Ernesto Medalla: “El rol de los ‘tanques de pensamiento'”

Cuando hace un par de años Guy Sorman visitó nuestro país señaló que “las instituciones sin fines de lucro sirven hoy como laboratorios sociales”, causó cierto escepticismo y especial distancia con quienes conforman partidos políticos.

La verdad que él no se refería al fin de los partidos políticos o que no debiesen haber gobiernos, muy por el contrario estos deberían nutrirse de estos para estar conectados con la realidad y las nuevas tendencias en el clima de opinión. No hay políticas públicas exitosas sin la experiencia y reflexión de los centros de estudios.

Eso explica en gran medida la “oleada de centros de ideas” que se declaran apartidistas pero que sin embargo están en el debate público; es el fluir de las ideas y el cambio de opinión, la reflexión académica que está alejada de las intrigas del poder y que buscan filantrópicamente aportar a la sociedad.

Es la sociedad libre en su máxima expresión, las personas libremente organizadas en fomentar ideas y aportar a la sociedad. Esperemos que las reflexiones en su nueva visita inspiren a un más a la alicaída clase política de nuestro país.

Ernesto Medalla, Analista Circulo Acton Chile.

Publicado en el Diario Financiera el 4 de agosto de 2015.

 

Guy Sorman: Es evidente que la humanidad progresa

“Mi optimismo no es engreído, sino racional, basado en la realidad”, afirma este filósofo y economista francés, fiel descendiente del pensamiento ilustrado. Su condición de viajero y difusor de las ideas de la democracia y la libertad individual, lo tiene acá, en Chile, en una nueva escala, invitado por “El Mercurio” al ciclo Encuentros.

DANIEL SWINBURN 

Si hubiera que buscar una expresión que sintetizara el ingente trabajo de Guy Sorman en defensa de la sociedad libre, se podría afirmar que es el más fiel seguidor del gran pensador liberal francés del siglo XIX Alexis de Tocqueville. Como éste, Sorman no se conforma solo con teorizar acerca de las bondades de la libertades individuales, de las instituciones democráticas y de la modernidad, sino que su desafío es hacerlo “en terreno”, y haciendo que sus definiciones sean corroboradas a través de la mirada empírica. Por eso, su defensa de la democracia y del capitalismo moderno asumida con tanta convicción, lo ha obligado a convertirse en un periodista de tiempo completo, viajando por el mundo prácticamente durante todo el año, para visitar la realidad social de los más diversos países y regiones, y ver in situ el avance o retroceso de su credo político. Sorman es, a la manera de los filósofos ilustrados del siglo XVIII, un optimista irredento, y piensa que el progreso sigue siendo un motor muy potente a la hora de explicar la historia contemporánea. Lejos del pesimismo posmoderno, su último libro -dentro de una producción superior a la veintena- así lo atestigua desde su título: Le Journal d’un optimiste .

El mismo se declara sorprendido por las reacciones que ha provocado ese título en Francia: “No comprendo por qué. Es evidente que la humanidad progresa: desde hace 25 años, el porcentaje de la humanidad que vive en una pobreza absoluta (menos de un dólar al día) ha disminuido de 40 a 20 por ciento, en tanto la población mundial se ha duplicado. Por lo tanto, hay continentes enteros que escapan de la miseria masiva gracias a políticas económicas inteligentes (abandono del socialismo) y a la transferencia de tecnologías de los países desarrollados a países pobres (tratamientos contra el sida, por ejemplo). Todos vivimos por más tiempo, en general, con mayor comodidad y con mejor salud que nuestros padres. Ya que el progreso es un fenómeno acumulativo, no veo ninguna razón para que se frene. Agreguemos a ello que el número de conflictos en el mundo nunca ha sido menor que ahora, aunque la mediatización de estos haga creer que han aumentado. Desde la desaparición de la URSS, la perspectiva de un conflicto mundial es nula. En cuanto a los desastres ambientales, provienen del pensamiento milenarista, pero no de constataciones reales. Y la democracia ha echado raíces en todas partes. Por lo tanto, mi optimismo no es engreído, sino racional, basado en la realidad. Lo que intento demostrar en mi nuevo libro se basa en observaciones concretas, pues soy un viajero que no me canso de recorrer todo el mundo”.

Su nueva visita a Chile, al ciclo Encuentros que organiza “El Mercurio”, se convierte en un pretexto para poner al día los cambios en el termómetro de las ideas de la libertad en el mundo.

-¿Cómo ve usted la salud de la democracia y la libertad en la Europa convulsionada con la crisis?

“La crisis en Europa se debe a la increíblemente mala gestión del gasto público en los últimos veinte años. Los gobiernos de todos los colores se niegan a reconocer que la demografía -la disminución y envejecimiento de la población- nos obliga a revisar los sistemas de solidaridad social que fueron diseñados en otra época. Los gobiernos prefieren aumentar los impuestos y ahondar los déficits -lo que mata el crecimiento- para no tener que tomar decisiones valientes. Sin embargo, la gente no va a renunciar a la democracia: hay una tendencia a cambiar de mayoría en cada escrutinio (Sarkozy será víctima de ello) con la esperanza de que el próximo gobierno haga un milagro”.

-¿Qué relevancia política le otorga usted al movimiento social de los Indignados del año pasado en esos y otros países?

“El movimiento de los indignados revela el deseo legítimo de una generación joven de participar también en la escritura de la historia. Muchos jóvenes sienten realmente que la historia se hace sin ellos, y cada generación tiene ese deseo natural de dejar su marca en su época y en su territorio. Para mi generación, fue mayo del 68 en París. Por lo demás, los medios sociales facilitan las movilizaciones del tipo indignados, que reúne a lo que yo he llamado la generación Facebook”.

“Me objetarán que esos indignados no proponen nada. Es cierto por ahora, pero es bastante mejor que ver caer a estos jóvenes en las rutinas ideológicas del pasado, que nos hicieron tanto daño. Y para decir algo positivo, sin que esté obligado a hacerlo, me parece que los indignados nos invitan a nuevas formas de participación democrática, más inclusivas, menos monopolizadas por los partidos políticos: en esta época de internet, uno debería pensar en estas nuevas formas de participación ciudadana, que son posibles y tal vez estimulantes”.

