Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936)

Es uno de los más grandes escritores contemporáneos y uno de los intelectuales públicos más influyentes en el mundo. Su vida, como el mismo la describe, ha sido de pasión por el vicio y la maravilla que es escribir, y crear vidas paralelas como refugios contra la adversidad. Ha contado intensas y preciosas historias, dando vida a personajes de todas las almas y destinos.


Mario Vargas Llosa ha vivido, pensando y compartido sus ideas al ritmo de los más importantes sucesos del mundo y de América Latina, con sus encantos y desencantos. Fue marxista y creyó que el socialismo sería el remedio para la explotación y las injusticias sociales.  Su decepción con la utopía colectivista, gracias al testimonio de realidad y de sus víctimas, y el encuentro con pensadores liberales como Raymond Aron, Jean François Revel y Karl Popper, le llevaron a revalorizar la cultura democrática y de las sociedades abiertas. Vargas Llosa, el autor, el Nobel, el pensador… el liberal.

Mario Vargas Llosa: el rebelde liberal


Publicado en El Pulso, 28.03.2016
Autor: Mauricio Rojas

Mario Vargas Llosa cumple hoy 80 años y quisiera celebrarlo con una breve reflexión sobre su pensamiento político y, en particular, su forma de ser liberal.

Para ello quiero partir de dos grandes pensadores franceses que jugaron un papel clave en su desarrollo intelectual: Jean-Paul Sartre y Albert Camus.

De Sartre, que fue un gran héroe cultural para el joven Vargas Llosa, no sobrevivió mucho con el tiempo. Sus artificios dialécticos no fueron, finalmente, capaces de justificar lo injustificable, es decir, la supuesta distinción entre la “opresión progresista”, hecha a nombre de un futuro paraíso sobre la tierra, y la opresión a secas.

Sin embargo, de Sartre sí sobrevivió la idea del escritor comprometido con su tiempo, aquel que toma partido, que no calla, que no mira para otro lado. Nada más ajeno a Mario Vargas Llosa que la indiferencia frente a su mundo.

Esa actitud ha sido rectora en una vida en que la política nunca ha estado ausente. Lo que no significa confundir la política con la literatura, que son actividades esencialmente diferentes, tal como el mismo Vargas Llosa no se cansa de explicar: el escritor, y el artista en general, parte de la soberanía de su imaginación para forjar “realidades irreales”, ficciones tan convincentes que las vivimos, por un instante, como reales. Quien hace política debe, por el contrario, so pena de caer en la política-ficción y causar grandes perjuicios, partir siempre de la soberanía de lo realmente posible. Paso ahora a Albert Camus. Con él asocio aquella vena rebelde que, a mi juicio, hace de Vargas Llosa quien es y siempre ha sido. Rebelde en el sentido de Camus, es decir, aquel que no acepta la indignidad, la injusticia, la opresión. Que dice no y les planta cara a los tiranos de toda condición. Aquel que no se somete, que no calla frente a una realidad que envilece al ser humano.

El rebelde no es un revolucionario que sueña con paraísos terrenales u hombres nuevos. No, el rebelde actúa por ese hombre que somos, aquel ser imperfecto y limitado, como toda sociedad humana que podamos construir. Pero en ningún caso se resigna a que no seamos lo que sí podemos y debemos ser: dignos, respetados, libres.

La vena rebelde de Vargas Llosa ha derivado en lo que ha sido su lucha más constante, su verdadero predicamento existencial ya desde la niñez: su oposición férrea, visceral, al autoritarismo, a la tiranía, a la dictadura.

Él mismo lo ha expresado mejor que nadie en diversas ocasiones. Como ejemplo tomo algunas palabras de una conversación con Enrique Krauze: “Si hay algo que yo odio, que me repugna profundamente, que me indigna, es una dictadura.

No es solamente una convicción política, un principio moral: es un movimiento de las entrañas, una actitud visceral, quizá porque he padecido muchas dictaduras en mi propio país, quizá porque desde muy niño viví en carne propia lo que es esa autoridad que se impone con brutalidad”.

Creo que no exagero al decir que muy poco en la vida de Mario Vargas Llosa sería comprensible si no considerásemos este aspecto. Escribir, como nos lo recuerda en “El pez en el agua”, también fue un acto de rebeldía ante “esa autoridad que se impone con brutalidad”, un acto vital de resistencia frente, en este caso, a la violencia de su padre a fin de reivindicar aquella dignidad y libertad que nos debemos y que le debemos a todo ser humano.

