Fotos de la conferencia de Deirdre McCloskey

Les compartimos algunas imágenes de la conferencia dada por Deirdre McCloskey

 

Deirdre McCloskey en Chile

Deirdre Nansen McCloskey enseñó en University of Illinois en Chicago economía, historia, inglés y comunicación desde el año 2000 al 2015. Ha escrito 17 libros, cerca de 400 publicaciones en tópicos que abarcan desde economía técnica y teoría estadística hasta promoción transgénero y las virtudes éticas de los burgueses.

Trans: el nuevo orgullo

Noticia de latercera.com

Trans: el nuevo orgullo

Autor: Óscar Contardo

En los últimos doce meses se ha hablado más del tema de lo que se había hecho nunca. El cine ha estrenado películas, la televisión ha premiado series y el periodismo ha recogido testimonios. La visibilidad transgénero es el fenómeno social más interesante del último tiempo.

 

La primera vez que Lana Wachowski habló públicamente de su cambio fue en un discurso. Lo hizo porque tenía que recibir un premio de nombre curioso –premio a la visibilidad- otorgado por la fundación Human Rights Campaign. Lana llevaba un vestido negro, el pelo violeta y un par de hojas escritas para leer. Arrancó haciendo bromas –“soy muy habladora”, le advirtió al público- y luego hizo un resumen de su vida: su infancia de niño solitario, la ocasión en que fue el mejor alumno del curso, lo mucho que le gustaba usar a escondidas una camisa de dormir de su hermana mayor y el apoyo incondicional de su mujer, “que me quiere tal como soy y no a pesar de ser lo que soy”. También contó el momento en el que –como varón adolescente atormentado- escribió una carta de cuatro páginas a su familia disculpándose porque iba a cometer suicidio. “Yo pensaba que era un monstruo”.

Lana fue Larry hasta 2002. Con ese nombre vivió, se casó y alcanzó celebridad gracias a la película Matrix, que dirigió, escribió y produjo junto a su hermano Andy. En una escena de esa película un personaje le dice a otro: “Parece ser que usted ha estado viviendo dos vidas, una de ellas tiene un futuro, la otra no”.

Aquella tarde de 2012, Lana dijo en su discurso que cuando era un niño solía pensar que no había nadie más como ella, que era una rareza y que, debido a eso, sus sueños de ser escritora y cineasta eran imposibles. Una sensación horrible que no quería que nadie más tuviera. Era la razón por la que había decidido aceptar el premio y dar el discurso: “Si yo puedo ser un ejemplo para otros que estén pasando lo que yo pasé, sacrificar mi vida privada tiene un valor”.

Desde esa velada hasta la fecha, como uno de esos efectos de aceleración de Matrix, la visibilidad de las personas transgénero se ha multiplicado, los medios han reproducido como nunca testimonios, han recreado biografías y asimilado términos nuevos que solían confundirse: transformista, transgénero, transexual. No son lo mismo. Una cosa es el acto de vestirse para un espectáculo (forma), otra la de asumir una determinada identidad culturalmente relacionada con un rol (género) y una diferente la operación de los genitales (sexo).

Tampoco es lo mismo orientación sexual que identidad de género. Larry se casó con una mujer a la que amaba y lo siguió haciendo cuando decidió ser Lana. El matrimonio perduró porque su esposa aceptó el cambio y porque Larry no era gay, era trans. Del mismo modo se coló la idea nueva de “transición” para describir el proceso en que una persona pasa de una identidad de género masculina a una femenina y viceversa. Las palabras sólo tratan de atrapar una realidad que muchas veces las sobrepasa.

Según los archivos del New York Times, desde el año 1851 las palabras transgénero o transexual han sido usadas en 3.710 ocasiones en diferentes artículos. Casi la mitad de esas notas fueron escritas en los últimos 12 meses. En gran medida es el efecto Caitlyn Jenner, que con su portada en Vanity Fair llevó a un nivel nunca antes visto un tema por décadas restringido a la sección de psicología y medicina de las revistas de papel cuché. Jenner no era presentada como un “caso” de alguien que busca comprensión y es escrutado por un entrevistador compasivo, sino más bien como una celebridad que sencillamente anuncia un cambio en su vida y comenta los pormenores de esa decisión, posando de paso para la famosa fotógrafa Annie Leibovitz.

Pero Jenner es sólo la arista más visible de este nuevo orgullo trans (ver recuadro). La cultura popular y el mercado ya están haciendo su propia transición.

Una letra, una vida, un modelo

Michel Riquelme muestra el carnet de identidad y apunta al centro, donde dice sexo. Allí hay una letra F, que para el caso es como un manchón que Michel se toma con humor. Michel cuenta que eligió cambiar el nombre de mujer con el que lo registraron sus padres por otro más neutro que reflejara –“Michel suena como nombre de hombre”- o al menos sugiriera, su identidad masculina. Lo logró y fue lo más cerca que estuvo de que la burocracia aceptara la manera en la que él se ve a sí mismo en el mundo. En Chile no existe una legislación al respecto –Michel no puede cambiar esa F por una M de “masculino” a pesar de vivir como un M y no como una F-.

El proyecto de identidad de género lleva su cuarta urgencia para ser discutido en la comisión de Derechos Humanos de la Cámara. Mientras tanto, Michel Riquelme y la asociación que preside –OTD, Organizando Trans Diversidades- trabajan por difundir sus demandas y convocan para celebrar en octubre la Transfest. Una campaña iniciada en Barcelona en 2007 que busca que la comunidad internacional y médica deje de considerar a las personas trans sujetos afectados por un trastorno mental. En términos formales, Michel –un hombre joven de gestos amables- sufriría un tipo de alteración invisible –“disforia de género”- que se resolvería sólo cambiando una letra de su carnet de identidad.

La mayoría de los miembros de OTD tiene entre 20 y 30 años de edad. Crecieron con acceso a internet, por lo tanto, con la posibilidad de obtener información que sus mayores no disponían. Ellos viven lo que ninguna generación anterior de personas trans vivió: la representación explícita de su imagen, forma de vida y sus demandas en los medios. “El tema antes siempre era asociado a criminalidad, marginalidad y prostitución”, dice Michel Riquelme. Tal como ocurría hasta los años 90 con la homosexualidad; la prensa solía abordar el asunto desde la perspectiva policial o psiquiátrica con testimonios anónimos. El activista comenta que la primera vez que leyó una entrevista a un transgénero masculino fue en 2001. Recuerda que era el testimonio de un hombre que tuvo que irse de Chile para someterse al tratamiento hormonal. No había rostros ni nombre, como si se tratara de la confesión de un delito.

¿Alguna vez tuviste un ícono trans?
Michel me responde que es difícil encontrar uno, que la mayor visibilidad la han tenido los trans masculinos que transitan a femenino y no las personas que, como él, nacieron mujeres. Lo piensa de nuevo y encuentra un nombre: “Chaz Bono, el hijo de Cher”.

Hasta ahora la cultura pop había restringido lo que podrían ser considerados íconos trans al underground. El caso más representativo es el de Candy Darling, la actriz que cobró fama como parte de la troupe de Andy Warhol en los 60. Protagonizó dos películas de Warhol y ejerció de musa de los Velvet Underground.  Un caso similar al de la chilena Candy Dubois, que ganó notoriedad en los 70, se fue a Francia y volvió para instalar su propio bar en el barrio Yungay. Dubois era habitual de una escena vinculada al circuito artístico restringido.

La representación masiva de las personas trans en películas y series de gran repercusión ha sido escasa, por lo general vinculada al trastorno psiquiátrico –como es el caso del asesino en serie de El silencio de los inocentes-; el destino cruel –como en Boys Don’t Cry-; y la soledad – Como en El juego de las lágrimas-. “En la mayoría de las películas que he visto, las personas trans terminan solas”, apunta Michel Riquelme. La excepción más interesante a este patrón es el mundo creado por Almodóvar, que de manera despampanante ha compuesto personajes trans desde su debut con la película Pepi Luci y Bom, y logró con La Agrado de Todo sobre mi madre, una cumbre entrañable de humanidad y humor. Aun así, la tragedia es el patrón que persiste en las pantallas. La BBC busca darle una vuelta de tuerca a ese pie forzado con la comedia de situaciones Boy Meets Girl, estrenada hace unas semanas en Inglaterra.