-Usted ha podido viajar a distintos países del mundo árabe y ha sido testigo de las revueltas sociales que han conmovido a poblaciones que hasta ahora permanecían muy pasivas respecto de sus gobiernos autoritarios. ¿Cómo define usted lo sucedido en Libia, Egipto, Siria?

“Las revoluciones árabes eran previsibles, y muchos observadores las previeron. Yo publiqué modestamente en 2003 un libro llamado Les enfants de Rifaa, musulmans et modernes (Los niños de Rifaa, musulmanes y modernos), en el que anticipaba que tarde o temprano el poder sería reivindicado por musulmanes demócratas de acuerdo con el modelo del partido gobernante en Turquía”.

“Estas revoluciones estallaron en un momento en el que mejoraba la situación económica del mundo árabe: la tasa de crecimiento en Egipto y Túnez alcanzó un 7 por ciento antes de la crisis de 2008. Pero las revoluciones siempre llegan cuando las cosas andan mejor: el crecimiento crea esperanzas, en tanto el estancamiento incita a conformarse con el statu quo”.

“Debido a que esos pueblos árabes son muy conservadores, las nuevas mayorías que se perfilan son mayoritariamente conservadoras, religiosas y económicamente liberales, porque el Islam es pro capitalista y alérgico al socialismo. Dentro de esta tendencia general, hay que hacer una distinción entre los países homogéneos como Túnez y Egipto, en los que una democracia liberal debería funcionar sin mayores problemas, y los países fragmentados por tribus; en Libia o en Siria, sería más conveniente crear confederaciones, lo que requerirá de mucho tiempo y una actitud menos dogmática de parte de los occidentales sobre la necesaria unidad nacional de dichos países”.

-¿Cómo ve el caso de Egipto?

“Estas revoluciones recién han comenzado: en Egipto, pienso que tendrán que pasar muchos años antes de que los funcionarios que controlan la economía se retiren o más probablemente se transformen en empresarios capitalistas. En general, y más allá de estas distinciones, la tendencia de fondo es clara: los árabes son conservadores, son piadosos y tienen un gran deseo de modernidad y de inclusión en el orden mundial. Estaban cansados de estar relegados a la periferia del mundo. Los integristas yihadistas han sido claramente marginados por estas evoluciones de la sociedad que no previeron”.

“América Latina sin voz”

-Mario Vargas Llosa en entrevista reciente expresó que este es el mejor momento político de América Latina en muchos años, pues se acepta la democracia y el mercado, de manera bastante amplia, y las sombras del autoritarismo caudillista no son amenazantes para la región. ¿Cuál es su visión de América Latina?

“En América Latina se puede efectivamente hablar de una nueva edad de oro. Y la mejora de la condición humana beneficia a muchos, lo que es algo nuevo para ese continente. Pero debemos ser prudentes en todo caso, pues la tentación izquierdista y caudillista persiste en Venezuela, Bolivia, Ecuador, Argentina, y en ciertos medios chilenos. El pasado no pasa tan rápido. Habiendo puesto esta nota de prudencia, es cierto que la metamorfosis de América Latina, de un continente supuestamente “revolucionario” a un continente más bien liberal, se hizo realidad más rápido que lo que Vargas Llosa o yo hubiéramos imaginado hace veinte años. En esta evolución favorable y que me encanta, noto dos problemas subsidiarios aún no resueltos:

“El primero es el número significativo de grandes bolsas de pobreza que aún subsisten en América Latina -un poco como en China- en la región andina, en Brasil, en Argentina. Esto requeriría una reflexión sobre la educación, sobre los métodos de solidaridad social (México es un laboratorio interesante en este sentido) y sobre la distribución geográfica de las inversiones energéticas que condicionan el desarrollo económico. Estas bolsas de miseria pueden convertirse en focos de la guerrilla o, en todo caso, pueden perjudicar seriamente la legitimidad de la democracia liberal”.

“Otro problema para América Latina es, visto desde afuera, la poca contribución del continente al orden mundial. Sin embargo, existe una civilización latinoamericana definida, a pesar de las variaciones nacionales, y una experiencia histórica latinoamericana y normas jurídicas regionales, pero no existe una voz latinoamericana que se haga oír fuera del continente. Es una lástima para nosotros los europeos que nos enfrentamos a las normas anglosajonas y a las ambiciones chinas sin que América Latina ejerza un contrapoder al que podría aspirar”.

-Sobre China, a cuatro años de haber publicado su libro “China, el imperio de las mentiras”, ¿ha modificado su diagnóstico?

“China es al mismo tiempo un éxito económico y una ilusión. La economía china es la segunda del mundo en volumen, pero el ingreso chino per cápita ocupa el puesto 100 entre las naciones. El índice de desarrollo humano que toma en cuenta la salud y educación está en el puesto 80. Por lo tanto, el modelo chino funciona beneficiando sólo a algunos, alrededor de un tercio de la población. Sobre lo que piensan los demás, los dejados de lado, no sabemos nada, porque no tienen voz. Dudo, por lo tanto, de la estabilidad a largo plazo de ese modelo que no es exportable: la explotación del pueblo por un partido autoritario no es reproducible ni deseable. No se advierte tampoco ningún progreso en la libertad de expresión: jamás han sido encarcelados tantos intelectuales como ahora. Al mismo tiempo, gracias a internet y a los SMS, los chinos están muy conscientes de esas contradicciones internas”.

“¿Podrá evolucionar el régimen chino? Sus dirigentes no demuestran desearlo, pues el sistema es bueno para ellos y el pueblo no puede intervenir. ¿Una revolución? Lo dudo mucho, pues los chinos tienen un temor justificado de una guerra civil. Por lo tanto, no juego a ser profeta, pero los exhorto a no dejarse engañar por la propaganda -muy bien organizada- del Partido y ver a China como un todo, la China en su totalidad y no sólo los nuevos ricos que son los interlocutores habituales de los occidentales”.

”Un problema para América Latina, visto desde afuera, es la poca contribución del continente al orden mundial”.”Cada época combina el espíritu de rebelión con los medios de comunicación del momento. La combinaciónde ambos es el motor de la historia”.”Los árabes son conservadores, son piadosos y tienen un gran deseo de modernidad y de inclusión en el orden mundial”.

