORETO COX De alguna manera, u otra, la crisis financiera ha puesto en tela de juicio el rol de los economistas, al menos desde el punto de vista de su capacidad predictiva. El escalofriante documental Inside Job (2010), de Charles Ferguson, presenta esto de buena manera: detrás de la crisis económica mundial de 2008, que costó a decenas de millones de personas sus ahorros, sus trabajos y sus casas, hubo una serie de predicciones económicas erradas (y muy bien pagadas) en las que se confió más de lo que correspondía. Aun dejando de lado el grave problema de conflictos de intereses que la película denuncia, cabe cuestionar la pretensión de exactitud de aquellas predicciones. En una escena clave, se les pregunta sobre esto a economistas importantes de las financieras, de las calificadoras de riesgo y de la academia, y la respuesta se repite: no eran más que opiniones. No obstante, es poco probable que lo hayan planteado así al momento de cobrar por ellas.

El problema de fondo tiene que ver con cuál es el fin de la ciencia y con cuáles son sus propios límites. En este contexto, Deirdre McCloskey -Ph.D en Economía en Harvard, ex economista de Chicago y actualmente profesora de economía, historia, inglés y comunicación en la Universidad de Illinois y profesora de historia económica en la Universidad de Gotemburgo-, quien se define a sí misma como “posmoderna, pro libre-mercado, cuantitativa, anglicana, feminista y aristotélica”, tiene mucho que decir.

Para McCloskey, las personas tienen una tendencia a buscar certezas, que a fin de cuentas, refleja un deseo por controlar el mundo. De ahí que oráculos y magos sean una constante antropológica. Pero el advenimiento del mundo moderno, con sus avances tecnológicos y su fe descomunal en la racionalidad humana, traspasó en alguna medida este rol de adivinadores a los científicos.

En el caso de la economía, esto es claro y quedó consagrado en el ya mítico artículo de Milton Friedman sobre metodología (1953): “la tarea es proveer un sistema de generalizaciones que pueda ser usado para hacer predicciones correctas sobre las consecuencias de cualquier cambio en las circunstancias”. Tanto así, dice Friedman, que en la medida en que las predicciones sean correctas, da lo mismo si los supuestos usados son falsos.

McCloskey no cree que haya problema con que la predicción sea uno de los fines del conocimiento, el problema está en creer que es el único relevante. Esto no sólo porque desatiende, entre otras cosas, a la explicación como objetivo de la ciencia (por ejemplo, la teoría de la evolución no predice nada, sino que sólo explica), sino también porque implica desconocer sus propios límites. La razón la da la misma teoría económica: en equilibrio, no es posible hacer predicciones rentables (si lo fueran, el mercado se ajustaría y, entonces, dejarían de serlo). Creer que las predicciones pueden generar riqueza así como así es olvidarse del problema de la escasez. Por eso, éstas operan sólo dentro de los márgenes, deben ser costosas y no pueden, por ejemplo, aparecer así nomás en los diarios (si éstas efectivamente tuvieran la capacidad de hacernos ricos, ¿por qué querría el predictor compartirlas con todos nosotros?). Y lo mismo vale para el resto de las ciencias sociales, si las maneras de ganar votos o de alcanzar rápidamente la felicidad pudiesen predecirse, ¿por qué no las han seguido todos los políticos y todos los mortales, respectivamente? A los economistas y demás cientistas sociales que creen dominar el futuro con exactitud, McCloskey les dice: “if you’re so smart, why ain’t you rich?” (Si eres tan inteligente, ¿por qué no eres rico?).

Y no es que esto hable mal de la capacidad de nuestros científicos, sino que tan sólo refleja la complejidad del objeto de estudio -los hombres y sus creaciones-. Quizá sea mejor comprender ex ante y no sólo ex post, que nuestros juicios no son sólo tecnicismos científicos, sino que tienen algo, además, de opiniones.

En tiempos en que se oyen fuertes críticas a la precisión de las predicciones de los economistas y, también, a su actual predominio en el diseño de las políticas públicas, tal vez valga la pena prestar atención a las críticas y abrirse algo hacia nuevas formas de argumentar. Aquí, McCloskey juega un rol importante, no sólo porque conoce en primera persona el quehacer de los economistas, sino que también porque ama profundamente la disciplina. Y, afortunadamente, ella estará de visita la próxima semana en el Centro de Estudios Públicos y en la conferencia de economistas de LACEA.

Noticia de elmercurio.com

Economistas, pretensiones y quehaceres. Breves notas sobre la crítica de Deirdre McCloskey a la economía modernista

Noticia de cepchile.cl

En 1970 Deirdre McCloskey recibió su doctorado en economía en Harvard. Trabajó en la Universidad de Chicago entre 1968 y 1980, obteniendo los tenures en economía en 1973 y en historia en 1979. Escribió decenas de artículos sobre historia económica británica, historia de las finanzas internacionales y sobre la revolución industrial, publicándolos en prestigiosos journals de economía.

Tras lo que ella misma denomina “una juventud positivista”, comenzó a interactuar con académicos de otros departamentos de ciencias sociales, lo que le generó fuertes inquietudes acerca de que la forma estándar de argüir en economía fuera la única válida.

Luego de años de investigación interdisciplinaria, McCloskey construyó una crítica profunda a lo que ella denomina economía modernista. Esta crítica resulta destacable, pues proviene de alguien que conoce en primera persona y, más aún, ama la disciplina. Los pilares de su argumento se encuentran en tres de sus libros: The Rhetoric of Economics (1985), If You’re So Smart: The Narrative of Economic Expertise (1990) y Knowledge and Persuasion in Economics (1994). Este breve artículo no pretende más que esbozar algunos puntos relevantes de esta parte de su obra.