La transición

El 11 de agosto pasado, Alexa Soto anunció lo siguiente en su página de Facebook: “Mi nombre de nacimiento es Axel. Soy estilista y maquilladora en la peluquería Solo Para Muñecas, tengo 23 años y soy transgénero. Hace muy poco tiempo, no más de dos meses, tomé la decisión de empezar con mi tratamiento hormonal. Fue difícil, ya que los efectos de los tratamientos hormonales son irreversibles, pero estoy muy segura de que esta decisión es lo que más he querido en toda mi vida: ser mujer”.

El mensaje obtuvo casi tres mil likes y fue compartido por otras 289 cuentas de Facebook. Desde ese momento, Alexa –personaje conocido en el circuito de artistas y diseñadores santiaguinos- ha registrado cada paso de su tratamiento de transición hacia un cuerpo femenino. The Clinic recogió su testimonio, que se sumó al interés que ha encontrado el tema trans en la prensa local: en un sólo mes la revista Paula y Caras llevaron notas testimoniales acerca de personas transgénero.

Alexa –cuerpo menudo, delgada y morena-hasta hace un tiempo se consideraba un hombre gay, aunque intuía que había algo más allá que no sabía expresar. Hoy tiene un discurso que articula y difunde. “Muchas personas dan por hecho que las personas transgénero nacieron en un cuerpo equivocado, haciéndolo ver como una falla o error. Pero no es así. Es una identidad de género. Decir que estás en un cuerpo equivocado es decir que no eres normal, que estás cambiado, eso no es así”.

¿Qué te escribe la gente en Facebook?
La gente me escribe diciendo que disfrute mi proceso, que siga adelante y que agradecen la información. Me han escrito varios jóvenes que se identifican como trans pidiéndome orientación porque quieren empezar el tratamiento hormonal.

No existe una cifra de personas transgénero en Chile, sólo registros de cambio de sexo –cirugía mediante- un método al que la mayoría prefiere no acudir. Según el Registro Civil, en 2014 hubo 45 cambios de sexo –sumando de femeninos a masculinos y de masculinos a femeninos-. En 2006 fueron sólo nueve. Pero todas estas cifras no dan cuenta del cuadro general: falta de información, inexistencia de organismos especializados y una aun incipiente organización de la sociedad civil.

En mayo el reportaje sobre Andy Escobar, la niña transgénero emitido por el programa Contacto de Canal 13, puso en evidencia el desamparo de las personas trans y sus familias. Ese programa, además, marcó un hito en la manera de tratar el tema: directo, preciso, a cara descubierta y presentando una  familia que asumía un rol ciudadano activo y constructivo. La periodista Paz Montenegro encabezó el equipo que lo realizó. Paz había visto en 2012 la entrevista que la norteamericana Bárbara Walters le había hecho a Jazz, una adolescente que había seguido desde los seis años en su proceso y luego historias de padres de niños trans en canales de YouTube dedicados al tema. En enero de este año el equipo decidió hacer una historia similar y desde que dieron con la familia de Andy plantearon mostrarlos a todos a cara descubierta: “Andy no estaba haciendo nada malo. Andrea y Víctor, sus papás, pensaban lo mismo y estuvieron de acuerdo”.

¿Cómo se trataba el tema antes en la prensa y los medios locales?
Encontramos poquísimo material al respecto. La mayoría tenía que ver con travestis y prostitución. Las personas trans están muy solas en nuestro país. Piensa que en la Comunidad Europea existe desde 2013 un reglamento para respetar los derechos de los niños transgénero, y en nuestro país apenas sabemos utilizar bien el término.

¿Qué crees que provocó tu reportaje? ¿Qué te ha sorprendido?
Creo que logró dar a conocer una realidad absolutamente desconocida en Chile: la de los niños trans. La historia de Andy abrió mentes, pero sobre todo corazones. Permitió que muchas familias se pusieran en el lugar de los papás de Andy y se preguntarán ¿qué haría yo en su lugar?

En aquel discurso de Lana Wachowski de 2012, la directora de cine recordó un momento de su infancia cuando ella aún era Larry, el niño solitario. Una profesora la había reprendido por quedarse en la fila de las niñas y no cruzar a jugar con los varones. Lana contó que en ese momento quiso explicarle a su madre, pero no pudo. “Me faltaban las palabras, ella me decía que la mirara y le explicara, pero yo no podía hacerlo, porque no entendía por qué ella no me podía ver tal como yo era.

CHICAGO GIRL
Por Arturo Fontaine

 

“Postmoderna, pro libre-mercado, cuantitativa, anglicana, feminista y aristotélica”, se define la célebre economista Deirdre McCloskey, en la noticia por sus críticas a Piketty. Hasta 1995 era Donald, ex ayudante de Milton Friedman, y profesor de la Universidad de Chicago conocido por sus estudios empíricos. De joven jugaba fútbol americano y con su metro noventa era un duro. Se casó, tuvo dos hijos.

Convidé a Deirdre al CEP a explicar su crítica a la metodología de la Escuela de Friedman: objeta su positivismo y confianza en las predicciones, pero recomienda las mismas recetas económicas. Y, claro, a contar su experiencia personal. Tuvimos una larga e inolvidable conversación el 10 de noviembre del 2011. La sala esa tarde estaba llena, sobre todo de estudiantes, que oían absortos.

Donald nunca fue homosexual. Lo que sí sentía, cada vez más, era la necesidad de vestirse con ropas de mujer. Se metía al clóset de su mujer y se lucía en el espejo. Esta excitación compulsiva lo llevó a comprarse ropa y a participar en encuentros en hoteles. Pasaba el fin de semana con transexuales. Lo atractivo era adoptar no sólo las ropas, sino los modos, las voces. Entonces quiso ser mujer. Vino el divorcio y la pérdida de sus hijos con quienes no hay contacto hasta hoy. Y las operaciones y tratamientos hormonales.

Los antiguos griegos, le decía, se preguntaban quién goza más, si el hombre o la mujer. La respuesta, por ser hermafrodita y adivino, la dio Tiresias: la mujer. Hablamos de eso, de lo que era coquetear, salir con un hombre, sentir el imán de tu cuerpo femenino. Hombres como Donald, contó, no cierran los ojos en la ducha: la frente sobresale y los protege. Las mujeres, sí. Le quebraron los huesos de la frente y ahora Deirdre cierra los ojos en la ducha, como mujer.
Noticia de latercera.com

Deirdre McCloskey: Sorprendente biografía en pro del libre mercado y el cambio de sexo

Noticia de lasegunda.com

En su reciente visita a Chile, la economista de la U. de Illinois abordó tanto su crítica al enfoque que impera en el capitalismo como las lecciones a partir de su cambio de género, ámbitos que explican tanto su obra intelectual como su campaña antidiscriminación.

 

“¡Qué alivio, pensé que me ibas a decir que te convertiste al socialismo, lo que habría sido mucho peor!”. Así reaccionó el rector de la U. de Iowa, cuando uno de sus docentes estrella le anunció que cambiaría de sexo y de Donald se convertiría en Deirdre McCloskey. La anécdota revela cómo su sorprendente elección personal en 1995, repercutió en la esfera profesional de esta doctorada de Harvard, que ha alcanzado renombre mundial por sus agudos análisis del estado actual capitalismo y su crítica al papel de los economistas en la sociedad.

Reacción que se extendió a sus compañeros de academia, quienes del estupor pasaron a una aceptación generalizada, afirma. “A partir del principio de la libertad, ellos consideraron que yo tengo derecho a hacer lo que quiera si no le hago mal a nadie, y me dieron su reconocimiento” relató McCloskey en Santiago, la semana pasada, al dar su testimonio en la Fundación Iguales -que preside el escritor Pablo Simonetti – en apoyo a la campaña por la ley antidiscriminación, como parte de su visita a Chile para dar dos conferencias en el Centro de Estudios Públicos (CEP).