“En Chile no hubo un ‘Mayo del 68′”-En Chile hubo masivas protestas estudiantiles, pidiendo sobre todo modificar el sistema de financiamiento del sistema de educación superior. Algunos analistas locales vieron en estas manifestaciones nuestro “Mayo 68”. ¿Cuál es su visión?

“En mi opinión, no hay ninguna relación entre las manifestaciones estudiantiles en Chile y Mayo del 68 en París. Mayo del 68 fue un movimiento de reivindicación cultural por una mayor libertad individual, la igualdad de los sexos y una sociedad menos autoritaria. La reivindicación chilena me parece corporativista y politizada: no digo que esté mal, pero es diferente. Es obvio que una parte de la sociedad chilena aún no ha aceptado los principios de la alternancia política ni ha digerido la victoria del Presidente Piñera. Se busca por lo tanto revancha en la calle, refugiándose tras causas o pretextos como los derechos de inscripción universitaria o la protección de los pingüinos de la Patagonia. Pero más allá de la politización del movimiento, es cierto que la sociedad chilena sigue siendo muy desigual, pues está en transición hacia una sociedad de clase media. ¿El sistema educacional favorece esta transición ofreciendo igualdad de oportunidades para todos, o no? Esto merece una respuesta compleja. Sé que no es esto lo que piden los estudiantes protestatarios que pertenecen por lo general a la burguesía. Se equivocan de lucha, pero plantean un problema real universal: ningún país logra combinar una enseñanza de calidad que llegue a las masas y que le preste una particular atención a la movilidad social. Es un poco como la cuadratura del círculo que intenta resolver el sistema de becas. En Chile, donde existe este sistema, debe ser perfeccionado”.

Ciclo de encuentros “El Mercurio”:El filósofo y economista francés viene en forma exclusiva este jueves 26 a El Mercurio para hablar de Francia en el contexto de las elecciones presidenciales que se inician hoy en ese país. (Inscripciones en fono: 753 6363).

En este ciclo, la Dirección de Extensión de la vicepresidencia de “El Mercurio”, busca entregar a la comunidad contenidos editoriales, periodísticos y culturales a través de distintas modalidades que permitan enriquecer la entrega diaria de información. A través de seminarios, conversaciones, conferencias, ciclos y diversos eventos, el lector podrá informarse directamente con los distintos actores de la noticia y del quehacer nacional e internacional, interactuando con autores relevantes en las más diversas áreas del conocimiento.

Con el nombre de Encuentros El Mercurio y bajo la dirección de la historiadora y periodista Verónica Matte, se programan para este año una serie de conversaciones de análisis de las elecciones en Francia, EE.UU y México; se harán ciclos sobre la llamada Primavera Árabe y el desarrollo de China. Asimismo, habrá encuentros de urbanismo pensando en la ciudad que queremos para vivir. Se analizará el malestar en la sociedad contemporánea y, finalmente, se harán ciclos de ‘Jóvenes pensando Chile’, además de encuentros literarios y artísticos.

Elecciones en Francia

– ¿Cuáles son los dos desafíos más urgentes de la política exterior de Francia, que debieran estar en la agenda de cualquier candidato que resulte ganador?

“Dos tópicos que son tabú: la naturaleza de Europa – ¿estamos construyendo una Federación Europea o no?- y el tamaño de los cuerpos militares. El ejército está equipado con armas nucleares pero hoy no hay enemigo para ser disuadido por ellas, lo que constituye un pesado costo para un símbolo obsoleto. Y los militares están subequipados para proyectar su fuerza contra estados fallidos como Libia, Siria o la Serbia de ataño. Francia necesita fuerzas militares diferentes, más ajustadas a la realidad. Pero ningún candidato osa tocar estos temas.”

Publicado en El Mercurio el 22 de abril de 2012

Joaquín Rodríguez Droguett: “Liberalismo: Estilo francés y Corte inglés”

En el marco de la visita que el francés Guy Sorman hará a Chile para contarnos la otra mirada en economía y sociedad, sobre todo en un clima hegemónico cultural adverso, y teniendo presente que los organizadores de su visita ya nos privilegiaron antes con la del británico Niall Ferguson, es necesario que nos refiramos a las distintas corrientes existentes en esta otra mirada que nos invitan a conocer.

Se suele distinguir entre dos corrientes liberales claramente marcadas ya desde el siglo XVIII, a saber, la francesa, de carácter racionalista y centrada en las formas políticas, y la inglesa, de carácter evolutivo y centrada en las ideas jurídicas de protección a las libertades y bienes individuales de las personas.

En líneas generales, la primera corriente nace a raíz del pensamiento constructivista cartesiano que dictaba que “aquellas naciones que, partiendo de un estado semibarbárico, han avanzado hacia la civilización gradualmente […] han tenido peores instituciones que aquellas que, desde el comienzo de su configuración como comunidades, han seguido las determinaciones de un legislador sabio.”

La crónica de esta corriente fue caracterizada por cambios radicales, experiencias traumáticas y devoluciones rápidas. Montesquieu era quien hablaba de la separación y equilibrio de los poderes del Estado en la superficie según sus funciones, pero sin reparar suficientemente en que esto de nada servía sin una división sustancial en las fuentes de ese poder. A la vez que se acogían sus ideas, se acogían otras elaboradas por Rousseau que dictaban que la voluntad general es infalible, y que la soberanía pertenece en goce y ejercicio nada más que al pueblo. Los acontecimientos en la revolución francesa y los sucesivos movimientos inspirados en esta escuela bastaron para que un autor posterior ironizara afirmando que Montesquieu había equilibrado tan perfectamente los poderes que sólo bastaba que un pajarito posara sobre el Estado para que este se derrumbara por completo.

La segunda corriente es en mucho distinta a la primera mencionada. Basada en la filosofía práctica, apuesta por los movimientos cortos y controlables y parte más bien de la sentencia baconiana de que “no hay cosa que haga más daño a una nación como el que la gente astuta pase por inteligente”. El éxito final de esta corriente, comprobado, insalvablemente en el largo plazo, puede resumirse en la frase de Winston Churchill de que “la democracia [liberal] es la peor forma de gobierno, excepto por todas las otras formas que han sido probadas de vez en cuando”.