Uno de sus puntos de partida es que toda vez que alguien dice algo está haciendo uso de la retórica, pues inevitablemente usamos lenguaje para comunicarnos y no existe una sola forma de decir cada cosa. Así, la economía tiene su retórica y debe someterse a análisis. McCloskey encuentra que en su versión modernista extrema, es como si el estilo retórico de la economía hablara sobre una verdad que está “escrita en los cielos”, apelando a una “retórica de no tener retórica”, ante la cual no quedaría más opción que una “aprobación unánime”.

Sin embargo, sabemos que en la ciencia económica, como en todos los campos de la vida, existen importantes desacuerdos, y aun la evidencia más ‘dura’ admite variadas interpretaciones. Y es que finalmente, como arguye McCloskey, es muy dudoso que los científicos puedan acceder a la verdad, conociéndola de manera exacta.

McCloskey critica también varios asuntos puntuales del quehacer de los economistas, tales como la obsesión por el uso de un razonamiento excesivamente formal que olvida la relevancia de la realidad, o como un culto excesivo a la significancia estadística como medida de la importancia de los resultados. Más aún, McCloskey cuestiona que la ciencia económica deba guiarse por reglas metodológicas formales que limitan las maneras de argumentar y dificultan el diálogo con las demás disciplinas.

Si bien resolver los aspectos que McCloskey critica en la forma imperante de hacer economía es una tarea difícil, tal vez el solo hecho de tomar conciencia de estas críticas contribuiría a hacer a los economistas más humildes en su rol de adivinos e ingenieros sociales, permitiéndoles participar de mejor manera en el ejercicio deliberativo que es indispensable para la democracia.
Noticia de cepchile.cl

El hombre que quiso envejecer como mujer

Noticia de www.paula.cl

El hombre que quiso envejecer como mujer

A los 71 años, Deirdre McCloskey es una historiadora y economista norteamericana que ha hecho clases en las más prestigiosas universidades del mundo, como la de Chicago, donde trabajó con Milton Friedman. Hasta hace poco también era un hombre casado y de barba espesa llamado Donald. Recién a los 53 años se dio cuenta de que siempre había querido ser mujer y decidió cruzar la frontera más difícil de todas, la del cambio de sexo. Nunca ha sido tan feliz como ahora.

Por Guillermina Altomonte / Fotografía: Andrew Bruah

Paula 1128. Sábado 17 de agosto de 2013.

ESTA HISTORIA TIENE MUCHOS COMIENZOS
Un niño crece en Boston durante los años 40. Su padre es profesor de Harvard, su madre es cantante de ópera, tiene un hermano y una hermana menores. El niño va al colegio, tiene amigos, juega fútbol. Un día, a los 11 años, juega a ponerse las pantys de su mamá y tiene su primer orgasmo. A partir de entonces, y por 40 años, Donald McCloskey se pondrá ropa de mujer a escondidas, de vez en cuando. Por lo demás será un hombre alto y macizo, saldrá con mujeres, y se casará a los 22 años. Su mujer se entera pronto de la extraña afición de su marido pero decide que es una excentricidad y que mientras Donald lo haga en privado, todo bien. Donald estudia Economía en Harvard e inicia una exitosa carrera académica que lo lleva a las mejores universidades del mundo, entre ellas la de Chicago, donde trabaja con Milton Friedman y se transforma en acérrimo defensor del libre mercado. Está convencido de que es un cross-dresser heterosexual.

No quedan rastros de Donald en su cara. Su voz, eso sí, es ronca. Aunque tuvo dos operaciones en las cuerdas vocales y varias sesiones de fonoaudiólogo le quedó una voz rasposa, metálica. “Ya me di por vencida”, suspira. “Ahora soy lo suficientemente vieja como para que no me importe. La gente debe pensar que tomo whisky y fumo 40 cigarros al día y por eso hablo así”.

Otro comienzo: Donald tiene 53. Sus dos hijos se han ido de la casa, en Iowa, donde Donald es profesor. Siente más libertad para vestirse de mujer a sus anchas. Aparece internet y todo cambia. Donald encuentra información sobre cross-dressers: hay clubes, hay bares, hay tiendas que venden ropa y anillos de mujer en tamaños XL. Conoce a otros como él. Muchos han decidido cruzar la frontera y cambiar de sexo. Donald todavía no. Pasa casi un año así, comprando cada vez más ropa y pelucas, pintándose las uñas de los pies más seguido, perdiendo peso, depilándose el pecho, sacándose la barba con electrólisis. Hasta que un día va manejando de vuelta de una convención de cross-dressers y de pronto se da cuenta: “en verdad quiero ser mujer. Puedo ser mujer”.

Su esposa, que había reaccionado muy mal ante la progresiva feminización de su marido, exige divorciarse. Sus hijos le dejan de hablar. Su hermana trata de internarlo varias veces a la fuerza en clínicas siquiátricas. Para Donald esta no es una locura. Durante 1995 se somete a nueve operaciones con anestesia general: nariz, pómulos, estómago, pechos, hasta llegar a la última: el cambio de sexo. Se ha gastado 90 mil dólares y ha perdido a su familia. Pero al fin es Deirdre McCloskey.

Entonces, la historia también puede comenzar muchos años después.