Contra lo que pudiera esperarse desde su mirada valórica y su obra intelectual de crítica mirada al sistema -como es el caso de su último libro “Dignidad de la burguesía: Por qué la economía no puede explicar el mundo moderno”- McCloskey mantiene una firme adhesión al libre mercado, que conoció en su propia cuna en la U. de Chicago desde fines de los sesenta y en estrecho trabajo con Milton Friedman. Una experiencia desde la cual hace una clara diferencia de principios entre el libremercadismo y el pensamiento conservador.

“El conservador busca que cada persona se quede en su lugar sin darle libertad, y hace distinciones entre ellas. El argumento debiera ser: bueno si esa persona cree en la libertad, entonces también debiera respetar la libertad personal, pero el problema es que los verdaderamente conservadores no atienden ese tipo de argumentos. Pero ése es un problema de los conservadores, no está en el libre mercado”, afirma.

De ahí que a pesar de su profunda crítica a lo que denomina “economía modernista”, McCloskey no duda en romper paradigmas haciendo un rescate del capitalismo y sus virtudes como la capacidad de dar forma a “un tipo de sociedad que podría educarnos en la diversidad. Y aunque no es una manera muy profunda de graficarlo, es un hecho que en este sistema uno se pasa optando entre productos, a la larga uno se acostumbra a las diferencias y las elecciones”.

En los últimos 15 años, la brillante carrera académica de esta profesora de la U. de Illinois ha estado marcada por el cruce de mundos que vivió desde su transformación en mujer. “En un congreso de economistas en Holanda, era la única entre 20 hombres, planteé un punto que nadie tomó en cuenta. Pero a los cinco minutos, un colega propuso lo mismo y ahí sí que el resto lo celebró instándolo a escribir un ensayo al respecto. Y dije: ¡Por fin me están tratando como una mujer!, aunque debo decir que fue la última vez que disfrute así desde esa perspectiva”, relata

Pese a su buen humor, McCloskey no esquiva los costos personales que pagó por su opción. Tal como detalla en su libro autobiográfico, “Crossing: A Memoir” editado en 1999, contra su voluntad, ingresó en tres oportunidades a establecimientos siquiátricos a instancias de su hermana menor, profesora de psicología empeñada en boicotear su cambio de sexo. De estos encierros, cuenta, sólo pudo salir con abogados y pagando elevados honorarios.

Aunque se declara firme en sus decisiones – “no tendría de nada de quejarme de mi vida y he tenido mucha suerte en verla desde dos lados”-, McCloskey no oculta su pesar por otras heridas que arrastra en la esfera familiar.

Y es que antes de su cambio de género a los 53 años, tuvo un matrimonio por 30 años del que nacieron dos hijos, con quienes hasta hoy perdió todo contacto. “La parte más triste es la de la relación con mis hijos, que no veo por decisión de ellos, lo que también implica la lejanía de mis nietos”.

Ley antidiscriminación y anglicanismo

Con una biografía como ésta, no extraña la autodefinición de McCloskey como “postmoderna, pro libre mercado, cuantitativa, anglicana, feminista y aristótelica”.

La referencia a la religión no es casual, ya que su adhesión a la Iglesia Anglicana se fue encaminando a la vertiente del cristianismo episcopaliano, que practica en una congregación “progresista” de Chicago, cuya apertura a las minorías sexuales le quedó clara al ver que no es la primera transexual en los oficios y que el pastor es gay.

“Soy una persona muy religiosa. Esta congregación sigue el camino de Jesús y no la vía del enojo y la dureza de otras iglesias cristianas, que no comprendo. Hay que dejar a la gente vivir su identidad a su manera”, argumenta.

Por eso es que su carta de apoyo a ley antidiscriminación en Chile dirigida a cada parlamentario, concluye así: “Los llamo a mantener la reputación de su país como un crisol de diferentes clases de personas, un país libre donde cada uno -heterosexual o no- es tratado con el respeto debido a un hijo de Dios. Los exhorto a tomar el camino de los derechos humanos, el camino que Jesús de Nazaret articuló hace ya tanto tiempo”.

Ejemplo para el proselitismo de las minorías

“Un ejemplo como el de la profesora McCloskey lo que más nos aporta es un sentido de orgullo de ser quien se es y no ocultarlo, sino todo lo contrario y hacer de eso parte de tu fortaleza”, asevera Pablo Simonetti de la fundación Iguales.

McCloskey está consciente del efecto que tiene su biografía en favor de la diversidad, en especial hacia minorías como las personas que cambian de género. “Hay que hacer ver a los políticos que éste es un movimiento internacional y que si el país no avanza en temas como la inclusión de las personas trans, se está quedando atrás respecto de otros países y de esta época”, dice la economista.

“Es una persona brillante en términos intelectuales y profesionales, y que además dedica tiempo importante al activismo. Es muy importante para demostrar que los transexuales pueden salir adelante a pesar de todas las barreras que existen. Habitualmente se muestra a personas trans estigmatizándolas y reduciéndolas a prostitución o la delincuencia, y si bien esa es una realidad que existe en un sector de dentro de la comunidad, no representa toda la realidad”, señala Valentina Verbal , coordinadora trans de la Fundación Iguales.

Noticia de lasegunda.com

McCloskey y las predicciones en economía

Noticia de elmercurio.com
LORETO COX De alguna manera, u otra, la crisis financiera ha puesto en tela de juicio el rol de los economistas, al menos desde el punto de vista de su capacidad predictiva. El escalofriante documental Inside Job (2010), de Charles Ferguson, presenta esto de buena manera: detrás de la crisis económica mundial de 2008, que costó a decenas de millones de personas sus ahorros, sus trabajos y sus casas, hubo una serie de predicciones económicas erradas (y muy bien pagadas) en las que se confió más de lo que correspondía. Aun dejando de lado el grave problema de conflictos de intereses que la película denuncia, cabe cuestionar la pretensión de exactitud de aquellas predicciones. En una escena clave, se les pregunta sobre esto a economistas importantes de las financieras, de las calificadoras de riesgo y de la academia, y la respuesta se repite: no eran más que opiniones. No obstante, es poco probable que lo hayan planteado así al momento de cobrar por ellas.

El problema de fondo tiene que ver con cuál es el fin de la ciencia y con cuáles son sus propios límites. En este contexto, Deirdre McCloskey -Ph.D en Economía en Harvard, ex economista de Chicago y actualmente profesora de economía, historia, inglés y comunicación en la Universidad de Illinois y profesora de historia económica en la Universidad de Gotemburgo-, quien se define a sí misma como “posmoderna, pro libre-mercado, cuantitativa, anglicana, feminista y aristotélica”, tiene mucho que decir.

Para McCloskey, las personas tienen una tendencia a buscar certezas, que a fin de cuentas, refleja un deseo por controlar el mundo. De ahí que oráculos y magos sean una constante antropológica. Pero el advenimiento del mundo moderno, con sus avances tecnológicos y su fe descomunal en la racionalidad humana, traspasó en alguna medida este rol de adivinadores a los científicos.

En el caso de la economía, esto es claro y quedó consagrado en el ya mítico artículo de Milton Friedman sobre metodología (1953): “la tarea es proveer un sistema de generalizaciones que pueda ser usado para hacer predicciones correctas sobre las consecuencias de cualquier cambio en las circunstancias”. Tanto así, dice Friedman, que en la medida en que las predicciones sean correctas, da lo mismo si los supuestos usados son falsos.

McCloskey no cree que haya problema con que la predicción sea uno de los fines del conocimiento, el problema está en creer que es el único relevante. Esto no sólo porque desatiende, entre otras cosas, a la explicación como objetivo de la ciencia (por ejemplo, la teoría de la evolución no predice nada, sino que sólo explica), sino también porque implica desconocer sus propios límites. La razón la da la misma teoría económica: en equilibrio, no es posible hacer predicciones rentables (si lo fueran, el mercado se ajustaría y, entonces, dejarían de serlo). Creer que las predicciones pueden generar riqueza así como así es olvidarse del problema de la escasez. Por eso, éstas operan sólo dentro de los márgenes, deben ser costosas y no pueden, por ejemplo, aparecer así nomás en los diarios (si éstas efectivamente tuvieran la capacidad de hacernos ricos, ¿por qué querría el predictor compartirlas con todos nosotros?). Y lo mismo vale para el resto de las ciencias sociales, si las maneras de ganar votos o de alcanzar rápidamente la felicidad pudiesen predecirse, ¿por qué no las han seguido todos los políticos y todos los mortales, respectivamente? A los economistas y demás cientistas sociales que creen dominar el futuro con exactitud, McCloskey les dice: “if you’re so smart, why ain’t you rich?” (Si eres tan inteligente, ¿por qué no eres rico?).

