Nicolás Ibáñez: “Libre competencia y política”

Nicolás Ibáñez: “En un país serio, las autoridades no emiten opiniones sobre causas judiciales pendientes, menos aún cuando no se ha oído la defensa de las partes aludidas. Lo contrario implica despreciar la presunción de inocencia, que es uno de los principios esenciales de un orden democrático…”.

 

El mercado es uno de los fundamentos de la sociedad libre. Sin él no pueden existir ni libertades políticas ni real democracia, como prueban sin excepción alguna los regímenes socialistas del siglo pasado y los que aún se mantienen vigentes. El mercado, como el Estado, no son entes abstractos, sino personas de carne y hueso. El primero surge espontáneamente cuando se deja a las personas en libertad de perseguir sus proyectos de vida, pues, como observó Adam Smith, tenemos una tendencia natural hacia el intercambio. Ese intercambio libre permite un incremento sustancial en la calidad de vida de la población, como prueban diversos estudios sobre la materia.

En ese contexto, los empresarios cumplimos el rol de satisfacer las necesidades de las personas ofreciendo los mejores productos que podamos a los menores precios posibles. Si fallamos en esa tarea, los consumidores nos castigan y corremos el riesgo de perder el negocio. Por supuesto, todo ello supone competencia.

En mis varias décadas como empresario y director de empresas he defendido siempre el valor del mercado y de la competencia, no solo porque creo en ellos por principios, sino también, como nos ha recordado el profesor Luigi Zingales, experto en materias de competencia y capitalismo, durante su reciente visita, porque las empresas que dejan de competir pierden dinamismo, se atrofian y se vuelven cada vez más incapaces de subsistir en el largo plazo.

En otras palabras, competir es un buen negocio para el empresario. Lamentablemente, Chile ha conocido casos que atentan contra ese principio, algo que por lo demás no es exclusivo de nuestro país, así como los escándalos de corrupción política tampoco lo son. Si la transparencia es crucial para reducir la corrupción en el aparato público, también es esencial para la credibilidad de una economía de mercado que las barreras a la entrada en las diversas áreas sean bajas, de manera tal de hacer posible a nuevos actores entrar a competir.

Adicionalmente, es esencial fiscalizar que se juegue limpio. Estos últimos son roles del Estado y debe celebrarse que los cumpla con celo y profesionalismo. Lo que no debiera ocurrir es que la legítima preocupación por la competencia se desvirtúe por razones ideológicas de modo de servir a ciertos intereses políticos que no comparten las instituciones que fundan un orden de mercado.

Especialmente en tiempos en que Chile se encamina hacia una crisis económica cada vez más aguda y en que todo indica que la situación económica internacional empeorará aun más, no es sensato de parte del Gobierno instrumentalizar temas sensibles para el bienestar de la población con el fin de obtener dividendos políticos e ideológicos. El clima de animosidad y la retórica antiempresarial que se vienen instalando desde hace tiempo en nada ayudan a garantizar que el mercado funcione como corresponde, y menos aún a superar los difíciles años que vienen.

Sin duda la legislación vigente debe respetarse y, en un Estado de Derecho, su transgresión debe ser sancionada. En un país serio, sin embargo, las autoridades no emiten opiniones sobre causas judiciales pendientes, menos aún cuando no se ha oído la defensa de las partes aludidas. Lo contrario implica despreciar la presunción de inocencia, que es uno de los principios esenciales de un orden democrático.

Es indispensable retomar el diálogo constructivo, sereno y maduro que le permitió a este país convertirse en el más desarrollado de América Latina. Chile conoce, por su propia historia, los riesgos de la polarización y del reemplazo de la discusión racional por el eslogan, la descalificación y los juicios desmesurados a priori .

Publicado en El Mercurio.
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Jorge Castañeda: “Las mareas de populismo latinoamericano”

Nueva York-. En América Latina, los líderes populistas están perdiendo apoyo: Cristina Kirchner ha sido desplazada de la Presidencia y los socialistas de Nicolás Maduro sufrieron una derrota en las parlamentarias.