Deirdre abre la puerta de su loft remodelado en pleno centro de Chicago, lleno de luz y libros y flores y cuadros que le han regalado. La acompaña un perrito de pelo áspero llamado William Shakespeare. Es profesora de Economía e Inglés en la Universidad de Illinois, una de las más importantes de Estados Unidos. Su calendario 2013, pegado en el refrigerador, está colapsado: viajes a Pisa, Rotterdam, Estocolmo, para dar cátedras y conferencias –a fines de 2011 dio dos charlas en el Centro de Estudios Públicos, en Chile, y aprovechó de apoyar la campaña por la ley de antidiscriminación que se estaba tramitando–. Está terminando el tercer volumen de una trilogía sobre la historia del capitalismo que la ha catapultado a la fama. Tiene buenos amigos, su propio sitio web, un grupo de mujeres en la iglesia y una excelente relación con su madre.

A punto de cumplir 71 años, es como si aún tuviera la vida por delante.

Estas fotografías muestran a Deirdre cuando aún era Donald. La imagen de la izquierda es de 1977 y aparece con su hija. Y la fotografía de la derecha es de 1985, cuando era profesor en la universidad de Iowa. 

MEJOR SER UNA MUJER VIEJA
No quedan rastros de Donald en su cara. La mirada penetrante está suavizada por sombra verde agua en los párpados. La nariz se nota operada pero podría ser la de una mujer que se ha hecho retoques. Tiene lindas arrugas y el pelo, algo seco y canoso, tomado hacia atrás. Sus orejas son grandes, igual que sus manos. Usa un anillo grueso de plata, una pulsera, aros, blusa de algodón y jeans. Las uñas pintadas de rojo.

Su voz, eso sí, es ronca. Aunque tuvo dos operaciones en las cuerdas vocales y varias sesiones de fonoaudiólogo le quedó una voz rasposa, metálica. “Ya me di por vencida”, suspira. “Ahora soy lo suficientemente vieja como para que no importe. La gente debe pensar que tomo whisky y fumo 40 cigarros al día y por eso hablo así”.

Se disculpa de que el departamento esté algo desordenado: ha estado con un problema de artritis en las caderas y debe usar bastones hasta la cirugía que la dejará como nueva, en pocos días más. Le cuesta, sobre todo, subir al segundo piso del loft donde está su biblioteca de 8.500 ejemplares y donde trabaja incansablemente en el tercer volumen de su trilogía The bourgeois era. “Iba a hacer seis, pero es imposible. Serán tres, creo que lo terminaré este verano, y entonces será una colección de tomos en una caja, ¡como Harry Potter!”, se ríe, satisfecha.

¿Tu cambio de sexo no afectó tu carrera?
Yo estaba dispuesta a perder mi trabajo. No pasó, aunque sé que el presidente de la American Economics Association me vetó de ser nombrada en el comité de asuntos de la mujer. Pero la gran mayoría de mis colegas han sido muy receptivos. Si hubo discriminación, lo que he hecho desde mi cambio la ha superado: porque mi trilogía y mi trabajo sobre la significancia estadística son logros que tuve a los 60 años.

¿O sea que tu mayor logro intelectual fue como mujer?
Sí. Y lo que digo siempre es que es mucho mejor ser una mujer vieja que un hombre viejo. Veo a hombres viejos como… un poco tristes. Una vez que pierden su trabajo, pierden el sentido de su vida. Mientras que una mujer, además, tiene su sentido en su familia (si la tiene), en sus amigos, en la iglesia, entre otras cosas. Para mí es así. La forma en que los hombres llevan sus vidas es a través de entusiasmos. ¿Te has fijado? Hobbies. Aprenden a hacer aeromodelismo, aprenden a jugar golf, y desde nuestro punto de vista no tiene mucho sentido.

¿Y cómo crees que hubieras envejecido como Donald?
Supongo que como cualquier hombre, con muchos hobbies. De hecho, iba a empezar a hacer barcos a escala cuando mi hija se fue de la casa. Nunca me metí en eso al final.

En cambio, te hiciste mujer.
Desearía haberlo hecho a los 13 años. Hubiera sido lo mejor. Hay muchos jóvenes que expresan este deseo y mi postura es que deberían permitirles hacerlo. No es que estén confundidos o sean gays, esa es una idiotez. Este es un deseo muy profundo, que a veces la gente siente desde muy joven, y estoy a favor de un tratamiento temprano, porque entonces resulta muy bien. Si tú empezaras a tomar hormonas masculinas, en seis meses tendrías una barba, tu voz cambiaría y te saldrían músculos. ¡Así que considéralo! (se ríe). Cuesta lo mismo que comprarse un auto.

Quizás mucha gente no se permite pensarlo.
Eso me pasó a mí: no me lo permití. Lo canalicé estrictamente en cross-dressing ocasional, y aparte de eso era un tipo normal.

Pero hiciste la transición habiendo vivido una vida entera.
Sí. En las vísperas de la vejez, en cierto sentido. Y desde entonces nunca he tenido ninguna duda.

¿Sentiste que era ahora o nunca?
Así es, le llaman la crisis de los 40. De cierta forma es algo natural en la vida de los hombres, porque no han estado pensando mucho en sus vidas. Las mujeres piensan en eso desde que son niñas. Pero los hombres no: los hombres solo han estado haciendo. Entonces no es sorprendente que a los 40 o 50, se pregunten: “¿Qué estoy haciendo?”.

Estas fotos fueron tomadas en 1995, año en que Donald, con 53 años, se somete a nueve operaciones para transformarse en Deirdre.