Y no es que esto hable mal de la capacidad de nuestros científicos, sino que tan sólo refleja la complejidad del objeto de estudio -los hombres y sus creaciones-. Quizá sea mejor comprender ex ante y no sólo ex post, que nuestros juicios no son sólo tecnicismos científicos, sino que tienen algo, además, de opiniones.

En tiempos en que se oyen fuertes críticas a la precisión de las predicciones de los economistas y, también, a su actual predominio en el diseño de las políticas públicas, tal vez valga la pena prestar atención a las críticas y abrirse algo hacia nuevas formas de argumentar. Aquí, McCloskey juega un rol importante, no sólo porque conoce en primera persona el quehacer de los economistas, sino que también porque ama profundamente la disciplina. Y, afortunadamente, ella estará de visita la próxima semana en el Centro de Estudios Públicos y en la conferencia de economistas de LACEA.

Noticia de elmercurio.com

Economistas, pretensiones y quehaceres. Breves notas sobre la crítica de Deirdre McCloskey a la economía modernista

Noticia de cepchile.cl

En 1970 Deirdre McCloskey recibió su doctorado en economía en Harvard. Trabajó en la Universidad de Chicago entre 1968 y 1980, obteniendo los tenures en economía en 1973 y en historia en 1979. Escribió decenas de artículos sobre historia económica británica, historia de las finanzas internacionales y sobre la revolución industrial, publicándolos en prestigiosos journals de economía.

Tras lo que ella misma denomina “una juventud positivista”, comenzó a interactuar con académicos de otros departamentos de ciencias sociales, lo que le generó fuertes inquietudes acerca de que la forma estándar de argüir en economía fuera la única válida.

Luego de años de investigación interdisciplinaria, McCloskey construyó una crítica profunda a lo que ella denomina economía modernista. Esta crítica resulta destacable, pues proviene de alguien que conoce en primera persona y, más aún, ama la disciplina. Los pilares de su argumento se encuentran en tres de sus libros: The Rhetoric of Economics (1985), If You’re So Smart: The Narrative of Economic Expertise (1990) y Knowledge and Persuasion in Economics (1994). Este breve artículo no pretende más que esbozar algunos puntos relevantes de esta parte de su obra.

Uno de sus puntos de partida es que toda vez que alguien dice algo está haciendo uso de la retórica, pues inevitablemente usamos lenguaje para comunicarnos y no existe una sola forma de decir cada cosa. Así, la economía tiene su retórica y debe someterse a análisis. McCloskey encuentra que en su versión modernista extrema, es como si el estilo retórico de la economía hablara sobre una verdad que está “escrita en los cielos”, apelando a una “retórica de no tener retórica”, ante la cual no quedaría más opción que una “aprobación unánime”.

Sin embargo, sabemos que en la ciencia económica, como en todos los campos de la vida, existen importantes desacuerdos, y aun la evidencia más ‘dura’ admite variadas interpretaciones. Y es que finalmente, como arguye McCloskey, es muy dudoso que los científicos puedan acceder a la verdad, conociéndola de manera exacta.

McCloskey critica también varios asuntos puntuales del quehacer de los economistas, tales como la obsesión por el uso de un razonamiento excesivamente formal que olvida la relevancia de la realidad, o como un culto excesivo a la significancia estadística como medida de la importancia de los resultados. Más aún, McCloskey cuestiona que la ciencia económica deba guiarse por reglas metodológicas formales que limitan las maneras de argumentar y dificultan el diálogo con las demás disciplinas.

Si bien resolver los aspectos que McCloskey critica en la forma imperante de hacer economía es una tarea difícil, tal vez el solo hecho de tomar conciencia de estas críticas contribuiría a hacer a los economistas más humildes en su rol de adivinos e ingenieros sociales, permitiéndoles participar de mejor manera en el ejercicio deliberativo que es indispensable para la democracia.
Noticia de cepchile.cl

El hombre que quiso envejecer como mujer

Noticia de www.paula.cl

El hombre que quiso envejecer como mujer

A los 71 años, Deirdre McCloskey es una historiadora y economista norteamericana que ha hecho clases en las más prestigiosas universidades del mundo, como la de Chicago, donde trabajó con Milton Friedman. Hasta hace poco también era un hombre casado y de barba espesa llamado Donald. Recién a los 53 años se dio cuenta de que siempre había querido ser mujer y decidió cruzar la frontera más difícil de todas, la del cambio de sexo. Nunca ha sido tan feliz como ahora.

Por Guillermina Altomonte / Fotografía: Andrew Bruah

Paula 1128. Sábado 17 de agosto de 2013.

ESTA HISTORIA TIENE MUCHOS COMIENZOS
Un niño crece en Boston durante los años 40. Su padre es profesor de Harvard, su madre es cantante de ópera, tiene un hermano y una hermana menores. El niño va al colegio, tiene amigos, juega fútbol. Un día, a los 11 años, juega a ponerse las pantys de su mamá y tiene su primer orgasmo. A partir de entonces, y por 40 años, Donald McCloskey se pondrá ropa de mujer a escondidas, de vez en cuando. Por lo demás será un hombre alto y macizo, saldrá con mujeres, y se casará a los 22 años. Su mujer se entera pronto de la extraña afición de su marido pero decide que es una excentricidad y que mientras Donald lo haga en privado, todo bien. Donald estudia Economía en Harvard e inicia una exitosa carrera académica que lo lleva a las mejores universidades del mundo, entre ellas la de Chicago, donde trabaja con Milton Friedman y se transforma en acérrimo defensor del libre mercado. Está convencido de que es un cross-dresser heterosexual.

No quedan rastros de Donald en su cara. Su voz, eso sí, es ronca. Aunque tuvo dos operaciones en las cuerdas vocales y varias sesiones de fonoaudiólogo le quedó una voz rasposa, metálica. “Ya me di por vencida”, suspira. “Ahora soy lo suficientemente vieja como para que no me importe. La gente debe pensar que tomo whisky y fumo 40 cigarros al día y por eso hablo así”.

Otro comienzo: Donald tiene 53. Sus dos hijos se han ido de la casa, en Iowa, donde Donald es profesor. Siente más libertad para vestirse de mujer a sus anchas. Aparece internet y todo cambia. Donald encuentra información sobre cross-dressers: hay clubes, hay bares, hay tiendas que venden ropa y anillos de mujer en tamaños XL. Conoce a otros como él. Muchos han decidido cruzar la frontera y cambiar de sexo. Donald todavía no. Pasa casi un año así, comprando cada vez más ropa y pelucas, pintándose las uñas de los pies más seguido, perdiendo peso, depilándose el pecho, sacándose la barba con electrólisis. Hasta que un día va manejando de vuelta de una convención de cross-dressers y de pronto se da cuenta: “en verdad quiero ser mujer. Puedo ser mujer”.

Su esposa, que había reaccionado muy mal ante la progresiva feminización de su marido, exige divorciarse. Sus hijos le dejan de hablar. Su hermana trata de internarlo varias veces a la fuerza en clínicas siquiátricas. Para Donald esta no es una locura. Durante 1995 se somete a nueve operaciones con anestesia general: nariz, pómulos, estómago, pechos, hasta llegar a la última: el cambio de sexo. Se ha gastado 90 mil dólares y ha perdido a su familia. Pero al fin es Deirdre McCloskey.

Entonces, la historia también puede comenzar muchos años después.