LOS demagogos y populistas como el candidato presidencial norteamericano Donald Trump y la líder del Frente Nacional de Francia, Marine Le Pen, están incendiando la política occidental. En América Latina, en cambio, los líderes populistas están perdiendo apoyo: Cristina Kirchner de Argentina ha sido desplazada de la Presidencia en las últimas elecciones; en Venezuela, los socialistas del Presidente Nicolás Maduro sufrieron una derrota resonante en las elecciones parlamentarias; y la Presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, ahora enfrenta la perspectiva de un juicio político. Muchos especulan con que la “marea rosa” de populismo, que empujó a la región hacia la izquierda en los últimos 15 años, ahora se está revirtiendo. ¿Pero es realmente el populismo lo que estos países están rechazando?

Por cierto, los ciudadanos no parecen estar tan impulsados por la ideología como por su frustración frente a los crecientes desafíos económicos, que fueron causados principalmente por una situación sobre la cual sus líderes tienen escaso control: el fin del boom de los commodities que comenzó a principios de este siglo. Cuando ese auge, que estuvo sustentado por el apetito aparentemente insaciable de China de materias primas y alimentos, llegó a su fin en 2012, la caída abrupta de los precios devastó a los exportadores de Latinoamérica.

Brasil, a pesar de su gran mercado doméstico y de su fuerte sector industrial, recibió un duro golpe. La situación fue aún peor para Argentina y Venezuela, que dependen marcadamente de las exportaciones de materias primas -principalmente soja y petróleo- no sólo para financiar las importaciones, sino también como su principal fuente de ingresos gubernamentales. Considerando los enormes programas sociales que habían implementado los gobiernos de estos países, no pasó mucho tiempo antes de que el colapso de los precios se cobrara sus víctimas. Venezuela siguió gastando hasta que el dinero directamente se acabó. Los crecientes déficits de Argentina derivaron en inflación, devaluación y recesión.

Por supuesto, regímenes con diferentes inclinaciones ideológicas podrían haber tenido diferentes conductas de gasto, lo que potencialmente podría haber amortiguado el golpe del colapso de los precios de las materias primas. En Brasil, en particular, el gasto estuvo fuera de control, aun si el gobierno de Rousseff logró ocultarlo por un tiempo. (Accidentalmente, son los métodos utilizados para ocultarlo los que ahora tienen a Rousseff en jaque).

En la gestión de Rousseff, la inflación creció y el tipo de cambio del real se derrumbó; se lanzaron y luego se abandonaron enormes proyectos de infraestructura conocidos como “elefantes blancos”; y los esfuerzos por reducir los tipos de interés condujeron artificialmente a una burbuja de crédito para consumo. Por el contrario, el antecesor de Rousseff, Luiz Inácio Lula da Silva -un icono de izquierda de su mismo partido, el Partido de los Trabajadores- adhirió esencialmente a una ortodoxia macroeconómica, a la vez que expandió los programas de ayuda social.

Como sea, la conclusión es que, cuando un contexto global hostil saca a flote la mala gestión económica de sus líderes, los votantes latinoamericanos se muestran cada vez más desencantados. No rechazan necesariamente a los líderes de izquierda; más bien, rechazan a quienes están en el poder, no importa su signo. Da la casualidad que la mayoría está en la izquierda.

Consideremos el caso de Chile y Perú, que dependen marcadamente de las exportaciones de cobre. Frente a la caída precipitada del precio del cobre, los líderes de ambos países probablemente sufran reveses electorales. El hecho de que el Presidente de Perú, Ollanta Humala, sea más moderado que la Presidenta de Chile, Michelle Bachelet, en verdad no incidirá. De la misma manera, la caída de los precios de la banana y del petróleo creará los mismos desafíos políticos para el agitador de izquierda Rafael Correa en Ecuador, así como la caída de los precios del café, del petróleo y del carbón afectarán al Presidente de centro de Colombia, Juan Manuel Santos.