POBRES HOMBRES
En 1999 Deirdre publicó las memorias de su transición a mujer. El libro se llama Crossing porque esa es la palabra que le gusta usar: no “transexual” sino “gender crosser”: alguien que cruza de género. Dice en la introducción que cambiar de sexo no es tan distinto a cruzar otras fronteras: ser extranjero en un país o convertirse en cura. Tres de cada diez mil personas lo hacen. La cruzada de Deirdre estuvo plagada de emociones. La angustia inicial de ir al baño de mujeres y que la “leyeran”, es decir, que la reconocieran como Donald cuando aún tenía rasgos masculinos. La extrañeza de que le empezaran a atraer los hombres. Las pequeñas victorias: que le dijeran “señora” en un restorán.

Han pasado 18 años desde que te convertiste en mujer. ¿Qué cosas han cambiado?
Ahora me siento completamente cómoda. Ya no me preocupa que me lean, algo que hasta hace poco era una gran inquietud. Por ejemplo, antes no usaba pantalones porque decía: ‘¡No pasé por todo esto para volver a usar pantalones!’. Así que usaba faldas. Hasta que estaba en Ámsterdam comprando ropa y la vendedora me dijo: ‘¿por qué no te pruebas un traje pantalón?’. Me encantó y ahora los uso todo el rato. Ese ha sido un gran cambio: es una tontera, pero es un indicador de mi seguridad en mi femineidad.

Uno pensaría que el cambio de sexo asegura la transición.
No, no es así. Es tu cara, tus gestos, tu voz. Es la forma en que te presentas al mundo. Eso determina tu posición social como hombre o mujer. Porque, ¿cuántas veces al día tus genitales son chequeados por extraños? Cero. Entonces la parte cosmética es la más importante. No tus genes, aunque cada célula en mi cuerpo diga XY, y cada célula en tu cuerpo diga XX.

¿Y qué partes masculinas te quedan?
Ah, todavía tengo esa dureza para discutir, pero también la tienen otras mujeres economistas. Es algo que viene con la profesión. Y yo fui hombre, no me avergüenzo de ello. Mi madre me dice: eres muy privilegiada, has podido ver el mundo desde las dos perspectivas. Eso es interesante. Pero igual tengo algunos gestos que debo cambiar.

¿Como cuáles?
A menudo me rasco la nariz así (hace el gesto de lado a lado) y ese es un estilo muy masculino. Las mujeres lo hacen más delicadamente. Todavía observo a las mujeres. Ahora te estoy observando a ti. Miro a todas las mujeres, me fijo en lo que hacen y lo trato de imitar: la forma de cruzar las piernas, los codos pegados al cuerpo… Hay todo tipo de gestos. Por ejemplo, cuando apoyas tus manos en las caderas, las mujeres –debido a la forma de sus codos– apuntan los dedos hacia la espalda, mientras que los hombres los apuntan hacia delante. Todos estos son indicadores, como en el póker. Y yo quiero controlar todos los indicadores que pueda, quiero que digan: “mujer, mujer, mujer”. Pero ya no es una gran ansiedad.

En tu libro también hablas sobre la forma especial en que conversan las mujeres.
La conversación entre hombres se trata de establecer jerarquías y expertise: “Yo sé más de esto que tú”. Pobres hombres. No tienen acceso a conversaciones de verdad, es raro y triste. Mientras que entre mujeres es a menudo sobre la relación con la persona con la que estás hablando. Mi madre le habla a una mujer en un supermercado sobre la madurez de la fruta y en dos minutos sabe la historia de su vida.

¿Y crees que a los hombres no les interesa eso?
Te digo que no. Cuando era hombre no le contaba nada a nadie. Tuve colegas por años y nunca supe cuántos hijos tenían o si estaban casados. Las conversaciones me entraban por un oído y me salían por el otro. O me daba vergüenza, no quería saber sobre la vida amorosa de alguien. No quería escuchar sus problemas.

Pero, ¿por qué? ¿Te sentías amenazada?
En parte es porque un hombre siente que tiene que hacer algo al respecto, pero más que nada es por falta de interés. Lo que para mí es increíble es que cambié. Antes no podía recordar el árbol familiar de nadie; ahora si me hablas de tu familia hago un mapa en mi cabeza y lo voy a recordar.

¿Cómo aprendiste?
En parte poniendo atención a ese tipo de cosas, escuchando. Pero también fue algo espontáneo en mí, y eso realmente me sorprendió: que de repente realmente me interesaba la vida de la gente. Quizás fueron las hormonas, aunque dejé de tomar hormonas hace mucho tiempo. La teoría más plausible, creo, es que en cada persona hay un ánima y un ánimus, para ponerlo en términos jungianos. Hay un espíritu femenino y un espíritu masculino, y si nos permitimos ambas partes hay mucho que puede florecer.

Has sido criticada por estereotipar a hombres y mujeres, ¿no?
Fui un poco atacada por gente que decía que yo tenía una visión de las mujeres de los años 50, y eso es estúpido. También hay feministas desagradables que son extremadamente transfóbicas, que dicen que las personas transgénero no son mujeres de verdad. Cuando justamente el punto del feminismo es que los genes no determinan todo. El género es una construcción social, hay que tener cuidado con decir “Ah, querida, tus genes son XX así que debes quedarte en la cocina”.

“Es mucho mejor ser una mujer vieja que un hombre viejo. Veo a hombres viejos como… un poco tristes. Una vez que pierden su trabajo, pierden el sentido de su vida. Mientras que una mujer, además, tiene su sentido en su familia (si la tiene), en sus amigos, en la iglesia, entre otras cosas”.