De allí su repulsión absoluta a todos los tiranos. Desde el general Odría, el dictador peruano cuyo régimen marcó la juventud de Vargas Llosa, hasta los dictadores y caudillos de izquierdas o derechas que han jalonado nuestro tiempo, llámense estos Brezhnev o Pinochet, Castro o Batista, Chávez, Jomeini o Gadafi.

Esta consideración nos permite abordar la naturaleza misma del pensamiento liberal de Vargas Llosa, aquello que él ha llamado “liberalismo integral”. Se trata de algo fundamental, ya que se desmarca y denuncia una tentación suicida de un cierto “liberalismo”, no poco común en América Latina, que ha tendido a reducir aquel árbol frondoso que es el de la libertad a la economía.

Esto no quiere decir que Vargas Llosa menosprecie la importancia fundamental de una economía basada en la libertad, aquella que ha permitido, al extenderse recientemente por casi todo el planeta, elevar el nivel de vida de los seres humanos de una manera nunca antes vista. Eso es evidente, y provoca la ira de quienes creen que, al menos en economía, la libertad no es la mejor opción que tenemos.

Pero esto no significa transformar esa libertad en la única digna de defenderse o en una especie de libertad superior ante la cual las demás libertades deban postrarse.

Esta toma de posición ha llevado a Vargas Llosa a definir el liberalismo de una manera que nos recuerda el sentido más original, hispánico, de lo que es ser liberal, aquel que Octavio Paz recordó en 1981 al recibir el Premio Cervantes: “La palabra liberal aparece temprano en nuestra literatura. No como una idea o una filosofía, sino como un temple y una disposición del ánimo; más que una ideología, era una virtud”.

Esta virtud, esta forma de ser liberal con la cual nos identificamos está, como Vargas Llosa lo expresó en un texto donde reivindica la herencia intelectual de Ortega y Gasset, “fundada en la tolerancia y el respeto, en el amor por la cultura, en una voluntad de coexistencia con el otro, con los otros, y en una defensa firme de la libertad como un valor supremo”.

Escribiendo en tiempos de campaña


Publicado en El Líbero, 04.010.2017
¿Debe un novelista participar activamente en política, o le conviene desentenderse de ella y dedicarse sólo a escribir ficción? ¿Debe entrar a esa compleja arena o es mejor que se ocupe de sus personajes, tramas, ediciones y traducciones? Esta es una pregunta que, como escritor, me hago en esta época de campaña, y también mientras presento con Mauricio Rojas nuestro Diálogo de conversos 2 (la continuación) en algunas ciudades latinoamericanas.

Un experimentado editor, comunista gran parte de su vida, de izquierda democrática cuando mayor, solía recomendarme a comienzos de los 1990 no opinar de política, eludirla, no tomar posiciones. Me lo recomendaba con la mejor de sus intenciones. Lleva a perder lectores, afirmaba . Los que piensan como tú seguirán leyéndote, pero los que no, dejarán de hacerlo, sentenciaba. Era el pragmatismo de alguien a quien estimé mucho, golpeado por la derrota de Salvador Allende y decepcionado por el desplome de los socialismos reales.

Considero que ambas alternativas son legítimas para un novelista: tanto opinar como callar en términos políticos. En democracia es posible escoger el camino de opinar y participar activamente en política, de abrazar un partido, incluso, pero también lo es refugiarse en la ficción o el escritorio y negarse a emitir preferencia alguna. No existe una obligación en un sentido u otro. La libertad individual es una realidad práctica y practicable en democracia.

¿Y en dictadura? Mi experiencia en dictaduras totalitarias, como las de Cuba y la extinta Alemania oriental, me enseñó que simplemente no había espacio para que un escritor disidente pudiera alzar su voz. El control estatal total sobre la sociedad lo impedía. Diferente es el caso en las dictaduras autoritarias, igualmente condenables. Estas últimas suelen tolerar espacios donde disidentes logran manifestarse de modo restringido. En el caso de las dictaduras una cuestión es poder decir lo que uno piensa y la otra es atreverse a manifestarlo. Quien da este último paso corre graves riesgos y sufre represalias, y por lo mismo nadie desde fuera, desde un sistema democrático, puede erigirse en juez de escritores que callan en una dictadura.