Deirdre abre la puerta de su loft remodelado en pleno centro de Chicago, lleno de luz y libros y flores y cuadros que le han regalado. La acompaña un perrito de pelo áspero llamado William Shakespeare. Es profesora de Economía e Inglés en la Universidad de Illinois, una de las más importantes de Estados Unidos. Su calendario 2013, pegado en el refrigerador, está colapsado: viajes a Pisa, Rotterdam, Estocolmo, para dar cátedras y conferencias –a fines de 2011 dio dos charlas en el Centro de Estudios Públicos, en Chile, y aprovechó de apoyar la campaña por la ley de antidiscriminación que se estaba tramitando–. Está terminando el tercer volumen de una trilogía sobre la historia del capitalismo que la ha catapultado a la fama. Tiene buenos amigos, su propio sitio web, un grupo de mujeres en la iglesia y una excelente relación con su madre.

A punto de cumplir 71 años, es como si aún tuviera la vida por delante.

Estas fotografías muestran a Deirdre cuando aún era Donald. La imagen de la izquierda es de 1977 y aparece con su hija. Y la fotografía de la derecha es de 1985, cuando era profesor en la universidad de Iowa. 

MEJOR SER UNA MUJER VIEJA
No quedan rastros de Donald en su cara. La mirada penetrante está suavizada por sombra verde agua en los párpados. La nariz se nota operada pero podría ser la de una mujer que se ha hecho retoques. Tiene lindas arrugas y el pelo, algo seco y canoso, tomado hacia atrás. Sus orejas son grandes, igual que sus manos. Usa un anillo grueso de plata, una pulsera, aros, blusa de algodón y jeans. Las uñas pintadas de rojo.

Su voz, eso sí, es ronca. Aunque tuvo dos operaciones en las cuerdas vocales y varias sesiones de fonoaudiólogo le quedó una voz rasposa, metálica. “Ya me di por vencida”, suspira. “Ahora soy lo suficientemente vieja como para que no importe. La gente debe pensar que tomo whisky y fumo 40 cigarros al día y por eso hablo así”.

Se disculpa de que el departamento esté algo desordenado: ha estado con un problema de artritis en las caderas y debe usar bastones hasta la cirugía que la dejará como nueva, en pocos días más. Le cuesta, sobre todo, subir al segundo piso del loft donde está su biblioteca de 8.500 ejemplares y donde trabaja incansablemente en el tercer volumen de su trilogía The bourgeois era. “Iba a hacer seis, pero es imposible. Serán tres, creo que lo terminaré este verano, y entonces será una colección de tomos en una caja, ¡como Harry Potter!”, se ríe, satisfecha.

¿Tu cambio de sexo no afectó tu carrera?
Yo estaba dispuesta a perder mi trabajo. No pasó, aunque sé que el presidente de la American Economics Association me vetó de ser nombrada en el comité de asuntos de la mujer. Pero la gran mayoría de mis colegas han sido muy receptivos. Si hubo discriminación, lo que he hecho desde mi cambio la ha superado: porque mi trilogía y mi trabajo sobre la significancia estadística son logros que tuve a los 60 años.

¿O sea que tu mayor logro intelectual fue como mujer?
Sí. Y lo que digo siempre es que es mucho mejor ser una mujer vieja que un hombre viejo. Veo a hombres viejos como… un poco tristes. Una vez que pierden su trabajo, pierden el sentido de su vida. Mientras que una mujer, además, tiene su sentido en su familia (si la tiene), en sus amigos, en la iglesia, entre otras cosas. Para mí es así. La forma en que los hombres llevan sus vidas es a través de entusiasmos. ¿Te has fijado? Hobbies. Aprenden a hacer aeromodelismo, aprenden a jugar golf, y desde nuestro punto de vista no tiene mucho sentido.

¿Y cómo crees que hubieras envejecido como Donald?
Supongo que como cualquier hombre, con muchos hobbies. De hecho, iba a empezar a hacer barcos a escala cuando mi hija se fue de la casa. Nunca me metí en eso al final.

En cambio, te hiciste mujer.
Desearía haberlo hecho a los 13 años. Hubiera sido lo mejor. Hay muchos jóvenes que expresan este deseo y mi postura es que deberían permitirles hacerlo. No es que estén confundidos o sean gays, esa es una idiotez. Este es un deseo muy profundo, que a veces la gente siente desde muy joven, y estoy a favor de un tratamiento temprano, porque entonces resulta muy bien. Si tú empezaras a tomar hormonas masculinas, en seis meses tendrías una barba, tu voz cambiaría y te saldrían músculos. ¡Así que considéralo! (se ríe). Cuesta lo mismo que comprarse un auto.

Quizás mucha gente no se permite pensarlo.
Eso me pasó a mí: no me lo permití. Lo canalicé estrictamente en cross-dressing ocasional, y aparte de eso era un tipo normal.

Pero hiciste la transición habiendo vivido una vida entera.
Sí. En las vísperas de la vejez, en cierto sentido. Y desde entonces nunca he tenido ninguna duda.

¿Sentiste que era ahora o nunca?
Así es, le llaman la crisis de los 40. De cierta forma es algo natural en la vida de los hombres, porque no han estado pensando mucho en sus vidas. Las mujeres piensan en eso desde que son niñas. Pero los hombres no: los hombres solo han estado haciendo. Entonces no es sorprendente que a los 40 o 50, se pregunten: “¿Qué estoy haciendo?”.

Estas fotos fueron tomadas en 1995, año en que Donald, con 53 años, se somete a nueve operaciones para transformarse en Deirdre.

POBRES HOMBRES
En 1999 Deirdre publicó las memorias de su transición a mujer. El libro se llama Crossing porque esa es la palabra que le gusta usar: no “transexual” sino “gender crosser”: alguien que cruza de género. Dice en la introducción que cambiar de sexo no es tan distinto a cruzar otras fronteras: ser extranjero en un país o convertirse en cura. Tres de cada diez mil personas lo hacen. La cruzada de Deirdre estuvo plagada de emociones. La angustia inicial de ir al baño de mujeres y que la “leyeran”, es decir, que la reconocieran como Donald cuando aún tenía rasgos masculinos. La extrañeza de que le empezaran a atraer los hombres. Las pequeñas victorias: que le dijeran “señora” en un restorán.

Han pasado 18 años desde que te convertiste en mujer. ¿Qué cosas han cambiado?
Ahora me siento completamente cómoda. Ya no me preocupa que me lean, algo que hasta hace poco era una gran inquietud. Por ejemplo, antes no usaba pantalones porque decía: ‘¡No pasé por todo esto para volver a usar pantalones!’. Así que usaba faldas. Hasta que estaba en Ámsterdam comprando ropa y la vendedora me dijo: ‘¿por qué no te pruebas un traje pantalón?’. Me encantó y ahora los uso todo el rato. Ese ha sido un gran cambio: es una tontera, pero es un indicador de mi seguridad en mi femineidad.

Uno pensaría que el cambio de sexo asegura la transición.
No, no es así. Es tu cara, tus gestos, tu voz. Es la forma en que te presentas al mundo. Eso determina tu posición social como hombre o mujer. Porque, ¿cuántas veces al día tus genitales son chequeados por extraños? Cero. Entonces la parte cosmética es la más importante. No tus genes, aunque cada célula en mi cuerpo diga XY, y cada célula en tu cuerpo diga XX.

¿Y qué partes masculinas te quedan?
Ah, todavía tengo esa dureza para discutir, pero también la tienen otras mujeres economistas. Es algo que viene con la profesión. Y yo fui hombre, no me avergüenzo de ello. Mi madre me dice: eres muy privilegiada, has podido ver el mundo desde las dos perspectivas. Eso es interesante. Pero igual tengo algunos gestos que debo cambiar.

¿Como cuáles?
A menudo me rasco la nariz así (hace el gesto de lado a lado) y ese es un estilo muy masculino. Las mujeres lo hacen más delicadamente. Todavía observo a las mujeres. Ahora te estoy observando a ti. Miro a todas las mujeres, me fijo en lo que hacen y lo trato de imitar: la forma de cruzar las piernas, los codos pegados al cuerpo… Hay todo tipo de gestos. Por ejemplo, cuando apoyas tus manos en las caderas, las mujeres –debido a la forma de sus codos– apuntan los dedos hacia la espalda, mientras que los hombres los apuntan hacia delante. Todos estos son indicadores, como en el póker. Y yo quiero controlar todos los indicadores que pueda, quiero que digan: “mujer, mujer, mujer”. Pero ya no es una gran ansiedad.