BIENVENIDA AL GRUPO
La primera vez que la mamá de Deirdre la vio vestida de mujer, cuando aún era Donald y estaba haciendo la transición, dijo: “¡Dios mío! No deberías usar anillos en todos los dedos”. Contrario a lo que Donald esperaba, fue el miembro de su familia que mejor reaccionó ante el cambio. Hoy tiene 91 años y son grandes amigas. “Cuando yo era hombre era distante, no hablábamos mucho. Ahora hablamos casi todos los días”, dice Deirdre.

Entonces le cambia el tono: “Desafortunadamente, la actitud de mi familia de casado no ha cambiado nada. Me acabo de enterar de que tengo un tercer nieto. Me enteré porque estaba buscando en internet noticias de mis hijos, como hago con frecuencia. Fue como si me apuñalaran de nuevo. Nunca he visto a mis nietos, y eso que mi hijo vive a media hora de mi casa. Pero no responde a ningún acercamiento, mi hija tampoco. Así que he perdido la esperanza con eso”, suspira. Su ex mujer, que se volvió a casar, tampoco le habla.

En 2011 Deirdre vino a Chile en su calidad de economista, invitada por el Centro de Estudios Públicos, CEP, a dictar dos conferencias. Ella asegura que el cambio de sexo no afectó su carrera académica y que la mayoría de sus colegas ha sido muy receptivo.

Pero Deirdre insiste en que esas son las únicas malas noticias. “Ya sabes cómo son los seres humanos. Pregunta en cualquier familia y vas a encontrar el mismo tipo de cosa: el tío José le dijo algo desagradable a la tía Elena hace 20 años y nunca más se hablaron. La gente es testaruda con sus opiniones”, teoriza. Le da hambre y sugiere que vayamos a almorzar. Cruzamos la calle a un pequeño restorán al que va bastante seguido. “Voy a pedir lo que siempre pido: las quesadillas tex mex”, dice apenas se sienta. “Las mujeres siempre comen ensalada”, agrega enseguida, como si se hubiera dado cuenta de su salida de libreto. “De hecho, recién hace un año empecé a comer frutas y verduras de forma más regular. ¡Fue una revelación! Perdí como 10 kilos comiendo más sano”.

La ansiedad de cuidarse más al envejecer les pasa a casi todas las mujeres. ¿A ti no?
Como nunca fui una mujer joven, no tengo esa sensación de pérdida, “oh, antes era hermosa y ahora tengo estas arrugas”. Pero si necesitara hacer otra cosa para ser mujer, la haría. Si hubiera una operación que garantizara una nueva voz, la haría.

Ese es el punto, igual hay un anhelo por la belleza.
No quiero ser bella. Quiero pasar como mujer. No me importa si me veo linda, eso está bien pero no es fundamental. Se vuelve fundamental para quienes nacen mujeres porque siempre les dicen “eres linda, eres linda” y la belleza es esencial para ellas.

¿Cómo dominaste, por ejemplo, el arte de maquillarte?
No tiene mucha ciencia, se aprende. Si una chica de 14 años lo puede hacer, yo también. Pero ya no uso maquillaje excepto sombra en los ojos y, a veces, lápiz labial. Me he dado cuenta que ponerse colágeno en los labios es solo temporal, hay que hacerlo cada seis meses y, como soy vieja, no vale la pena. Si tuviera 40, sí. Y no uso otros productos de belleza.

¿Cómo fue empezar a ser mirada por los hombres?
Muy bueno, me gusta mucho. Juego a coquetear con hombres que no conozco. Tengo experiencias ridículas: cuando me vine a Chicago decidí tratar de conocer hombres a través de agencias de citas. Tuve citas hilarantes. En una, un tipo me llevó a cenar y pasó todo el rato hablando de sus negocios y de su mujer que había muerto. Nunca me preguntó nada de mí. Y me llevó a mi casa esperando que lo invitara a subir. Pero soy una chica a la antigua, no voy a hacer eso en una primera cita (se ríe).

¿Nunca has estado en pareja con un hombre entonces?
No. Pero estuve en una relación con mi mujer por un tercio de siglo. Así que no me siento privada de la experiencia del amor.

¿Pero no te da curiosidad lo que es ser una mujer en una relación?
Me gustaría, pero después de esa experiencia con las citas decidí esperar. Mis amigas me dicen: “Bienvenida al grupo, querida. Eres una mujer alta, exitosa y profesional, de cierta edad. ¡Nosotras tampoco encontramos a nadie!”.

¿Y aparte de eso? ¿Te sientes aceptada como mujer?
Casi siempre. Me he vuelto muy activa en el grupo de mujeres de mi iglesia anglicana, que está cruzando la calle. Nos acompañamos. Una de las mujeres tiene un problema de depresión y la ayudamos, yendo a su casa, limpiando, cocinando. Si estoy enferma, ellas me van a ayudar. Es maravilloso.

¿No hay algo que eches de menos de ser Donald?
Nada. Ha sido tanto lo que he ganado que estoy muy feliz. Antes era un hombre alegre, siempre fui bastante seguro de mí mismo. Pero ahora que estoy segura de mi identidad de género, lo soy mucho más. Por ejemplo, mi tartamudez ha mejorado mucho. Hablo ante audiencias enormes de personas, sin apuntes, con mucha facilidad.

¿No has notado ninguna pérdida de privilegios por ser mujer?
No. Por eso es tan importante que a los 60 haya hecho este trabajo. Porque nadie puede decir “perdió lo suyo cuando se convirtió en mujer”. Para mí era importante que eso no pasara. Soy parte de un puñado de economistas feministas libertarias y no hubiera hecho una contribución al feminismo si al convertirme en mujer pasara todo el tiempo haciéndome limpiezas faciales.