En las dictaduras existe a menudo un exilio externo y otro, no menor en el mundo cultural, interno. Creo que pocos artistas simbolizan mejor el caso del exilio interno como el extraordinario escultor expresionista alemán Ernst Barlach, que siguió creando reservadamente en su casa hasta 1938, siendo tolerado durante el régimen nacional-socialista mientras no actuara públicamente. En Cuba, José Lezama Lima y Heberto Padilla, entre otros, vivieron decenios de exilio interno bajo Castro. Otros, como Miguel Barnet o Pablo Armando Fernández, también vivieron marginados de la cultura oficial (única legal), aunque después fueron perdonados y reintegrados a ella.

¿Meterse o no como novelista en política? En América Latina, el Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa es un modelo inspirador para muchos colegas: une la calidad superior de su obra de ficción con algo que hoy escasea entre escritores: la lucidez para el análisis político mundial, el conocimiento de la historia de las ideas políticas, un liderazgo innegable en el desarrollo del liberalismo. Lo demostró una vez más en su reciente gira por Chile, aunque algunos periodistas prefirieron concentrarse en una frase de una entrevista y desplazar a segundo plano sus notables y aleccionadores discursos, ricos en contenidos y forma. No es usual en nuestro continente la existencia de novelistas (o artistas) que a su vez logran una proyección importante en el ámbito de la política y las ideas políticas. En ese sentido Vargas Llosa es hoy una excepción y una inspiración, y también un aldabonazo: en una era iliberal en que la clase política esta desprestigiada a nivel internacional, los escritores y artistas se enfrentan a un desafío nuevo y de envergadura, que es opinar sobre la realidad de la polis y su futuro desde una perspectiva diferente a la del político.

En los años sesenta y setenta la situación era diametralmente opuesta en la región: los escritores izquierdistas priorizaban su compromiso político con ideas de cambio revolucionario. Según el zeitgeist, el escritor debía identificarse con la izquierda, sus causas e interpretaciones. Los demás eran lacayos de la burguesía y el imperialismo. Se bebía de Karl Marx, la Escuela de Frankfurt, la generación revolucionaria europea de 1968, Jean Paul Sartre, Mao Tse Tung, Ho Chi Minh, Che Guevara y Fidel Castro, y se miraba con disimulada simpatía a la Unión Soviética y sus “democracias populares”.

Con el correr de los años aquel compromiso devino abrazo del oso. El quiebre inicial y gradual con ese compromiso revolucionario en América Latina tiene lugar a partir del “caso Heberto Padilla”, en Cuba, donde el régimen castrista impuso al poeta una auto-confesión similar a las que el mundo vio con estupor bajo el estalinismo. “El caso” dejó al desnudo una verdad oculta por la hegemonía cultural “progresista”: que el castrismo era una versión caribeña del estalinismo. Vargas Llosa se volvió el crítico latinoamericano más claro y corajudo de la dictadura cubana y su violación sistemática (hasta hoy) de derechos humanos. Eso le significó durante decenios ser denostado por la izquierda. En esta denuncia inicial del castrismo, otro novelista jugó un papel destacado: nuestro Premio Cervantes Jorge Edwards a través de su impactante libro Persona non grata.

Probablemente la distancia que se percibe hoy entre muchos escritores de izquierda de la región con los gobernantes de La Habana, Caracas, Managua o Pyongyang se debe a esa experiencia traumática que significó celebrar a líderes revolucionarios que terminaron convertidos en dictadores o figuras autoritarias, o condujeron, en lugar del socialismo utópico, a regímenes de partido único y economía de mercado, como los casos de China y Vietnam.

En sus memorias (El intruso. Mi vida en clave de intriga), el popular novelista de suspenso Frederick Forsythe opina que “el periodista y el escritor deben guardar distancia (del poder político y económico)… observar el mundo, fijarse, sondear a la gente, comentar cosas, pero nunca sumarse. En resumen, deben convertirse en intrusos”. Para Forsythe, el escritor debiera ser siempre un narrador incómodo de lo que ocurre, no tomar partido, aprovechar el escenario real y relatarlo.