Dicho esto, existe una cierta sensación de que quien siembra vientos recoge tempestades en el caso de los líderes de izquierda de América Latina, que han tenido una buena racha desde que el difunto Hugo Chávez asumió la Presidencia en 1999. Algunos de ellos -inclusive Lula en Brasil, pero también los sucesivos líderes en Chile y Uruguay- gobernaron de manera sensata y responsable. Otros estaban demasiado concentrados en una retórica ideológica como para hacer las cosas bien. Pero, más allá de su desempeño, estos partidos siguieron ganando elecciones, en base a la idea de que lideraban el camino hacia el progreso económico. Como quedó en claro recientemente, ese progreso no surgía de una gobernancia “realista”, sino de condiciones económicas internacionales favorables.

Sin embargo, ahora que comenzó la reacción negativa contra los gobiernos en funciones, los debates ideológicos seguramente se intensificarán. Los gobiernos de izquierda como en Argentina y Venezuela hace mucho tiempo que adoptaron políticas polarizadoras, especialmente en cuestiones como la violencia, la solidaridad con los países parias (Cuba para Venezuela; Irán para Argentina) y la corrupción -políticas que hoy pueden ser cuestionadas o revertidas por los líderes nuevos.

El caso venezolano es especialmente interesante. La oposición, a pesar de tener una mayoría en la Asamblea Nacional, sabe que debe negociar con la rama ejecutiva, que todavía está liderada por Maduro. Pero no puede hacer concesiones de manera global.

Uno de los desafíos fundamentales que enfrenta la oposición es qué hacer con las enormes transferencias de riqueza a Cuba que comenzaron en 2004. Mediante mecanismos opacos como precios del petróleo subsidiados y pagos excesivos a médicos, personal de seguridad y maestros de Cuba, Venezuela ha venido rescatando la decrépita economía cubana durante más de una década. Si bien la oposición ha prometido desde hace un tiempo recortar la ayuda, lo último que Estados Unidos quiere ver hoy es un colapso cubano, teniendo en cuenta que la inmigración proveniente de la isla ya se duplicó en el último año.

En este contexto, parece factible que Estados Unidos termine presionando a la oposición de Venezuela para que no recorte el petróleo que envía a Cuba, aún si presiona al gobierno para que libere a los presos políticos y quiera implementar una gobernancia más justa y más transparente. Mientras tanto, los aliados de Maduro en América Latina comenzarán a perder o a abandonar el poder, en tanto la izquierda revive el drama de siglos de la región: los precios de las materias primas suben y bajan, arrastrando consigo a los gobiernos.

Noticia de La Tercera.
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Guy Sorman: “Chile ya no es percibido como el país amigable que era”

INESTABILIDAD, impredecibilidad, pérdida de ventajas comparativas y equivocados enfoques en las reformas, son parte de los problemas que observa en Chile el filósofo y economista francés, Guy Sorman, quien atribuye estas dificultades a las decisiones tomadas por la administración de la Nueva Mayoría.

Si antes era un admirador declarado de las políticas económicas de nuestro país, que desde su punto de vista se comparaban con las de EEUU, hoy día cuestiona el nuevo rumbo, asegurando que el modelo chileno dejó de ser un ejemplo para el resto de América Latina.

¿Ve un cambio mayor en la conducción de Chile con la administración de la Presidenta Michelle Bachalet? ¿Han cambiado sus fundamentos? 

—En Chile un principio básico y uno de los más importantes es la estabilidad. Cuando cambian las reglas, se modifica el sistema tributario, se añade elementos disruptivos a la estabilidad. El problema no se trata de que los niveles de impuestos se hayan modificado, sino que los tributos y la regulación se han vuelto impredecibles. Eso fue lo que al parecer no comprendieron en el gobierno chileno con su reforma.