¿Nunca haces esas cosas?
No mucho. Me hice las uñas hace poco, pero ahora se están   descascarando·

Noticia de www.paula.cl

Deirdre Mccloskey: “Yo no enseñé a llevar gente a los estadios de fútbol y dispararles”

Noticia de theclinic.cl

Antes de transformarse en mujer, en 1996, fue profesor de historia económica de nuestros “ilustres” Chicago Boys. Hace dos semanas estuvo en Chile, invitada por el CEP y la Fundación Iguales, y se dio el tiempo para escribir una carta a varios parlamentarios a propósito de la Ley Antidiscriminación. “Les dije que si Chile quiere ser un país completamente moderno tiene que extender la igualdad de derechos a todos los ciudadanos”, sostiene.

Antes de transformarse en una delicada señora rubia de sonrisa fácil, Donald McCloskey – un robusto economista de 53 años, casado y con dos hijos- tuvo que pasar tres veces por un psiquiátrico, influido por su hermana menor, una sicóloga empecinada en evitar su cambio de sexo. No fue todo. Para convertirse en Deirdre, su nueva identidad, Donald tuvo que desembolsar más de 90 mil dólares en un sinnúmero de cirugías, incluyendo la operación final de cambio de sexo en 1996. Una tarea nada fácil para un economista educado en Harvard, experto en historia económica, y que luego de su decisión nunca más tuvo contacto con sus hijos. Su transformación quedó plasmada en un libro autobiográfico, editado en 1999: “Crossing: A Memoir”, destacado como uno de los libros del año por el New York Times. “Ser capaz de decir que estás terminado, completo, que realmente eres una mujer por el criterio de no-pene, es la retórica de aceptación más poderosa”, comentó en sus memorias. Desde entonces, Deirdre no sólo ha destacado por su labor como experta en retórica de las relaciones humanas sino también como una importante activista en materia de integración sexual. Hace dos semanas estuvo en Chile, invitada por el CEP a dar dos charlas, y por la Fundación Iguales, en apoyo a la campaña por la ley Antidiscriminación. Deirdre asegura que le gustaría que existiera una institución como esta última en Chicago, con participación de intelectuales en asuntos de interés público. “Es políticamente balanceada y transversal en las disciplinas, con poetas, novelistas, economistas e historiadores”.

-¿Es cierto que enviaste una carta a varios congresistas chilenos?
Les dije que si Chile quiere ser un país completamente moderno, tan rico como libre, tiene que extender la igualdad de derechos a todos los ciudadanos, así como se ha hecho en países como España y algunas partes de Estados Unidos.

-¿Qué otra cosa le dirías a los políticos chilenos sobre el respeto a los derechos civiles y personales?
No tengo una base para dar muchas opiniones personales, lo que sé es que Chile tiene altos índices de libertad y entiendo que podrían ser mejores. Pero eso es lo que opino sobre todos los países del mundo. La libertad y dignidad humana construirán grandes sociedades. La mejor manera de hacerlo es educar y respaldar con leyes. La prensa y la televisión también influyen porque pueden mostrar que despedir a alguien por ser gay es algo ilegal y enseñar a la gente que odiar es malo.

-Algunas personas acá piensan que es riesgoso darle más libertades a la gente…
Sólo los realmente conservadores ven las libertades con alarma. Los liberales de verdad, como dice su nombre, creen en la libertad.

Liberales y fascistas

Deirdre McCloskey se declara como “postmoderna, pro libre mercado, cuantitativa, anglicana, feminista y aristótelica”. “Creo que las relaciones humanas son la mejor política para dejar que la gente ejercite sola su creatividad, que es la creatividad con la que se ha construido el mundo moderno”, cuenta desde Chicago. Esa es la parte que le agrada. Sin embargo, McCloskey asegura que existe una regla en el mundo moderno que no le acomoda: “que los que tienen tienen el oro, gobiernen”. “Los Estados están corruptos por los ricos, especialmente en países como Estados Unidos y Chile” , dice. A continuación agrega: “piensa en el gasto de defensa de Estados Unidos o los asuntos de Chile con las compañías mineras”.

-¿Por qué los más liberales económicamente son, a la vez, los más conservadores valóricamente?
Porque no están pensando claramente. Probablemente sea porque no son realmente liberales sino conservadores o, más exactamente, reaccionarios. Por ejemplo creen, equivocadamente, que la homosexualidad es mala o una elección. Y no lo es. Yo soy muy liberal en el sentido chileno pero también muy feliz de dar libertad a todos. En Estados Unidos los llamados “conservadores” están, a menudo, en favor del libre mercado para otras personas pero para ellos quieren protección del gobierno. Eso no tiene sentido. O estás a favor de la libertad o no lo estás. Si no lo estás, no eres un “liberal”, sino una especie de fascista…

-¿Cuál es la línea divisoria entre liberalismo y fascismo?
Correctamente definidos son opuestos. El fascismo subordina la gente al Estado y el liberalismo lo emancipa. Desafortunadamente, mucha gente que se hace llamar liberal ama al Estado. Esto es así en Estados Unidos donde al liberalismo extrañamente le han llamado “socialismo moderado”.