En una posición opuesta se halla el Nobel alemán Heinrich Böll, quien narró como pocos la tensión entre nacionalsocialistas y anti nacionalsocialistas, así como la vida de las personas corrientes en las primeras décadas de la República Federal de Alemania. Böll respaldó al canciller federal socialdemócrata Willy Brandt y a escritores perseguidos por regímenes dictatoriales, y se identificó siempre con la izquierda mundial. Günter Grass, otro Nobel alemán, que abordó temas similares en sus novelas, participó también activamente en política. Tenía un compromiso mayor: militaba en el partido socialdemócrata y se codeaba con sus líderes, y estimaba que no podía desentenderse de la política y que la literatura no le permitía incidir de plano en ella. Para hacerlo debía pasar de la pluma literaria a la pluma del ciudadano militante de ciertas causas políticas.

¿Opinar o callar como escritor en relación con la política? A mi juicio, aquí no cabe el cálculo estrecho en torno a los lectores que uno puede perder por opinar como un ciudadano más, que se preocupa por el presente y el destino de su país. ¿Si uno no opina en democracia, de qué estamos hablando entonces? El reto crucial para un novelista, en este sentido, es separar las aguas con claridad: una cosa son las novelas, la literatura y sus claves y tiempos; y otra la política con sus demandas, programas y retórica. El novelista deja preguntas, el político ofrece respuestas y quiere convencer a los demás de que tiene razón.

Mientras presento con Mauricio Rojas Diálogo de conversos 2, muchos lectores que, tras la presentación del libro, solicitan el autógrafo, agradecen nuestra reflexión política sobre Chile y el mundo, pero me preguntan asimismo: ¿Y cuándo viene la próxima novela?

Es muy satisfactorio saber que los lectores tampoco confunden los planos.

Vargas Llosa y el populismo

Autor:

Mario Vargas Llosa vino a nuestro país a presentar el libro “El estallido del populismo”. Quienes hemos tenido la posibilidad de compartir en diversas ocasiones con Vargas Llosa, sabemos que las amenazas a la democracia liberal han constituido una preocupación durante toda su vida. Dando cuenta de ello, en el prólogo del mencionado libro, Vargas Llosa sostiene que el comunismo y el fascismo dejaron de ser los principales peligros para la sociedad libre. Es el populismo, nos explica, lo que debemos combatir hoy.


Éste, a su vez, por su naturaleza líquida, adopta formas de izquierda y de derecha y su denominador común es la “política irresponsable y demagógica que sacrifica el futuro por un presente efímero”. Hay ciertamente puntos en los que uno podría matizar el análisis subsecuente de Vargas Llosa. Cuando critica el Brexit, por ejemplo, que ciertamente fue promovido por grupos populistas, se debe recordar que lo fue también por sectores importantes de partidos políticos establecidos, por artistas, empresarios, académicos y otros.


Incluso un académico como Niall Ferguson, que hizo campaña contra el Brexit, admitió después que, con todos sus problemas, la salida del Reino Unido de la Unión Europea era la mejor alternativa. Esto nos lleva a un aspecto poco tratado en el libro que prologa Vargas Llosa, y que tiene relación con la responsabilidad de las élites en el surgimiento del populismo en Occidente. No es razonable pensar que más de la mitad de los ingleses y americanos se convirtieron en xenófobos de la noche a la mañana o que se dejaran simplemente lavar el cerebro por demagogos.


Lo cierto, como ha dicho el mismo Ferguson, es que en los países avanzados las élites económicas, intelectuales, artísticas, periodísticas y políticas se han desconectado de la realidad del hombre común a tal punto que han despreciado sistemáticamente sus preocupaciones tachándolas de xenófobas, ignorantes o racistas. Con ello, como nota Álvaro Vargas Llosa en el caso americano, alejaron a muchas personas que no son ninguna de esas cosas, pero que experimentan problemas reales de los que las élites políticamente correctas no se hicieron cargo. No es casualidad que el populismo sea siempre una reacción en contra de la élite. “El estallido del populismo” es, en todo caso, una completísima radiografía de lo que con razón Mario Vargas Llosa identifica como una amenaza potencialmente letal a la democracia liberal.