Se podría resumir todo lo antes expuesto en las palabras que Napoleón III dijo una vez a Richard Cobden: “¡Nosotros hacemos revoluciones, no reformas!”. Ciertamente, los liberales de todas partes han abandonado el liberalismo francés, antes por mucho predominante, para adoptar el de corte inglés, defendido por autores de la talla de von Hayek como el auténtico del cual nace la libertad moderna. Pero no debemos ser injustos y ocupar etiquetas que simplifiquen tanto la realidad. Ni el estilo francés ni el corte inglés son categorías absolutas, y ni siquiera podría afirmarse sin una gran dificultad que son categorías generales.

En efecto, fue Bastiat, un francés, quien respondió al auge del constructivismo racionalista y a la omnipotencia adquirida por la ley, concebida por pensadores compatriotas suyos: “haciendo a la ley religiosa, fraterna, igualitaria, filantrópica, industrial, literaria, artística, pronto se está en lo infinito, en lo desconocido, en la utopía impuesta o, lo que es peor, en la multitud de utopías luchando por apoderarse de la ley y por imponerla, porque la fraternidad y la filantropía no tienen límites fijos como la justicia ¿Dónde detenerse? ¿Quién habrá de detener a la ley? […] en el mundo existe un exceso de grandes hombres, hay demasiados legisladores, organizadores, creadores de sociedades, conductores de pueblos, padres de las naciones, demasiada gente que se coloca por encima de la humanidad para regirla, demasiada gente que tiene por oficio ocuparse de la humanidad.”

Y es de Jouvenel, otro francés, quien propicia duro golpe a los lugares comunes creados por el hombre moderno que, en sus palabras, ve las cosas con una simplicidad decepcionante: “La razón por la que en Francia la ley ha sido sustraída a todo control e incluso a toda interpretación judicial es, dice justamente Gény, el sentimiento instintivo y vago, pero profundamente enraizado en el espíritu francés, de que […] nuestros magistrados llegarían de hecho a mantener en jaque el poder supremo del legislador, y de que así el poder judicial sería, aun cumpliendo estrictamente su misión, superior al legislativo, en el que los modernos quieren mantener exclusivamente la soberanía. El poder legislativo, considerado como expresión de todos, o mejor aún del todo, ejerce una soberanía total. ¿Quién se atreverá a ponerle trabas?”

Y fue otro francés, Courcelle-Seneuil, quien aportó con su sapiencia en el período formativo de Chile para enseñar por primera vez Economía política –que la enseñaba, como dice un testimonio de época, “con toda la sencillez que exige la comprensión más vulgar, y al mismo tiempo con una maestría y profundidad de miras que nada dejan que desear a la capacidad más aventajada”–, ordenar la hacienda pública y promover una sociedad libre superando los errores típicamente franceses: “La Libertad tiene sus inconvenientes, pero posee actividad y da lecciones provechosas. […] Con todo, este régimen a la larga es el mejor y el más normal. […] Si se opta por la libertad, no debe uno hacerse ilusiones ni concebir esperanzas demasiado halagüeñas. Es preciso ante todo estar a la espera de algún desastre y no dar mucha importancia a los clamores de la opinión que en semejantes casos maldice siempre la libertad y reclama las restricciones y privilegios. La libertad cuesta caro algunas veces en los principios, pero se corrige a sí misma y es sin disputa el mejor de los sistemas. […] En cuanto a establecer un sistema que presente todas las ventajas y esté exento de inconvenientes, es cosa excusada, no existe ni puede existir en parte alguna.” En su regreso a Francia, pudo afirmar que “Chile es más liberal que la Europa misma donde se generó el liberalismo.”

No podemos ignorar el inmenso valor que ambas corrientes nos legan en el presente, habiendo superado los errores del racionalismo que por cierto cautivó a pensadores a ambos lados del Canal de la Mancha. En verdad, tenemos sobrada experiencia positiva haciendo caso al buen estilo de los economistas clásicos franceses Bastiat, Say y otros, cuyas filas se engrosan con intelectuales contemporáneos como Louis Rougier, Pascal Salin y el mismo Guy Sorman, a quien le damos la bienvenida.

Publicado en Libertad.org el 31 de julio de 2015.

 

El viaje de Guy Sorman al corazón de la filantropía en Estados Unidos

Las instituciones sin fines de lucro sirven hoy como “laboratorios sociales”.  

J.P. Toro Al igual que su compatriota Alexis de Tocqueville, pero con una diferencia de más de 180 años en el tiempo, el filósofo y economista francés Guy Sorman hizo un viaje por Estados Unidos para desentrañar claves profundas de esa exitosa sociedad. Pero su foco no estuvo en el sistema penitenciario norteamericano (aunque Tocqueville comentaría de todo en “Democracia en América”), sino en algo que es parte de la idiosincrasia de ese país casi desde su nacimiento: la filantropía.

Una actividad que practican tanto figuras de la talla del magnate de Microsoft Bill Gates como millones de personas anónimas que no solo donan dinero, sino quizás algo más escaso en estos días, tiempo.

De esto habla “El corazón americano: Ni el Estado, ni el mercado: la opción filantrópica” (Debate 2014), el último libro de Sorman publicado en español en Chile.

“La filantropía es una dimensión primordial de la cultura estadounidense. Todos los estadounidenses destinan tiempo o donan dinero, con muy pocas excepciones. No dar implica no ser totalmente estadounidense. La gente rica crea fundaciones para el arte, la salud, la cultura, etc. Aquellos más modestos participan como voluntarios. Este sector sin fines de lucro representa el 10% de la economía total de EE.UU.; llena el vacío donde el gobierno está ausente o no es tan eficiente como en el caso de combatir la pobreza, limpiar el medio ambiente, lograr que las ciudades sean más seguras”, explica el autor.

Más allá de quedarse en el incuestionable carácter positivo que tiene la filantropía por el sencillo acto de donar algo, uno de los aspectos más interesantes al que apunta Sorman en su libro tiene que ver con el rol de alternativa entre los dos extremos desde donde provienen la mayoría de las respuestas a las demandas de la sociedad: el Estado y el mercado.

Viajero global, el filósofo francés ha sido testigo directo de las turbulencias que atraviesan muchas sociedades actuales, sin importar si pertenecen a países ricos o pobres.

Ahí donde las economías se frenan, pero por sobre todo pierden creatividad, la filantropía puede ser un factor de asignación eficiente de recursos y, muy importante, de innovación.