“Chicago Boys”

Uno de los puntos escasamente destacados de la visita de Deirdre McCloskey a Chile fue que durante los años 1968 y 1980, cuando aún respondía al nombre de Donald, fue académico en la Universidad de Chicago, es decir, profesor de una importante camada de economistas chilenos, los “Chicago Boys”, que implementaron el neoliberalismo en el país. “Muchos tomaron mi gran curso de economía, llamado economics 300, y también mi curso de historia económica, pero no recuerdo sus nombres”, cuenta. Antes de entrar en detalles Deirdre McCloskey advierte, casi poniéndose el parche ante la herida: “Yo no enseñé a llevar gente a los estadios de fútbol y dispararles. !Nadie de Chicago lo hizo! Enseñamos a nuestros estudiantes cómo crear una sociedad libre. Todavía enseño eso”.

¿Qué piensas del rol de los “Chicago Boys” en la historia de Chile?
No soy experta pero, hasta donde sé, ellos no se involucraron con la violencia. Culparlos a ellos por los excesos del régimen sería como decir que, cualquier experto que trabajó en economía para el gobierno de los Estados Unidos, es responsable de las idioteces de las políticas internacionales de Estados Unidos, una de las cuales estaba ayudando a sacar a Allende.

-¿Qué piensas sobre lo que les enseñaste versus lo que aquí hicieron?
No les enseñé sobre políticas macroeconómicas pero las apruebo, tal como recomendaron al gobierno implementar. Yo les enseñé el respeto a la libre elección de la gente en los mercados, que es de lo que se trata el libre mercado y la desregulación.

-¿Qué piensas sobre la implementación a ultranza del modelo neoliberal en Chile?
Fue “extremo” pero, como dijo un famoso político estadounidense, “el extremismo en favor de la libertad no es vicio”. Mira los resultados: ¿preferirías vivir en Venezuela?

Noticia de theclinic.cl

 

El discurso contra el capitalismo se vuelve peor después de cada crisis

Noticia de economiaynegocios.cl

lunes, 07 de noviembre de 2011

Marcela Vélez
Economía y Negocios

La profesora de Economía e Historia de la Universidad de Illinois cree que el capitalismo vive un período delicado, ante el riesgo de que los políticos tomen las medidas equivocadas por la presión popular.
Deirdre McCloskey se describe a sí misma como una feminista, aristotélica, posmoderna, defensora del libre mercado y economista, que alguna vez fue hombre.

No sólo su descripción personal puede parecer rupturista. Su tesis sobre por qué las sociedades enriquecen, también desafía los parámetros comunes. Quizás por eso, en medio de las recientes críticas a la economía, la voz de esta economista de Harvard y profesora de la Universidad de Illinois ha ganado notoriedad.

“Dignidad de la Burguesía: Por qué la Economía no puede explicar el mundo moderno” es el último de sus 15 libros y lo presentará esta semana en Santiago, invitada por el Centro de Estudios Públicos y como una de las conferencias del encuentro económico Lacea-Lames 2011.

McCloskey sostiene que la única forma de crecer es a través de una valoración social de la innovación y del emprendimento, como sucedió más recientemente con China e India. De ahí que la premisa de su libro es que el gran salto de la sociedad moderna no se puede explicar por conceptos meramente económicos, sino sociológicos: “No fue el comercio ni los recursos naturales, el gran cambio fue la innovación y un nuevo aprecio por la clase media”.

-¿Y por qué las teorías económicas no pueden explicar el mundo moderno?
“Porque creen que el crecimiento económico tiene que ver con inversión, y no es así, tiene que ver con innovación, con novedad, con descubrimiento”.

“Hubo un cambio en Europa occidental hacia finales de 1600. Antes de eso, la clase media era vista como mala y corrupta. Eso cambió y era honorable ser un comerciante, un ingeniero o un inventor…”.

-¿Eso ha cambiado? ¿Estamos volviéndonos en contra de los comerciantes, los ingenieros, etcétera…?
“Sí, y a veces somos muy duros. Hay una actitud muy dura hacia los ricos. Por más de un siglo, economistas, analistas, académicos, periodistas, han creado un discurso contra el capitalismo y, claro, se vuelve peor después de cada crisis”.

McCloskey ve con preocupación las protestas que hay en contra del sistema económico alrededor del mundo. No las entiende, afirma. Pero duda o al menos espera que no logren cambiar las bases de la economía occidental. Aunque reconoce que el capitalismo está en un período “delicado”.

-¿Cree que después de este período de críticas y protestas contra el sistema podríamos arribar a una nueva forma de capitalismo? Parece que de repente, al menos aquí en Chile, el modelo está muy cuestionado.
“Eso es muy triste. Si el cuestionamiento se generaliza… las ideas son muy poderosas, las ideas pueden generar cambios, y algunas veces para peor. Creo en redes de seguridad, creo en educación financiada por el Estado, pero también estoy convencida de que la principal vía para generar crecimiento y enriquecer a las personas es la innovación que permite el mercado”.

“Si los políticos tienen que intervenir, deben hacerlo inteligentemente, subsidiar mejor la educación básica, que es lo realmente importante; revisar el diseño del sistema impositivo, que al menos en Estados Unidos es demasiado complicado… Lo que la gente necesita es sentir que el gobierno está tratando de hacer algo”.

-¿Deben los gobiernos entonces responder a las demandas sociales con grandes cambios?
“El riesgo es que los gobiernos traten de hacerlo nacionalizando determinada industria o interviniendo masivamente, y es bastante difícil que los gobiernos y funcionarios públicos puedan hacer un trabajo mejor que el mercado”.

“Es un período peligroso para el capitalismo… Si las medidas que se toman van hacia la dirección de una economía centralizada, eso sería desastroso”.