Muy interesante resulta entre ellos el análisis de Colombia realizado por Plinio Apuleyo, quien nos advierte que en 2018 Gustavo Petro, un exguerrillero afín al chavismo, podría llegar a la presidencia. Además explica la verdadera trampa que es el acuerdo de paz con las Farc, que dará poder político decisivo al populismo de izquierdas en el país. El otro caso inquietante es México, que podría elegir pronto a López Obrador como presidente y que Enrique Krauze analiza en detalle. Si ambas cosas ocurren veremos un regreso del engaño populista que hará retroceder fuertemente a la región.

Vargas Llosa: ensayo y ficción

“Cuando Vargas Llosa va poco a poco abrazando el liberalismo, la convicción de que no hay verdades únicas, lo que le está ocurriendo es un impulso profundo a ser fiel a sí mismo, fiel a quien siempre fue como novelista…”.

Mucho del tremendo impacto que tuvieron las primeras novelas de Vargas Llosa en los años sesenta se debió a que, en un continente acostumbrado a una literatura maniquea, de protagonistas simplones en sociedades estereotipadas, él optara por expresar la humanidad en toda su laberíntica complejidad. El ámbito novelístico de Vargas Llosa fue desde el comienzo pródigo en ambigüedades, en abismos que separan las apariencias de la escurridiza realidad; un mundo multipolar, insondable y ferozmente adverso a dictámenes autoritarios, vinieran de las autoridades del Colegio Militar Leoncio Prado, o de la corrupta dictadura de Manuel Odría. Por eso no es sorprendente, creo yo, que hacia fines de la década se diera lo que algunos -¡entre ellos el mismo Vargas Llosa!- ven como el comienzo de una “conversión” ideológica, gatillada por las dudas que empezó a tener de la revolución cubana, de su constructivismo autoritario, a veces violento y en esa época cada vez más mendaz. Sin duda fue importante esto de Cuba, pero cuando Vargas Llosa de allí va poco a poco abrazando el liberalismo, la sociedad abierta, la convicción de que no hay verdades únicas, lo que le está ocurriendo es menos una “conversión”, pienso, que un impulso profundo a ser fiel a sí mismo, fiel a quien siempre fue como novelista.

En “El llamado de la tribu”, su último libro, Vargas Llosa nos brinda siete magníficos ensayos sobre los pensadores que lo ayudaron en este proceso que yo insisto no es uno de conversión, sino de convergencia con sus propios instintos de creador. Están Hayek o Adam Smith para respaldarlo en la intuición de que algunas de las instituciones que más valen -el lenguaje, el mercado, el derecho consuetudinario- no son el producto de un plan forjado por una élite iluminada, sino el desenlace de infinitas interacciones humanas, en gran parte anónimas y espontáneas. Está Popper para confirmar su preferencia por una sociedad abierta y plural cuyos fines no están predeterminados por una élite, y en que nadie sobra en la tarea de ir descubriendo y mejorando el futuro a través de procesos de ensayo y error. Están Aron, Ortega y Gasset y Revel para confirmar la convicción de que en un mundo en que nadie es dueño de la verdad, y en que la verdad es siempre provisoria, lo lógico es ser moderado, evitando extremismos. Y está Isaiah Berlin, el liberal más afín de todos.

Vargas Llosa comenta que a primera vista Berlin no tiene ideas propias. Describe con empatía las ideas de otros pensadores, pero sin inmiscuirse él, como si fuera un novelista cuyo narrador -como el de Flaubert- logra “invisibilizarse”, dándonos la ilusión de que las historias que cuenta son “autogeneradas”. Es que la idea central de este pensador con atributos de novelista que es Berlin es que no hay una sola y única verdad, que lo que hay son verdades múltiples que a veces son incluso contradictorias. Para un pensador así, ¿qué mejor que “invisibilizarse” mientras deja que las ideas luchen entre ellas, como el novelista que deja que sus personajes se batan por sí mismos?

Al comparar a un pensador liberal como Berlin con Flaubert, al concederle a Berlin atributos de novelista, Vargas Llosa está, creo yo, de alguna manera confirmando lo que yo creo es la afinidad entre el liberalismo y su propia forma de escribir novelas. El novelista que es Vargas Llosa no podría sino ser liberal, pienso. Y eso le da un ímpetu, una convicción muy especial a estos ensayos, cuya excelencia lo confirma como el eximio expositor que es del pensamiento liberal.