En tu libro también hablas sobre la forma especial en que conversan las mujeres.
La conversación entre hombres se trata de establecer jerarquías y expertise: “Yo sé más de esto que tú”. Pobres hombres. No tienen acceso a conversaciones de verdad, es raro y triste. Mientras que entre mujeres es a menudo sobre la relación con la persona con la que estás hablando. Mi madre le habla a una mujer en un supermercado sobre la madurez de la fruta y en dos minutos sabe la historia de su vida.

¿Y crees que a los hombres no les interesa eso?
Te digo que no. Cuando era hombre no le contaba nada a nadie. Tuve colegas por años y nunca supe cuántos hijos tenían o si estaban casados. Las conversaciones me entraban por un oído y me salían por el otro. O me daba vergüenza, no quería saber sobre la vida amorosa de alguien. No quería escuchar sus problemas.

Pero, ¿por qué? ¿Te sentías amenazada?
En parte es porque un hombre siente que tiene que hacer algo al respecto, pero más que nada es por falta de interés. Lo que para mí es increíble es que cambié. Antes no podía recordar el árbol familiar de nadie; ahora si me hablas de tu familia hago un mapa en mi cabeza y lo voy a recordar.

¿Cómo aprendiste?
En parte poniendo atención a ese tipo de cosas, escuchando. Pero también fue algo espontáneo en mí, y eso realmente me sorprendió: que de repente realmente me interesaba la vida de la gente. Quizás fueron las hormonas, aunque dejé de tomar hormonas hace mucho tiempo. La teoría más plausible, creo, es que en cada persona hay un ánima y un ánimus, para ponerlo en términos jungianos. Hay un espíritu femenino y un espíritu masculino, y si nos permitimos ambas partes hay mucho que puede florecer.

Has sido criticada por estereotipar a hombres y mujeres, ¿no?
Fui un poco atacada por gente que decía que yo tenía una visión de las mujeres de los años 50, y eso es estúpido. También hay feministas desagradables que son extremadamente transfóbicas, que dicen que las personas transgénero no son mujeres de verdad. Cuando justamente el punto del feminismo es que los genes no determinan todo. El género es una construcción social, hay que tener cuidado con decir “Ah, querida, tus genes son XX así que debes quedarte en la cocina”.

“Es mucho mejor ser una mujer vieja que un hombre viejo. Veo a hombres viejos como… un poco tristes. Una vez que pierden su trabajo, pierden el sentido de su vida. Mientras que una mujer, además, tiene su sentido en su familia (si la tiene), en sus amigos, en la iglesia, entre otras cosas”.

BIENVENIDA AL GRUPO
La primera vez que la mamá de Deirdre la vio vestida de mujer, cuando aún era Donald y estaba haciendo la transición, dijo: “¡Dios mío! No deberías usar anillos en todos los dedos”. Contrario a lo que Donald esperaba, fue el miembro de su familia que mejor reaccionó ante el cambio. Hoy tiene 91 años y son grandes amigas. “Cuando yo era hombre era distante, no hablábamos mucho. Ahora hablamos casi todos los días”, dice Deirdre.

Entonces le cambia el tono: “Desafortunadamente, la actitud de mi familia de casado no ha cambiado nada. Me acabo de enterar de que tengo un tercer nieto. Me enteré porque estaba buscando en internet noticias de mis hijos, como hago con frecuencia. Fue como si me apuñalaran de nuevo. Nunca he visto a mis nietos, y eso que mi hijo vive a media hora de mi casa. Pero no responde a ningún acercamiento, mi hija tampoco. Así que he perdido la esperanza con eso”, suspira. Su ex mujer, que se volvió a casar, tampoco le habla.

En 2011 Deirdre vino a Chile en su calidad de economista, invitada por el Centro de Estudios Públicos, CEP, a dictar dos conferencias. Ella asegura que el cambio de sexo no afectó su carrera académica y que la mayoría de sus colegas ha sido muy receptivo.

Pero Deirdre insiste en que esas son las únicas malas noticias. “Ya sabes cómo son los seres humanos. Pregunta en cualquier familia y vas a encontrar el mismo tipo de cosa: el tío José le dijo algo desagradable a la tía Elena hace 20 años y nunca más se hablaron. La gente es testaruda con sus opiniones”, teoriza. Le da hambre y sugiere que vayamos a almorzar. Cruzamos la calle a un pequeño restorán al que va bastante seguido. “Voy a pedir lo que siempre pido: las quesadillas tex mex”, dice apenas se sienta. “Las mujeres siempre comen ensalada”, agrega enseguida, como si se hubiera dado cuenta de su salida de libreto. “De hecho, recién hace un año empecé a comer frutas y verduras de forma más regular. ¡Fue una revelación! Perdí como 10 kilos comiendo más sano”.

La ansiedad de cuidarse más al envejecer les pasa a casi todas las mujeres. ¿A ti no?
Como nunca fui una mujer joven, no tengo esa sensación de pérdida, “oh, antes era hermosa y ahora tengo estas arrugas”. Pero si necesitara hacer otra cosa para ser mujer, la haría. Si hubiera una operación que garantizara una nueva voz, la haría.

Ese es el punto, igual hay un anhelo por la belleza.
No quiero ser bella. Quiero pasar como mujer. No me importa si me veo linda, eso está bien pero no es fundamental. Se vuelve fundamental para quienes nacen mujeres porque siempre les dicen “eres linda, eres linda” y la belleza es esencial para ellas.

¿Cómo dominaste, por ejemplo, el arte de maquillarte?
No tiene mucha ciencia, se aprende. Si una chica de 14 años lo puede hacer, yo también. Pero ya no uso maquillaje excepto sombra en los ojos y, a veces, lápiz labial. Me he dado cuenta que ponerse colágeno en los labios es solo temporal, hay que hacerlo cada seis meses y, como soy vieja, no vale la pena. Si tuviera 40, sí. Y no uso otros productos de belleza.

¿Cómo fue empezar a ser mirada por los hombres?
Muy bueno, me gusta mucho. Juego a coquetear con hombres que no conozco. Tengo experiencias ridículas: cuando me vine a Chicago decidí tratar de conocer hombres a través de agencias de citas. Tuve citas hilarantes. En una, un tipo me llevó a cenar y pasó todo el rato hablando de sus negocios y de su mujer que había muerto. Nunca me preguntó nada de mí. Y me llevó a mi casa esperando que lo invitara a subir. Pero soy una chica a la antigua, no voy a hacer eso en una primera cita (se ríe).

¿Nunca has estado en pareja con un hombre entonces?
No. Pero estuve en una relación con mi mujer por un tercio de siglo. Así que no me siento privada de la experiencia del amor.

¿Pero no te da curiosidad lo que es ser una mujer en una relación?
Me gustaría, pero después de esa experiencia con las citas decidí esperar. Mis amigas me dicen: “Bienvenida al grupo, querida. Eres una mujer alta, exitosa y profesional, de cierta edad. ¡Nosotras tampoco encontramos a nadie!”.

¿Y aparte de eso? ¿Te sientes aceptada como mujer?
Casi siempre. Me he vuelto muy activa en el grupo de mujeres de mi iglesia anglicana, que está cruzando la calle. Nos acompañamos. Una de las mujeres tiene un problema de depresión y la ayudamos, yendo a su casa, limpiando, cocinando. Si estoy enferma, ellas me van a ayudar. Es maravilloso.

¿No hay algo que eches de menos de ser Donald?
Nada. Ha sido tanto lo que he ganado que estoy muy feliz. Antes era un hombre alegre, siempre fui bastante seguro de mí mismo. Pero ahora que estoy segura de mi identidad de género, lo soy mucho más. Por ejemplo, mi tartamudez ha mejorado mucho. Hablo ante audiencias enormes de personas, sin apuntes, con mucha facilidad.

¿No has notado ninguna pérdida de privilegios por ser mujer?
No. Por eso es tan importante que a los 60 haya hecho este trabajo. Porque nadie puede decir “perdió lo suyo cuando se convirtió en mujer”. Para mí era importante que eso no pasara. Soy parte de un puñado de economistas feministas libertarias y no hubiera hecho una contribución al feminismo si al convertirme en mujer pasara todo el tiempo haciéndome limpiezas faciales.