Empresarios y emprendedores sabían que Chile era un lugar estable y predecible, esa era la razón por la que invertían. Pero ahora el sistema se ha vuelto inestable e impredecible, lo que tiene consecuencias negativas tanto en la inversión doméstica como extranjera. No se trata de un asunto político, porque la estabilidad la pueden introducir gobiernos de izquierda o de derecha.

¿Qué tan inestable es percibido Chile? 

—Lo suficiente como para preocuparse, porque las consecuencias ya son visibles. La inversión se está desacelerando, al igual que el crecimiento. Por supuesto, esto no ocurre exclusivamente por culpa del gobierno. También hay razones externas que tienen que ver con el mercado global, como la desaceleración en China. De todas maneras se percibe que los inversionistas están un poco más reacios y que Chile ya no es un modelo económico para el resto de Latinoamérica.

Aun así, funcionarios estadounidenses que han visitado Chile, como Kurt Tong, vicesecretario Adjunto para Asuntos Económicos y Empresariales del Departamento de Estado de EEUU, aseguran que las inversiones estadounidenses siguen fuertes y que no están mayormente preocupados por la situación de Chile. 

—Eso tiene sentido si se compara al país con el resto de América Latina. Se puede decir que la situación no es buena, pero que rodeado de países donde la cosa anda peor es distinto. Por supuesto que lo están haciendo mejor que Brasil o Colombia, pero para Chile el modelo nunca fue América Latina, sino Estados Unidos, mirando sus reglas, legislación y predictibilidad. Ahora, la presidenta Bachelet está trayendo de vuelta a Chile a Sudamérica, así que ¡Bienvenido de regreso a Latinoamérica!.

Las reformas en Chile han continuado en medio de la desaceleración económica, ¿Cómo evalúa este proceso que las mismas autoridades llamaron seis meses atrás “realismo sin renuncia”? 

—Fuera de los slogan políticos, trato de entender lo qué está sucediendo en Chile. Es importante no politizar demasiado la economía, porque el problema surge justamente cuando se mezcla política y economía.

Desde un punto de vista puramente económico hay que hacer una distinción entre la desaceleración que es consecuencia de lo que ocurre en el mercado global y la que es consecuencia de la inestabilidad. Hoy salimos de la era de rápido crecimiento, ese que fue consecuenArcia del giro que tuvieron las economías de China e India hacia el libre mercado, generando una demanda global que crecía muy rápido, de lo cual se benefició Chile.

Ahora estamos en una nueva era, que yo llamaría de crecimiento normal, donde los países más grandes crecen entre 2% y 3% y los en desarrollo en torno al 5%. No puedes esquivar lo que pasa en el mercado global, siendo Chile un país pequeño, con un mercado pequeño.

En este nuevo escenario han caído los precios del cobre pero a un nivel normal, porque estaban muy altos. En este contexto, la ventaja comparativa de Chile eran dos cosas: empresas, incluyendo pequeñas, de orientación a las exportaciones y su estabilidad y predictibilidad, que es justamente lo que está en entredicho en estos momentos.

¿Inestabilidad y impredecibilidad son los mayores problemas de la economía chilena? 

—Chile arrastra otros dos problemas. Uno es que la competencia interna es muy limitada, el mercado local está muy regulado por lo que resulta difícil entrar. Si quieres empezar un emprendimiento en Chile o una compañía pequeña es muy difícil conseguir financiamiento o cualquier tipo de apoyo. Así, el número de empresas y emprendimientos en el país es muy reducido.

El segundo problema es que la mitad de la población vive en la pobreza. El mercado, que ya es pequeño, se reduce porque no todos están realmente en el mercado. La mitad de la población está en la periferia del mercado.

¿Cómo sacar a esa población de la pobreza e incluirla en el mercado? 