Pensamiento que asusta a algunos porque, frente al vértigo que les genera la libertad, añoran “la llamada de la tribu”, cuando se vivía en plácida subordinación a la colectividad.

El retorno de Mario Vargas Llosa a Chile

El escritor peruano visitará Chile entre el 1 y 6 de mayo, y tendrá un encuentro con Piñera en La Moneda.

En septiembre de 2017, en plena campaña presidencial, el escritor peruano Mario Vargas Llosa visitó Chile por última vez. Habló de la “derecha cavernaria” frente al aborto y respaldó la opción del entonces candidato Sebastián Piñera.

Ocho meses después -entre el 1 y el 6 de mayo- el Premio Nobel de Literatura en 2010 retornará al país, esta vez con Piñera instalado en La Moneda. “Me hace mucha ilusión ir a Chile en esta nueva etapa, con el Presidente Sebastián Piñera gobernando el país y a las actividades organizadas por Fundación para el Progreso y La Otra Mirada que fomentan la libertad en la región”, dijo Vargas Llosa.

Una de las principales actividades del escritor será precisamente un encuentro oficial con el Presidente en La Moneda, donde recibirá un reconocimiento.

Vargas Llosa también participará de una actividad en el Centro Cultural de La Moneda -organizado por la Fundación para el Progreso (FPP)- con 800 estudiantes secundarios de distintos establecimientos escolares de la región. En esa cita también participará el ministro de Educación, Gerardo Varela.

Además, será parte de los 44 invitados al evento “Solidaridad democrática en América Latina”, organizado por la FPP junto a la Fundación Forum 2000.

 

Autor: Equipo de Reportajes LaTercera.com

Nuevas inquisiciones: El feminismo es hoy el más resuelto enemigo de la literatura, que pretende descontaminarla de machismo, prejuicios múltiples e inmoralidades

Trato de ser optimista recordando a diario, como quería Popper, que, pese a todo lo que anda mal, la humanidad no ha estado nunca mejor que ahora. Pero confieso que cada día me resulta más difícil. Si fuera disidente ruso y crítico de Putin viviría muerto de miedo de entrar a un restaurante o a una heladería a tomar el veneno que allí me esperaba. Como peruano (y español) el sobresalto no es menor con un mandatario en Estados Unidos como Trump, irresponsable y tercermundista, que en cualquier momento podría desatar con sus descabellados desplantes una guerra nuclear que extinga a buena parte de los bípedos de este planeta.

Pero lo que me tiene más desmoralizado últimamente es la sospecha de que, al paso que van las cosas, no es imposible que la literatura, lo que mejor me ha defendido en esta vida contra el pesimismo, pudiera desaparecer. Ella ha tenido siempre enemigos. La religión fue, en el pasado, el más decidido a liquidarla estableciendo censuras severísimas y levantando hogueras para quemar a los escribidores y editores que desafiaban la moral y la ortodoxia. Luego fueron los sistemas totalitarios, el comunismo y el fascismo, los que mantuvieron viva aquella siniestra tradición. Y también lo han sido las democracias, por razones morales y legales, las que prohibían libros, pero en ellas era posible resistir, pelear en los tribunales, y poco a poco se ha ido ganando aquella guerra —eso creíamos—, convenciendo a jueces y gobernantes que, si un país quiere tener una literatura —y, en última instancia, una cultura— realmente creativa, de alto nivel, tiene que tolerar en el campo de las ideas y las formas, disidencias, disonancias y excesos de toda índole.

Ahora el más resuelto enemigo de la literatura, que pretende descontaminarla de machismo, prejuicios múltiples e inmoralidades, es el feminismo. No todas las feministas, desde luego, pero sí las más radicales, y tras ellas, amplios sectores que, paralizados por el temor de ser considerados reaccionarios, ultras y falócratas, apoyan abiertamente esta ofensiva antiliteraria y anticultural. Por eso casi nadie se ha atrevido a protestar aquí en España contra el “decálogo feminista” de sindicalistas que pide eliminar en las clases escolares a autores tan rabiosamente machistas como Pablo Neruda, Javier Marías y Arturo Pérez-Reverte. Las razones que esgrimen son tan buenistas y arcangélicas como los manifiestos que firmaban contra Vargas Vila las señoras del novecientos pidiendo que prohibieran sus “libros pornográficos” y como el análisis que hizo en las páginas de este periódico, no hace mucho, la escritora Laura Freixas, de la Lolita de Nabokov, explicando que el protagonista era un pedófilo incestuoso violador de una niña que, para colmo, era hija de su esposa. (Olvidó decir que era, también, una de las mejores novelas del siglo veinte).