“Como una fuente de experimentos, considero que lo que se ha hecho en EE.UU. por largo tiempo podría ser válido para otros países. En todas partes, nuestras sociedades están fragmentadas debido a las nuevas divisiones sociales o culturales, las cuales los gobiernos no pueden resolver por sí mismos. ¿Por qué? El gobierno no tiene los recursos humanos o financieros, o lo que es más importante, no tiene imaginación. La cultura burocrática característica del gobierno no permite la prueba y el error cuando se ve enfrentado a desafíos totalmente nuevos, como la drogadicción o la deserción escolar, por ejemplo. Solo las instituciones sin fines de lucro pueden correr el riesgo de experimentar nuevas soluciones con el fin de resolver los nuevos problemas sociales”, dice a “El Mercurio”.

A su juicio, hoy las ONG y las fundaciones son “laboratorios sociales” donde experimentan fórmulas que el día de mañana pueden terminar convertidas en políticas públicas.

También Sorman destaca la contribución al fortalecimiento de la democracia que puede hacer la filantropía, desde el punto de vista que los ciudadanos se convierten en actores públicos activos que trabajan por un cambio.

Es cierto, concluye el autor, que la filantropía no siempre es perfecta, como tampoco lo son el mercado y el Estado, pero al menos, -y en esto cita al millonario George Soros-, “jamás es dañina”.

Publicado en El Mercurio el sábado 29 de noviembre de 2014

 

Ernesto Medalla: “Intelectuales visitan Chile”

Señor Director:
La vuelta a la discusión intelectual respecto de qué queremos como país no cesa. Notables intelectuales, de uno y otro lado, han visitado en notables conferencias nuestro país. Desde Alejandro Cao de Benós, representante para occidente de Corea del Norte, hasta el inglés Jesse Norman, del partido conservador británico.
Ahora visitará nuestro país el francés Guy Sorman, un liberal y optimista. Creo que a diferencia de otros pensadores nos dejará un poco de esperanza y un mensaje, aunque conocido, de tolerancia y esperanza en la democracia.
Sin lugar a duda hoy es extremadamente necesario escuchar otras visiones sobre la sociedad, pero más aun, aceptarlas y reflexionar.
Intelectuales del mundo… bienvenidos a Chile.
¡Bienvenido Guy Sorman!

Ernesto Medalla
Analista
Acton Chile

Publicado en el Diario Financiero el 28 de julio de 2015.

Javier Silva: “Salir del socialismo”

En pocas semanas más visitará Chile el periodista francés Guy Sorman, autor una gran cantidad de libros que versan sobre la libertad, y los desafíos para consagrar una sociedad libre a nivel global.

Hace casi treinta años fue la primera vez que Sorman estuvo en Chile, en aquella oportunidad concedió una entrevista a El Mercurio. En ella explicó brevemente qué es el liberalismo y cómo se diferencia del socialismo. El liberalismo – manifestó – “cubre todas las proposiciones que dicen relación con la libertad de elección y puede aplicarse a todos los aspectos de la vida social: a la política, a la vivienda, a la salud, el sistema previsional, etc. (…) El liberalismo es, sobre todo, una historia continua, no una verdad revelada”.

Interesante es volver la mirada hacia el proceso del fin del socialismo “real”, que fue como se le llamó al totalitarismo marxista que cubriera con su manto tenebroso a gran parte de la población mundial, en especial a los países de Europa central y del este, del que Sorman es un testigo privilegiado, plasmándolo en su libro “Salir del Socialismo”.

En un viaje que comenzara en junio de 1988 y que terminara en noviembre de 1990, el autor francés inicia el recorrido geográfico e intelectual que lo sitúa donde él explica  comenzó todo: la otrora ciudad Leningrado, actual San Petersburgo.

En esta primera estación, Sorman nos narra con los ojos de la época cómo se vivía en lo que serían, a la postre, los últimos días de la Unión Soviética. Acá él reafirma lo que años antes ya había  explicado Solzhenitsyn, a pesar de siete décadas de totalitarismo en manos del Partido Comunista, éste nunca pudo eliminar por completo a la sociedad civil y que el alma de los pueblos subyugados por el socialismo sobrevivió a los ataques del colectivismo.

Luego de repasar las principales políticas reformistas de la época en Rusia, como la glasnot o la perestroika, que más bien fueron difusas y que en nada ayudaron al restablecimiento de las libertades individuales en la ex – Unión Soviética, el viaje continúa con jóvenes moscovitas que desde la clandestinidad traducían textos de Friedrich von Hayek para difundirlos entre sus amigos y de esta forma importar las ideas de la liberad.

Ahora bien, resulta atractivo en el libro ver la convergencia que intenta mostrar Sorman entre Solzhenitsyn y Hayek; ambos se encontrarían unidos, a juicio del periodista francés, en mantener una posición escéptica frente a la democracia.

En la segunda parte del libro Guy Sorman llega Polonia, donde la figura de Lech Wałęsa es fundamental para comprender el modo en que este país pudo tener una salida pacífica hacia la libertad, destaca en este acápite la afirmación de Walesa: “¡El capitalismo funciona!”. Sorman no pasa por alto el rol que tuvo el Papa Juan Pablo II en esta solución sin violencia hacia la libertad que vivió Polonia en 1989, dedicándole unas páginas a su figura y su papel político en esta transición.

En la tercera y cuarta parte del libro, el viaje continúa ahora por Rumania, las actuales República Checa y Eslovaquia y finaliza en China.  Las heridas que dejara el régimen de Ceaușescu en Rumania aún no eran sanadas al momento de escribirse el libro, lo mismo puede decirse de lo sufrido en República Checa y Eslovaquia. Mención aparte tiene China que continúa con un país y dos regímenes.

El libro muestra que no hay una receta única para salir del socialismo, todo va dependiendo de las características culturales del país.

Leer un libro como el de Sorman, un cuarto de siglo después permite ver en perspectiva y de manera pausada los buenos resultados que tuvo el proceso liberalizador en dicha porción de Europa, pero también los aspectos negativos, como por ejemplo las privatizaciones de las empresas estatales que traspasaron la propiedad del Estado a los gerentes (que habían sido nombrados por los mismos detentores del poder), manteniendo de esta forma los monopolios que gozaban, derivando en lo que se conoce como capitalismo de amigotes.