—El mayor drama de Chile es su mala educación primaria pública. Eso es lo que mantiene la mitad de la población en la pobreza. Fuera de Santiago no hay ninguna escuela primaria pública decente, por lo que la gente se mantiene en la pobreza.

En ese sentido, ¿qué le parece la reforma en curso?

—El gobierno se ha enfocado mucho en generar acceso gratuito a la educación superior para quienes no pueden pagarla, pero ese no es realmente el problema. Han olvidado la urgencia que hay en el sector primario, de contar con mejores profesores, traer la competencia entre las escuelas. Esas son las políticas que deberían seguir para mejorar la educación y sacar a más gente de la pobreza.

Pese a no considerarlo una prioridad, ¿le parece buena idea el acceso gratuito universal a la universidad? 

—La educación superior en Chile es bastante buena, no sólo a nivel regional sino mundial. Por lo que es una mala idea modificar un sistema que funciona bien. La gratuidad universal terminará por beneficiar a jóvenes de ingresos altos o altos medios, que saben que su educación es una inversión, por lo que deberían pagar ya sea en un establecimiento público o privado.

Si hay jóvenes que no pueden acceder pueden pedir créditos o recibir cierto apoyo del gobierno, pero el Estado debería centrar sus recursos en la educación primaria. El gobierno está totalmente equivocado en sus prioridades, por razones políticas o por las protestas, y se ha centrado en lo que funciona y no en mejorar lo que no funciona.

Además de la educación, ¿qué más puede hacer Chile para reducir la desigualdad?

—Debieran mirar sector por sector, mercado por mercado. La regulación actual frena la entrada de pequeños empresarios. También hace falta un sistema de sistema de crédito para las micro empresas. Digamos que tienes 20 años y quieres abrir un negocio muy pequeño, debieras poder contar con apoyo de la regulación y del crédito. Esa es la forma en que muchas personas podrían salir de la pobreza.

Considerando la situación externa e interna, ¿cómo ve a Chile de cara a los desafíos de 2016? 

—Chile se vio muy beneficiado por los altos precios de los commodities y aunque no me gusta hacer predicciones es probable que éstos sigan bajando, o quizá se estabilicen, pero no hay posibilidades de que suban en el futuro. Esto significa que Chile tendrá que reemplazar los beneficios que obtenía por los recursos naturales con exportaciones más creativas, como las que han explorado en la industria de los alimentos. La diversificación de exportaciones de alimentos puede compensar las pérdidas por los precios de los commodities. La clave es potenciar las marcas chilenas.

Si bien algunas de marcas de alimentos, vegetales y pescados son conocidas en la parte oeste de EEUU, en Europa nadie puede nombrar ni un solo producto chileno. “Hecho en Chile” no significa nada. Si compras algo hecho en Alemania significa que es resistente y técnicamente avanzado; en Francia, que es sofisticado, lo mismo en Japón.

Si es hecho en China, se sabe que la calidad no es buena, pero si es hecho en Chile simplemente no significa nada. La noción de branding en el mercado es muy importante y en eso deben trabajar las marcas chilenas pero también se debe promover la marca “hecho en Chile”.

No sé si el gobierno ha pensado alguna vez en esto. Recientemente, estuve en Corea del Sur y les dije exactamente lo mismo, porque todo el mundo conoce a Samsung pero nadie sabe que es coreana.

¿Pero Chile está a tiempo de trabajar en estos temas como para enfrentar la desaceleración actual? 

—Por supuesto. De hecho, no hay otra solución. En Chile no pueden hacer nada respecto a la desaceleración en China. Pueden esperar que India se comience a acelerar pero no generará la demanda de commodities que vimos en años previos.

En ese marco, es más importante garantizarles a los inversionistas que Chile es un país amigable. Y, fuera de que en el contexto latinoamericano puede ser diferente, Chile ya no es percibido como el país amigable que era para empresarios locales y extranjeros.

Publicado en Pulso.
Foto de Patricio Fuentes