Naturalmente que, con ese tipo de aproximación a una obra literaria, no hay novela de la literatura occidental que se libre de la incineración. Santuario, por ejemplo, en la que el degenerado Popeye desvirga a la cándida Temple con una mazorca de maíz ¿no hubiera debido ser prohibida y William Faulkner, su autor, enviado a un calabozo de por vida? Recuerdo, a propósito, que la directora de La Joven Guardia, la editorial rusa que publicó en Moscú mi primera novela con cuarenta páginas cortadas, me aclaró que, si no se hubieran suprimido aquellas escenas, “los jóvenes esposos rusos sentirían tanta vergüenza después de leerlas que no podrían mirarse a la cara”. Cuando yo le pregunté cómo podía saber eso, con la mirada piadosa que inspiran los tontos, me tranquilizó asegurándome que todos los asesores editoriales de La Joven Guardia eran doctorados en literatura.

En Francia, la editorial Gallimard había anunciado que publicaría en un volumen los ensayos de Louis Ferdinand Céline, quien fue un colaborador entusiasta de los nazis durante los años de la ocupación y era un antisemita enloquecido. Yo no le hubiera dado jamás la mano a ese personaje, pero confieso que he leído con deslumbramiento dos de sus novelas —Voyage au bout de la nuit y Mort à Crédit— que, creo, son dos obras maestras absolutas, sin duda las mejores de la literatura francesa después de las de Proust. Las protestas contra la idea de que se publicaran los panfletos de Céline llevaron a Gallimard a enterrar el proyecto.

Quienes quieren juzgar la literatura —y creo que esto vale en general para todas las artes— desde un punto de vista ideológico, religioso y moral se verán siempre en aprietos. Y, una de dos, o aceptan que este quehacer ha estado, está y estará siempre en conflicto con lo que es tolerable y deseable desde aquellas perspectivas, y por lo tanto lo someten a controles y censuras que pura y simplemente acabarán con la literatura, o se resignan a concederle aquel derecho de ciudad que podría significar algo parecido a abrir las jaulas de los zoológicos y dejar que las calles se llenen de fieras y alimañas.

Esto lo explicó muy bien Georges Bataille en varios ensayos, pero, sobre todo, en un libro bello e inquietante: La literatura y el mal. En él sostenía, influido por Freud, que todo aquello que debe ser reprimido para hacer posible la sociedad —los instintos destructivos, “el mal”— desaparece sólo en la superficie de la vida, no detrás ni debajo de ella, y que, desde allí, puja para salir a la superficie y reintegrarse a la existencia. ¿De qué manera lo consigue? A través de un intermediario: la literatura. Ella es el vehículo mediante el cual todo aquel fondo torcido y retorcido de lo humano vuelve a la vida y nos permite comprenderla de manera más profunda, y también, en cierto modo, vivirla en su plenitud, recobrando todo aquello que hemos tenido que eliminar para que la sociedad no sea un manicomio ni una hecatombe permanente, como debió serlo en la prehistoria de los ancestros, cuando todavía lo humano estaba en ciernes.

Gracias a esa libertad de que ha gozado en ciertos períodos y en ciertas sociedades, existe la gran literatura, dice Bataille, y ella no es moral ni inmoral, sino genuina, subversiva, incontrolable, o postiza y convencional, mejor dicho muerta. Quienes creen que la literatura se puede “adecentar”, sometiéndola a unos cánones que la vuelvan respetuosa de las convenciones reinantes, se equivocan garrafalmente: “eso” que resultaría, una literatura sin vida y sin misterio, con camisa de fuerza, dejaría sin vía de escape aquellos fondos malditos que llevamos dentro y estos encontrarían entonces otras formas de reintegrarse a la vida. ¿Con qué consecuencias? El de esos infiernos donde “el mal” se manifiesta no en los libros sino en la vida misma, a través de persecuciones y barbaries políticas, religiosas y sociales. De donde resulta que gracias a los incendios y ferocidades de los libros, la vida es menos truculenta y terrible, más sosegada, y en ella conviven los humanos con menos traumas y con más libertad. Quienes se empeñan en que la literatura se vuelva inofensiva, trabajan en verdad por volver la vida invivible, un territorio donde, según Bataille, los demonios terminarían exterminando a los ángeles. ¿Eso queremos?