¿Nunca haces esas cosas?
No mucho. Me hice las uñas hace poco, pero ahora se están   descascarando·

Noticia de www.paula.cl

Deirdre Mccloskey: “Yo no enseñé a llevar gente a los estadios de fútbol y dispararles”

Noticia de theclinic.cl

Antes de transformarse en mujer, en 1996, fue profesor de historia económica de nuestros “ilustres” Chicago Boys. Hace dos semanas estuvo en Chile, invitada por el CEP y la Fundación Iguales, y se dio el tiempo para escribir una carta a varios parlamentarios a propósito de la Ley Antidiscriminación. “Les dije que si Chile quiere ser un país completamente moderno tiene que extender la igualdad de derechos a todos los ciudadanos”, sostiene.

Antes de transformarse en una delicada señora rubia de sonrisa fácil, Donald McCloskey – un robusto economista de 53 años, casado y con dos hijos- tuvo que pasar tres veces por un psiquiátrico, influido por su hermana menor, una sicóloga empecinada en evitar su cambio de sexo. No fue todo. Para convertirse en Deirdre, su nueva identidad, Donald tuvo que desembolsar más de 90 mil dólares en un sinnúmero de cirugías, incluyendo la operación final de cambio de sexo en 1996. Una tarea nada fácil para un economista educado en Harvard, experto en historia económica, y que luego de su decisión nunca más tuvo contacto con sus hijos. Su transformación quedó plasmada en un libro autobiográfico, editado en 1999: “Crossing: A Memoir”, destacado como uno de los libros del año por el New York Times. “Ser capaz de decir que estás terminado, completo, que realmente eres una mujer por el criterio de no-pene, es la retórica de aceptación más poderosa”, comentó en sus memorias. Desde entonces, Deirdre no sólo ha destacado por su labor como experta en retórica de las relaciones humanas sino también como una importante activista en materia de integración sexual. Hace dos semanas estuvo en Chile, invitada por el CEP a dar dos charlas, y por la Fundación Iguales, en apoyo a la campaña por la ley Antidiscriminación. Deirdre asegura que le gustaría que existiera una institución como esta última en Chicago, con participación de intelectuales en asuntos de interés público. “Es políticamente balanceada y transversal en las disciplinas, con poetas, novelistas, economistas e historiadores”.

-¿Es cierto que enviaste una carta a varios congresistas chilenos?
Les dije que si Chile quiere ser un país completamente moderno, tan rico como libre, tiene que extender la igualdad de derechos a todos los ciudadanos, así como se ha hecho en países como España y algunas partes de Estados Unidos.

-¿Qué otra cosa le dirías a los políticos chilenos sobre el respeto a los derechos civiles y personales?
No tengo una base para dar muchas opiniones personales, lo que sé es que Chile tiene altos índices de libertad y entiendo que podrían ser mejores. Pero eso es lo que opino sobre todos los países del mundo. La libertad y dignidad humana construirán grandes sociedades. La mejor manera de hacerlo es educar y respaldar con leyes. La prensa y la televisión también influyen porque pueden mostrar que despedir a alguien por ser gay es algo ilegal y enseñar a la gente que odiar es malo.

-Algunas personas acá piensan que es riesgoso darle más libertades a la gente…
Sólo los realmente conservadores ven las libertades con alarma. Los liberales de verdad, como dice su nombre, creen en la libertad.

Liberales y fascistas

Deirdre McCloskey se declara como “postmoderna, pro libre mercado, cuantitativa, anglicana, feminista y aristótelica”. “Creo que las relaciones humanas son la mejor política para dejar que la gente ejercite sola su creatividad, que es la creatividad con la que se ha construido el mundo moderno”, cuenta desde Chicago. Esa es la parte que le agrada. Sin embargo, McCloskey asegura que existe una regla en el mundo moderno que no le acomoda: “que los que tienen tienen el oro, gobiernen”. “Los Estados están corruptos por los ricos, especialmente en países como Estados Unidos y Chile” , dice. A continuación agrega: “piensa en el gasto de defensa de Estados Unidos o los asuntos de Chile con las compañías mineras”.

-¿Por qué los más liberales económicamente son, a la vez, los más conservadores valóricamente?
Porque no están pensando claramente. Probablemente sea porque no son realmente liberales sino conservadores o, más exactamente, reaccionarios. Por ejemplo creen, equivocadamente, que la homosexualidad es mala o una elección. Y no lo es. Yo soy muy liberal en el sentido chileno pero también muy feliz de dar libertad a todos. En Estados Unidos los llamados “conservadores” están, a menudo, en favor del libre mercado para otras personas pero para ellos quieren protección del gobierno. Eso no tiene sentido. O estás a favor de la libertad o no lo estás. Si no lo estás, no eres un “liberal”, sino una especie de fascista…

-¿Cuál es la línea divisoria entre liberalismo y fascismo?
Correctamente definidos son opuestos. El fascismo subordina la gente al Estado y el liberalismo lo emancipa. Desafortunadamente, mucha gente que se hace llamar liberal ama al Estado. Esto es así en Estados Unidos donde al liberalismo extrañamente le han llamado “socialismo moderado”.

“Chicago Boys”

Uno de los puntos escasamente destacados de la visita de Deirdre McCloskey a Chile fue que durante los años 1968 y 1980, cuando aún respondía al nombre de Donald, fue académico en la Universidad de Chicago, es decir, profesor de una importante camada de economistas chilenos, los “Chicago Boys”, que implementaron el neoliberalismo en el país. “Muchos tomaron mi gran curso de economía, llamado economics 300, y también mi curso de historia económica, pero no recuerdo sus nombres”, cuenta. Antes de entrar en detalles Deirdre McCloskey advierte, casi poniéndose el parche ante la herida: “Yo no enseñé a llevar gente a los estadios de fútbol y dispararles. !Nadie de Chicago lo hizo! Enseñamos a nuestros estudiantes cómo crear una sociedad libre. Todavía enseño eso”.

¿Qué piensas del rol de los “Chicago Boys” en la historia de Chile?
No soy experta pero, hasta donde sé, ellos no se involucraron con la violencia. Culparlos a ellos por los excesos del régimen sería como decir que, cualquier experto que trabajó en economía para el gobierno de los Estados Unidos, es responsable de las idioteces de las políticas internacionales de Estados Unidos, una de las cuales estaba ayudando a sacar a Allende.

-¿Qué piensas sobre lo que les enseñaste versus lo que aquí hicieron?
No les enseñé sobre políticas macroeconómicas pero las apruebo, tal como recomendaron al gobierno implementar. Yo les enseñé el respeto a la libre elección de la gente en los mercados, que es de lo que se trata el libre mercado y la desregulación.

-¿Qué piensas sobre la implementación a ultranza del modelo neoliberal en Chile?
Fue “extremo” pero, como dijo un famoso político estadounidense, “el extremismo en favor de la libertad no es vicio”. Mira los resultados: ¿preferirías vivir en Venezuela?

Noticia de theclinic.cl

 

El discurso contra el capitalismo se vuelve peor después de cada crisis

Noticia de economiaynegocios.cl

lunes, 07 de noviembre de 2011

Marcela Vélez
Economía y Negocios

La profesora de Economía e Historia de la Universidad de Illinois cree que el capitalismo vive un período delicado, ante el riesgo de que los políticos tomen las medidas equivocadas por la presión popular.
Deirdre McCloskey se describe a sí misma como una feminista, aristotélica, posmoderna, defensora del libre mercado y economista, que alguna vez fue hombre.

No sólo su descripción personal puede parecer rupturista. Su tesis sobre por qué las sociedades enriquecen, también desafía los parámetros comunes. Quizás por eso, en medio de las recientes críticas a la economía, la voz de esta economista de Harvard y profesora de la Universidad de Illinois ha ganado notoriedad.

“Dignidad de la Burguesía: Por qué la Economía no puede explicar el mundo moderno” es el último de sus 15 libros y lo presentará esta semana en Santiago, invitada por el Centro de Estudios Públicos y como una de las conferencias del encuentro económico Lacea-Lames 2011.