Con todo, Salir del Socialismo, es un texto que nos dice que las políticas socializantes son reversibles si existe la voluntad en las personas indicadas para liderar, pacíficamente, los cambios hacia una sociedad libre; es algo que en Chile, en los tiempos actuales, se debe tener muy presente.

Publicado en El Muro el miércoles 22 de 2015.

Guy Sorman: “El estado debajo de nuestra cama”

Es hora de que los Estados se conformen con ocuparse del orden colectivo y no de nuestras decisiones personales. ¿De qué sirve que haya un funcionario debajo de cada cama?
¿A quién pertenece nuestro cuerpo? La respuesta varía según las épocas y las sociedades. Las controversias a las que dan pie el matrimonio homosexual, el aborto y el número de hijos autorizados ponen de manifiesto que no somos totalmente dueños de nuestro cuerpo y que sigue siendo un objeto tanto social como personal. Sin remontarnos demasiado a un pasado lejano en el que han existido todos los supuestos, recordaremos que en China sigue estando prohibido que un matrimonio se quede con más de un hijo. La cuestión es autorizar dos, pero eso está lejos de conseguirse. ¿Qué justifica esta represión? El hijo supone un coste para la sociedad, por lo que sería lógico que la sociedad, «representada» por el Partido Comunista, se encargase de lo que en economía se denomina «externalidades». Es un cálculo equivocado porque los hijos se convertirán en productores y aportarán a la sociedad más de lo que han costado. En realidad, este pseudo-cálculo económico oculta la voluntad de controlar a los ciudadanos en lo más íntimo que tienen.
Pasemos a las sociedades occidentales en las que el debate sobre el debate homosexual divide en estos momentos tanto a Estados Unidos como a Francia. El fundamento de esta controversia deja perplejo. En Francia, que fue cristiana y donde apenas el 5% de la población practica todavía su fe, la oposición al matrimonio homosexual, sinceramente, no debería ser religiosa. Los matrimonios homosexuales no cuestan nada a la sociedad, por tanto, la oposición no es económica. ¿Consideran los heterosexuales casados que la banalización del matrimonio resta valor a su propio compromiso? Pero los divorcios son más numerosos entre los heterosexuales que entre los homosexuales. El debate es aún más paradójico en Estados Unidos, ya que los ciudadanos estadounidenses prefieren por lo general que el Estado se mantenga alejado de su vida, salvo en el caso del matrimonio en el que los detractores y los partidarios de la unión homosexual cuentan con el Gobierno para hacer que triunfe su causa. Es evidente que en el futuro, en Estados Unidos, así como en la mayoría de los países europeos, el matrimonio homosexual se legalizará porque, en el fondo, no se trata más que de un contrato entre adultos que consienten.
¿No se debería seguir adelante con esta lógica hasta el final? ¿Por qué debería el Estado celebrar los matrimonios? Durante mucho tiempo, en Occidente, el matrimonio fue un acuerdo civil entre familias, entre personas, como un contrato personal o un compromiso religioso. Los Estados modernos solo se inmiscuyen en el matrimonio en la medida en que, de facto y legalmente, han sustituido a las Iglesias: la sacralidad del matrimonio ha pasado de la Iglesia, o del Templo, al Ayuntamiento. Por tanto, sin duda, la legalización del matrimonio homosexual no es más que una etapa hacia el regreso al matrimonio certificado por un contrato puramente privado entre adultos consintientes. Estos contratos serán tan variados como las intenciones y el sexo de los cónyuges, siempre que su unión no perjudique a terceros. El Estado no desaparecerá totalmente, ya que controlará las externalidades, como por ejemplo los derechos de los hijos menores, ya sean biológicos o adoptados, o las cláusulas matrimoniales que vulneren el orden público. A las Iglesias les corresponderá celebrar o no los matrimonios de acuerdo con las exigencias de las religiones elegidas por los contrayentes. Así, el debate sobre el matrimonio homosexual desaparecerá a medida que el matrimonio salga del ámbito de la política.
Falta el aborto, que divide especialmente a los estadounidenses, a los polacos, a los irlandeses y, de nuevo, a los españoles. El Gobierno español no desea revisar la legalidad del aborto, sino que se plantea restringirlo para los menores. En Irlanda, en Polonia y en Estados Unidos, la intensidad de esta controversia refleja las convicciones religiosas de los cristianos, pero también un conflicto de poderes entre las Iglesias y los estados en el que el feto es un elemento espiritual y político. La situación española es más inesperada porque este país se ha vuelto poco cristiano y el aborto es legal en él desde hace 30 años. En la derecha, los partidarios que desean restablecer un derecho de supervisión de los padres sobre los menores actúan, sin duda, en conciencia («a favor de la vida»), pero también para volver a imponer una autoridad paternalista o estatal, o lo poco que queda de ella. Ahora bien, al igual que en el matrimonio homosexual, ¿en qué afectaría esto al Estado? Si el Estado moderno ha sustituido a la Iglesia, admitiremos que puede actuar en nombre de la moral, ¿pero de qué moral en unas sociedades ateas? Y si el Estado es laico y solo es un defensor de la ley, tanto el aborto como el matrimonio o la natalidad solo deberían depender de decisiones individuales. ¿Estamos a favor de la vida? Pues no abortamos y no es necesario llamar a la policía. ¿Queremos casarnos con un cónyuge de nuestro sexo? ¿Por qué razón hay que convocar al alcalde? ¿Queremos casarnos por la Iglesia? Ningún representante del Estado debería interferir.
En resumidas cuentas, es hora de que los Estados se conformen con ocuparse del orden colectivo y no de nuestras decisiones personales. ¿De qué sirve que haya un funcionario debajo de cada cama? Pero los partidarios de la izquierda y de la derecha son inconsecuentes en cuanto al papel del Estado moderno. La izquierda pide más Estado en nuestra vida laboral y menos en nuestra vida íntima; la derecha exige menos Estado en nuestra vida laboral y más en nuestras decisiones íntimas. Sería más coherente, tanto por parte de la derecha como de la izquierda, exigir a un Estado por fin desacralizado que se vuelva a centrar en sus funciones soberanas, lo más alejado posible de nuestros dormitorios.
Por Guy Sorman
Publicado en diario El País el 13 de julio de 2014

Leonidas Montes: “Guy Sorman, observador del mundo”

La figura de Guy Sorman, un ‘francés’ difundiendo los principios liberales, podría sorprender a muchos. Su último libro “Made in USA” puede llevarnos a pensar que es sólo un liberal defendiendo a los Estados Unidos. Lo cierto es que es un liberal, y francés. Lo cierto es que defiende el principio de la libertad desde una perspectiva humanista. Pero si le atrae el fenómeno americano, esto es desde la perspectiva de un agudo observador de los fenómenos sociales. A Sorman le tocó vivir y compartir los ideales del proyecto socialista, pero ha elegido defender la democracia liberal.