Noticia de economiaynegocios.cl

Chile: Capitalismo, virtudes y música electrónica

Por Gonzalo Bustamante Kuschel
22 de marzo de 2007

A fines de los sesenta surgió en Alemania un grupo de marginales que realizaban sonidos con elementos electrónicos y con el tiempo surgirían grupos como los míticos Tangerine Dream, Popol Vuh,  Kraftwerk, entre otros, y se desarrollaría una empresa entorno a la música electrónica que hoy en día reporta utilidades de miles de millones de euros al estado alemán. De reuniones de jóvenes medio inadaptados pero con inquietudes surgiría primero Microsoft y luego Linux (Gates, Stallman y Torvalds, todos presentan la misma característica) y entre las dos casi monopolizan el mercado de los programas computacionales. De un hombre que se negaba a aceptar la situación de exclusión de su propia comunidad y luego se reveló contra las injusticias que su propia gente cometía contra la población de color, surge el legendario hombre de negocios que fue el sudafricano Antón Rupert. Todos estos son algunos ejemplos del éxito de lo que alguna vez se consideró marginal. ¿Qué es lo que ha permitido éste éxito?

La economista Deirdre McCloskey, en su más reciente obra (Las Virtudes de la Burguesía) argumenta que lo que ha permitido la generación y consolidación  de sociedades avanzadas, altamente dinámicas, es que vivimos en una era del comercio desde los tiempos bíblicos pasando por la Grecia clásica, el Imperio Romano hasta nuestros días y que esto ha sido posible gracias a la permanencia y generación en estas sociedades de una serie de virtudes, no sólo la fortaleza o templanza que han facilitado el emprender grandes empresas con sentido de ahorro y austeridad, sino que además y de modo muy importante, la solidaridad, honestidad  y el sentido del deber; además, con sus matices por cierto según las épocas, de un alto sentido de respeto a la libertad. Sin estas condiciones, nunca hubiésemos arribado a las sociedades desarrolladas contemporáneas que hoy conocemos. Son las virtudes de la burguesía. Es en este proceso creciente donde lo marginal se ha podido manifestar como expresión de creatividad. Es el dinamismo que ha producido el capitalismo (y donde la iniciativa juega un papel primordial) lo que ha permitido que lo marginal deje de serlo. Es más, eso genera el cambio y el progreso. Las bases del capitalismo no son el consumo sino el comercio, el cual descansa en el valor de la confianza y la iniciativa, sin las cuales no se puede realizar ni mantener, y hay que agregar, la Libertad (con mayúscula), no sólo económica (no existe libertad por partes) sino que en todo los ámbitos. Todas las sociedades comerciales han sido, respecto a su tiempo, líderes en libertades individuales (también lo fue la China de la era Ming, no es primera vez que el gigante asiático aparece, es la no consolidación de ese proceso lo que luego la lleva a retroceder).

La burguesía de las economías más ricas del mundo han cultivado, a lo largo del tiempo, virtudes que han permitido generar la confianza necesaria al momento de comerciar. Estas cualidades no han sido, al menos en esas sociedades, lo propio de la elite sino lo que ha distinguido a las clases medias. Las han educado y las han cultivado.

Cuando vemos en Chile que se discute en torno al modelo, cuando reaparecen nostálgicos del pasado como Altamirano, no cabe duda que los ejemplos de McCloskey y la dinámica de progreso de la cultura burguesa deben ser tomados en cuenta. El capitalismo es la única forma que se conoce hasta el día de hoy que lleve al desarrollo, inclusive con la capacidad de generar una intelligentsia con capacidad ociosa que lo critique y que de eso viva o de hombres ricos y exitosos como Roger Waters para que junto con cantar y cobrar, lo puedan denostar. Éste sistema requiere para consolidarse de un espíritu de emprendimiento que no es otra cosa que población con virtudes humanas interiorizadas, las cuales tienden a consolidarse en su desarrollo. La Inglaterra de la Revolución Industrial, las republicas de los Países Bajos del siglo XVII, la Prusia del siglo XVIII, las colonias norteamericanas, Japón, Corea, Eslovenia, así como los empresarios como Rupert y artistas-empresarios como Rubens o Mick Jagger, son todos ejemplos de lo mismo. Chile requiere del fortalecimiento de estas virtudes sociales y es por eso que cuando hablamos de mejorar nuestra educación y mantener un crecimiento sostenido, la educación y fomento de virtudes debería ser considerada.

De no mediar un cambio que apunte a pasar de una situación de simple estabilidad Macroeconómica a una de real consolidación en lo económico, político y social de lo que se entiende por ‘ser desarrollados’ seguiremos siendo sólo un  ejemplo “destacado” en una de las zonas más desprestigiadas en el mundo. Chile debe orientarse en lo social hacia políticas de creciente respeto a la libertad basada en un sentido de la responsabilidad y espíritu de superación: nuestro sistema electoral (quasi propio de una Nomenclatura), la excesiva protección corporativa, la falta de pluralidad social, la emergencia de valores sociales contrarios a un sentido de responsabilidad y honestidad (basta ver el espectáculo de muchos políticos y a veces de nuestros hombres de negocios para constatarlo), la aceptación social de las chambonadas, atentan para que Chile sea una sociedad realmente capitalista cuyo fundamento es cultural y no simplemente de políticas Macroeconómicas. Es así como lo marginal deja de serlo.

Por Gonzalo Bustamante Kuschel
22 de marzo de 2007

Gonzalo Bustamante Kuschel es Profesor de Filosofía en la Escuela de Gobierno de la Universidad Adolfo Ibáñez (Chile).