MARIO VARGAS LLOSA
18 MAR 2018 – 00:00
fuente: https://elpais.com/elpais/2018/03/16/opinion/1521215265_029385.html

“El principal problema que tendrá Lenín Moreno es el propio Correa”

Noticia de La Tercera
2017-05-26

Guillermo Lasso, ex candidato de la oposición en Ecuador

“El principal problema que tendrá Lenín Moreno es el propio Correa”

Tras perder el balotaje, Lasso está de visita en Chile y expondrá hoy junto a Sebastián Piñera.

De todas formas, insiste en que fue víctima de fraude electoral. ‘Hoy Ecuador es un país partido en dos’, asegura.
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Fiorella Aste G.
Estuvo cerca de un mes fuera de la vida pública desde que perdió el balotaje del 2 de abril en Ecuador. Pero Guillermo Lasso reapareció en Chile esta semana -la misma en que asumió quien fuera su rival, Lenín Moreno- tras el llamado de un amigo cercano: Sebastián Piñera, a quien conoce hace años y con el que dará una charla hoy.

‘Coincidimos en el mismo hotel en un foro en Madrid y tuve la audacia de acercarme e invitarlo a cenar. Salimos y caminamos por el casco histórico de Madrid. Y obviamente tengo identidad con él’, dice Lasso sobre su vínculo con el ex mandatario chileno. En esta entrevista con La Tercera, da su mirada sobre su país y América Latina a un mes de las elecciones, que perdió por poco más de dos puntos.

¿Latinoamérica está girando hacia la derecha?
No están dejando la izquierda, están dejando estos populismos totalitarios, llamados gobiernos del Socialismo del Siglo XXI. No tienen nada de izquierda tampoco: son gobiernos populistas que actúan atropellando la institucionalidad del país, controlándolo todo, manejando mal la economía y siendo cómplices de la corrupción. América Latina se da cuenta que hay un hartazgo respecto de esos modelos.

¿Ecuador se dio cuenta de eso en las elecciones?
Se dio cuenta. Y nosotros ganamos las elecciones, pero es tal el descaro que se produjo un fraude.

¿En qué quedaron las denuncias que usted presentó?
El Consejo Nacional Electoral no aceptó el pedido de recuento total de votos y luego, de acuerdo con la ley, acudimos a la última instancia que es el Tribunal Contencioso Electoral, y ni siquiera admitieron nuestra denuncia. Ahí, desde el punto de vista legal, terminó el proceso. Políticamente, nosotros hemos dicho ‘damos vuelta la página’, lo que no es decir ‘arrancamos la página del libro’.

El miércoles, al asumir, el nuevo Presidente Lenín Moreno dijo que iba a entregar una lista de involucrados en los sobornos de Odebrecht. Esa es una de las medidas que usted sugirió ¿Significa que podría haber un acercamiento al nuevo gobierno?
Hemos planteado 10 medidas. Una de ellas es justamente presentar al Ecuador la lista de Odebrecht y llevar a cabo todas las investigaciones necesarias para que los culpables sean sancionados. Si Moreno hace eso, me parece que es un buen paso en función de la moral pública.

¿Usted buscará acercarse?
No, yo no buscaré acercarme. Lo que estoy dispuesto en función del interés de los ecuatorianos es dialogar públicamente una vez que hayan tomado algunas medidas que den legitimidad al gobierno y demuestren seriedad frente al futuro del Ecuador, que hoy es un país partido en dos.

¿Moreno se va a distanciar de Rafael Correa?
Yo anticipo que el principal problema que va a tener Lenín Moreno no es la oposición, sino el propio Correa y su partido. El puede estar cargado de buenas intenciones que no serán aplicables fácilmente, por este condicionamiento de un correísmo que durante los últimos 10 años le ha causado problemas al Ecuador.

¿Postulará nuevamente a la Presidencia de su país?
Acabo de terminar una elección, faltan cuatro años. Responder esa pregunta es muy anticipado.

Noticia de La Tercera
2017-05-26