Como comunicador posee una pluma hábil y directa. Sus observaciones además descansan sobre una seria formación intelectual. Ahora bien, lo suyo es lo real, lo contingente. Las ideas y la discusión filosófica son parte de la teoría. Para Sorman lo importante es lo concreto: una atenta e inteligente observación de la sociedad. Este liberal francés no tiene modelos, ni acepta verdades universales. Tampoco existen recetas. Cada país desarrolla un liberalismo particular que evoluciona obedeciendo a distintos patrones sociales y culturales. Y esa diversidad, argumenta, es muy positiva. Pero la libertad individual y la democracia como el mejor camino para garantizar la tolerancia, son principios intransables. Para Sorman el libre mercado es un medio, no un fin. Si la sociedad encuentra una nueva forma para mejorar el bienestar de los más pobres, él sería el primero en aceptarla.

Por último, quiero destacar un aspecto notable de Sorman: su pensamiento está imbuido de una preocupación moral. Si China crece a mayor velocidad que la India, Sorman prefiere un país con menor crecimiento donde existe libertad. Esto lo hace un liberal clásico.

En 1944 un bebé llamado Guy Sorman, de origen judío, fue envuelto en un saco para evadir el control antisemita alemán. Su silencio lo mantuvo vivo. A Sorman, ciudadano y observador del mundo, hoy lo mantiene vivo el fenómeno del liberalismo.

Leonidas Montes / Profesor UAI

Escrito el 2005 tras visita de Guy Sorman a Chile.

Hernán Larraín: “Guy Sorman en la UAI”

La visita de Sorman a la UAI dejó varias reflexiones. Me quedo con una. El propio francés comentó cuando dejaba el país: “No entiendo por qué en Chile les preocupa tanto el liberalismo desde el punto de vista teórico. El liberalismo ya triunfo. Ahora las discusiones más trascendentes son prácticas”. El intelectual se refería a la insistencia de la inquietud en conversaciones y preguntas que le hicieron en las dos notables conferencias en que participó, en especial en la vivida con el mundo UAI. ¿Que preguntarse hoy? Sorman apuesta por el futuro de China y por la pequeña “mafia” que hoy usurpa la riqueza generada por los números orientales. Su mente está en descifrar qué condiciones permitirán en el presente/futuro recuperar la libertad de un quinto de los habitantes del planeta.

Una gran visita que dejo planteado un problema sin duda, práctico.

Hernán Larraín M. / Profesor Escuela de Gobierno, UAI

Escrito el 2005 tras visita de Guy Sorman a Chile.

Guy Sorman: “Capitalismo y Sociedad”

“No es por generosidad por lo que el panadero vende su pan al ama de casa a un precio que ésta puede permitirse, sino porque le interesa”. Así fue Como, hace dos siglos, el moralista escocés Adam Smith definía los fundamentos de la economía de mercado. Al mismo tiempo, Mandeville, un inglés de origen francés, describía con una parábola, la fábula de las abejas, lo que más adelante se revelaría como el capitalismo moderno. Según Mandeville, en la sociedad de las abejas coexisten las actitudes positivas y negativas, moralmente condenables o elogiables; pero la combinación de estos sentimientos blancos y negros da lugar a una colmena que funciona por el bien común, según un principio de armonía de intereses. En la filosofía liberal, arbotante del capitalismo, es él interés, y no los sentimientos morales, lo que produce una sociedad mejor. En esta sociedad real, el hombre no es ni bueno ni malo, es lo uno 0 lo otro, a veces ambas cosas a la vez; de este concepto pragmático o cínico de la humanidad se deriva que los liberales no se plantean jamás modificar la naturaleza humana, la toman como lo que es, y con ese material imperfecto, proponen un edificio igualmente imperfecto, pero viable. Por consiguiente, la moral no es el fundamento del capitalismo, lo que no implica que el capitalismo sea inmoral, sino todo lo contrario. En el caso de Adam Smith, el fundador, la causa de su reflexión fue la indignación suscitada por la pobreza masiva en la Europa de su tiempo;, releyéndolo hoy en día, la Inglaterra y la Francia que describe son comparables a ese Tercer Mundo en el que coexisten la extremada riqueza de la aristocracia y la indigencia absoluta del pueblo. El poner remedio a esta diferencia y sacar a la masa de la pobreza fue lo que llevó a Adam. Smith y a todos los economistas liberales desde entonces a preconizar la economía de mercado: el comercio libre, la división del trabajo, la propiedad privada, el derecho a crear empresas, la reglamentación del mercado por parte de un Estado previsible, son otros instrumentos que no enriquecen tanto a los ricos, pero que aportan a los más pobres los bienes de que sólo disfrutaba una ínfima minoría. La prueba experimental de la exactitud de este razonamiento se lee en la historia real del capitalismo: un acaudalado contemporáneo no vive mejor que un aristócrata del siglo XVIII, pero la suerte de los humildes ha mejorado drásticamente. Según este criterio objetivo, los capitalistas no son necesariamente morales, pero el capitalismo, por sus resultados económicos y sociales, parece el más moral de los sistemas que existen.La historia de los orígenes del capitalismo revela hasta qué punto estaba bien fundada la intuición teórica de Mandeville y Adam Smith, así como la de los fisiócratas y Turgot. Los fundadores de las grandes dinastías capitalistas, desde el siglo XVIII hasta nuestros días, no estuvieron movidos por un sentimiento moral, sitio por un ansia de acumulación primitiva del capital: muchas grandes empresas surgieron de la piratería, el comercio de esclavos, la explotación en todas sus formas, el contrabando, el mercado negro, el tráfico de influencias o el narcotráfico. Surcouf fue uno de los primeros capitalistas franceses; la esclavitud hizo la fortuna de los primeros negociantes de Nantes; no fue casualidad que se apodara a los grandes empresarios americanos del siglo XIX los barones del robo; la piratería fue determinante en el origen de los grupos industriales japoneses; sin el mercado negro, sin la guerra de Corea primero y la guerra de Vietnam después, el capitalismo coreano y taiwanés no sería tan próspero; las guerras del Imperio hicieron la fortuna de los Rothschild, por no remontarnos a los Fuger, primeros capitalistas de Europa Central por haber financiado las guerras de Carlos V. Pero de esos dudosos orígenes surgieron empresas respetables, que creaban riquezas, empleo, progreso: al padre pirata seguía a menudo un hijo formado en universidades, y la generación siguiente legitimaba retroactivamente la fortuna familiar o empresarial con alguna fundación cultural.