McCloskey sostiene que la única forma de crecer es a través de una valoración social de la innovación y del emprendimento, como sucedió más recientemente con China e India. De ahí que la premisa de su libro es que el gran salto de la sociedad moderna no se puede explicar por conceptos meramente económicos, sino sociológicos: “No fue el comercio ni los recursos naturales, el gran cambio fue la innovación y un nuevo aprecio por la clase media”.

-¿Y por qué las teorías económicas no pueden explicar el mundo moderno?
“Porque creen que el crecimiento económico tiene que ver con inversión, y no es así, tiene que ver con innovación, con novedad, con descubrimiento”.

“Hubo un cambio en Europa occidental hacia finales de 1600. Antes de eso, la clase media era vista como mala y corrupta. Eso cambió y era honorable ser un comerciante, un ingeniero o un inventor…”.

-¿Eso ha cambiado? ¿Estamos volviéndonos en contra de los comerciantes, los ingenieros, etcétera…?
“Sí, y a veces somos muy duros. Hay una actitud muy dura hacia los ricos. Por más de un siglo, economistas, analistas, académicos, periodistas, han creado un discurso contra el capitalismo y, claro, se vuelve peor después de cada crisis”.

McCloskey ve con preocupación las protestas que hay en contra del sistema económico alrededor del mundo. No las entiende, afirma. Pero duda o al menos espera que no logren cambiar las bases de la economía occidental. Aunque reconoce que el capitalismo está en un período “delicado”.

-¿Cree que después de este período de críticas y protestas contra el sistema podríamos arribar a una nueva forma de capitalismo? Parece que de repente, al menos aquí en Chile, el modelo está muy cuestionado.
“Eso es muy triste. Si el cuestionamiento se generaliza… las ideas son muy poderosas, las ideas pueden generar cambios, y algunas veces para peor. Creo en redes de seguridad, creo en educación financiada por el Estado, pero también estoy convencida de que la principal vía para generar crecimiento y enriquecer a las personas es la innovación que permite el mercado”.

“Si los políticos tienen que intervenir, deben hacerlo inteligentemente, subsidiar mejor la educación básica, que es lo realmente importante; revisar el diseño del sistema impositivo, que al menos en Estados Unidos es demasiado complicado… Lo que la gente necesita es sentir que el gobierno está tratando de hacer algo”.

-¿Deben los gobiernos entonces responder a las demandas sociales con grandes cambios?
“El riesgo es que los gobiernos traten de hacerlo nacionalizando determinada industria o interviniendo masivamente, y es bastante difícil que los gobiernos y funcionarios públicos puedan hacer un trabajo mejor que el mercado”.

“Es un período peligroso para el capitalismo… Si las medidas que se toman van hacia la dirección de una economía centralizada, eso sería desastroso”.

Noticia de economiaynegocios.cl

Chile: Capitalismo, virtudes y música electrónica

Por Gonzalo Bustamante Kuschel
22 de marzo de 2007

A fines de los sesenta surgió en Alemania un grupo de marginales que realizaban sonidos con elementos electrónicos y con el tiempo surgirían grupos como los míticos Tangerine Dream, Popol Vuh,  Kraftwerk, entre otros, y se desarrollaría una empresa entorno a la música electrónica que hoy en día reporta utilidades de miles de millones de euros al estado alemán. De reuniones de jóvenes medio inadaptados pero con inquietudes surgiría primero Microsoft y luego Linux (Gates, Stallman y Torvalds, todos presentan la misma característica) y entre las dos casi monopolizan el mercado de los programas computacionales. De un hombre que se negaba a aceptar la situación de exclusión de su propia comunidad y luego se reveló contra las injusticias que su propia gente cometía contra la población de color, surge el legendario hombre de negocios que fue el sudafricano Antón Rupert. Todos estos son algunos ejemplos del éxito de lo que alguna vez se consideró marginal. ¿Qué es lo que ha permitido éste éxito?

La economista Deirdre McCloskey, en su más reciente obra (Las Virtudes de la Burguesía) argumenta que lo que ha permitido la generación y consolidación  de sociedades avanzadas, altamente dinámicas, es que vivimos en una era del comercio desde los tiempos bíblicos pasando por la Grecia clásica, el Imperio Romano hasta nuestros días y que esto ha sido posible gracias a la permanencia y generación en estas sociedades de una serie de virtudes, no sólo la fortaleza o templanza que han facilitado el emprender grandes empresas con sentido de ahorro y austeridad, sino que además y de modo muy importante, la solidaridad, honestidad  y el sentido del deber; además, con sus matices por cierto según las épocas, de un alto sentido de respeto a la libertad. Sin estas condiciones, nunca hubiésemos arribado a las sociedades desarrolladas contemporáneas que hoy conocemos. Son las virtudes de la burguesía. Es en este proceso creciente donde lo marginal se ha podido manifestar como expresión de creatividad. Es el dinamismo que ha producido el capitalismo (y donde la iniciativa juega un papel primordial) lo que ha permitido que lo marginal deje de serlo. Es más, eso genera el cambio y el progreso. Las bases del capitalismo no son el consumo sino el comercio, el cual descansa en el valor de la confianza y la iniciativa, sin las cuales no se puede realizar ni mantener, y hay que agregar, la Libertad (con mayúscula), no sólo económica (no existe libertad por partes) sino que en todo los ámbitos. Todas las sociedades comerciales han sido, respecto a su tiempo, líderes en libertades individuales (también lo fue la China de la era Ming, no es primera vez que el gigante asiático aparece, es la no consolidación de ese proceso lo que luego la lleva a retroceder).

La burguesía de las economías más ricas del mundo han cultivado, a lo largo del tiempo, virtudes que han permitido generar la confianza necesaria al momento de comerciar. Estas cualidades no han sido, al menos en esas sociedades, lo propio de la elite sino lo que ha distinguido a las clases medias. Las han educado y las han cultivado.

Cuando vemos en Chile que se discute en torno al modelo, cuando reaparecen nostálgicos del pasado como Altamirano, no cabe duda que los ejemplos de McCloskey y la dinámica de progreso de la cultura burguesa deben ser tomados en cuenta. El capitalismo es la única forma que se conoce hasta el día de hoy que lleve al desarrollo, inclusive con la capacidad de generar una intelligentsia con capacidad ociosa que lo critique y que de eso viva o de hombres ricos y exitosos como Roger Waters para que junto con cantar y cobrar, lo puedan denostar. Éste sistema requiere para consolidarse de un espíritu de emprendimiento que no es otra cosa que población con virtudes humanas interiorizadas, las cuales tienden a consolidarse en su desarrollo. La Inglaterra de la Revolución Industrial, las republicas de los Países Bajos del siglo XVII, la Prusia del siglo XVIII, las colonias norteamericanas, Japón, Corea, Eslovenia, así como los empresarios como Rupert y artistas-empresarios como Rubens o Mick Jagger, son todos ejemplos de lo mismo. Chile requiere del fortalecimiento de estas virtudes sociales y es por eso que cuando hablamos de mejorar nuestra educación y mantener un crecimiento sostenido, la educación y fomento de virtudes debería ser considerada.

De no mediar un cambio que apunte a pasar de una situación de simple estabilidad Macroeconómica a una de real consolidación en lo económico, político y social de lo que se entiende por ‘ser desarrollados’ seguiremos siendo sólo un  ejemplo “destacado” en una de las zonas más desprestigiadas en el mundo. Chile debe orientarse en lo social hacia políticas de creciente respeto a la libertad basada en un sentido de la responsabilidad y espíritu de superación: nuestro sistema electoral (quasi propio de una Nomenclatura), la excesiva protección corporativa, la falta de pluralidad social, la emergencia de valores sociales contrarios a un sentido de responsabilidad y honestidad (basta ver el espectáculo de muchos políticos y a veces de nuestros hombres de negocios para constatarlo), la aceptación social de las chambonadas, atentan para que Chile sea una sociedad realmente capitalista cuyo fundamento es cultural y no simplemente de políticas Macroeconómicas. Es así como lo marginal deja de serlo.

Por Gonzalo Bustamante Kuschel
22 de marzo de 2007

Gonzalo Bustamante Kuschel es Profesor de Filosofía en la Escuela de Gobierno de la Universidad Adolfo Ibáñez (Chile).