Esto lleva a ver con nuevos ojos la posible expansión del capitalismo en tierras vírgenes como Polonia, Rusia, Turquía, Colombia. En el mundo ex comunista hay apparátchiki que se reconvierten en empresarios capitalistas, mafiosos que blanquean los fondos del crimen o de la droga aprovechando las privatizaciones; en ‘ Turquía, en América Latina, se construyen industrias, pero- también hospitales y universidades, gracias al reciclaje del dinero de la droga. Condenar la reconversión de los -burócratas oficiales, de los mafiosos y de los narcotraficantes en empresarios capitalistas estaría moralmente justificado. Pero ¿no sería económicamente desastroso? Cabe señalar que la reprobación moral viene de Occidente, pero que los Gobiernos de estas naciones de capitalismo incipiente no han adoptado una postura ética, sino pragmática. Nuestro paradójico elogio del capitalismo moral, a pesar de sus fundamentos inmorales, parece estar en conflicto con la tesis generalmente admitida de Max Weber y de todos los culturalistas que se reconocen como tales. Pero ¿se ha leído bien a Max Weber? El sociólogo alemán no- pretende que los primeros capitalistas fueran seres morales: los describe más bien como ansiosos. En La ética protestante y el espíritu del capitalismo, Weber afirma que es de la ansiedad del calvinista, derivada del temor a la no elección divina, de donde surge el deseo de acumulación de’ riquezas. Si el empresario logra llevar a cabo con éxito esta acumulación, ello le asegura su elección. El primer capitalista weberiano parece pertenecer más, en este cuadro casi clínico, al psicoanálisis que a la sociología. Max Weber, que conocía perfectamente los orígenes del capitalismo, no santificaba en absoluto a los empresarios, tan sólo intentaba comprender sus motivaciones profundas, que s urgen de una preocupación ética, sin que por eso su comportamiento sea necesariamente ético, al tiempo que conducen hacia un sistema moralmente respetable. La angustia metafísica que conduce al deseo de acumulación capitalista no es, por tanto, necesariamente moral, aunque la sociedad que la acoge pretenda ser moralizadora. Max Weber no contradice a Mandeville; su error está en otra parte, como demuestra el surgimiento del capitalismo fuera del mundo protestante. El confucianismo en Asia, el islam en Turquía, el catolicismo en España o en Quebec, no han impedido, frente a lo que profetizaba Weber, la universalización del capitalismo. Sin duda, la ansiedad metafisica que conduce a la acumulación primitiva no es propia de una religión, sino consustancial a la naturaleza humana; o bien la inmoralidad del empresario primitivo se encuentra en todas las culturas desde el instante en que las circunstancias políticas y económicas permiten que el deseo se desarrolle, se manifieste.

Hasta aquí hemos razonado como si el capitalismo fuera moral no en sus fundamentos, sino en su evolución. ¿Son morales el paro, la marginación, las desigualdades sociales que tienen lugar en el capitalismo? Evidentemente, no. Pero no es tamos en el mundo de lo absoluto; de todos los sistemas rea les experimentados hasta la fe cha por la humanidad contemporánea, el capitalismo es el más progresista. Y en la vida real, el progreso equivale a la moralida& En las sociedades capitalistas, la mayoría de los hombres viven más tiempo y mejor que en cualquier otra organización. A la inversa, una de las señales más proféticas de la caída del socialismo real fue la reducción media de la esperanza de vida en los años sesenta, sin tener siquiera en cuenta los crímenes del gulag. Por supuesto, el progreso no es la felicidad, aunque haya algunos bardos del capitalismo que consideran que, aunque la perspectiva de conservar a sus hijos vivos en lugar de verlos morir tal vez no dé a una madre la felicidad, reduce ciertamente su desgracia. Por supuesto, la moralidad relativa y los progresos debidos al capitalismo no pueden excluir que éste sea puesto en cuestión. Precisamente porque el capitalismo se ha vuelto dominante, es incluso imperativo criticarlo. Precisamente porque tiende a eliminar la pobreza y su única legitimidad es su éxito material, todo rastro de pobreza en una sociedad capitalista es moralmente condenable.

Por otra parte, esta crítica moral realizada desde dentro del capitalismo no lo perjudica; la experiencia muestra que la vitalidad del mercadose beneficia de su impugnación y a veces hasta ayuda a potenciarla. El moralista en la sociedad capitalista es rentable, el artista contestatario produce cuadros que se comercializan, los medios de comunicación transforman la violencia en objeto de consumo. ¿Hasta dónde? Algunos economistas, seguidores de Schumpeter, temían que el capitalismo muriera por causa de su imperfección moral, por su legitimidad restringida, por la crítica permanente de las élites intelectuales reacias al materialismo, en busca de mitos o de utopías que el mercado no produce. Ciertamente, el capitalismo desaparecerá algún día, como toda institución humana inscrita en la historia. Podría morir por su ineficacia si, por ejemplo, una crisis económica en el capitalismo se convirtiera en una crisis del capitalismo.

Más probable sería que muriera por la competencia de mitos más poderosos para el espíritu humano que la libertad o el progreso. Según esta hipótesis que esbozan los movimientos fundamentalistas, el progreso se interrumpiría -cosa que ha sucedido a menudo en la historia- y la vida se abreviaría; los moralistas podrían entonces soñar con el capitalismo como con una edad de oro perdida. Tal vez fuera ése su último triunfo: la redención mediante la desaparición.

Publicado en: El País el 19 de enero de 1994.