El viaje de Guy Sorman al corazón de la filantropía en Estados Unidos

Las instituciones sin fines de lucro sirven hoy como “laboratorios sociales”.  

J.P. Toro Al igual que su compatriota Alexis de Tocqueville, pero con una diferencia de más de 180 años en el tiempo, el filósofo y economista francés Guy Sorman hizo un viaje por Estados Unidos para desentrañar claves profundas de esa exitosa sociedad. Pero su foco no estuvo en el sistema penitenciario norteamericano (aunque Tocqueville comentaría de todo en “Democracia en América”), sino en algo que es parte de la idiosincrasia de ese país casi desde su nacimiento: la filantropía.

Una actividad que practican tanto figuras de la talla del magnate de Microsoft Bill Gates como millones de personas anónimas que no solo donan dinero, sino quizás algo más escaso en estos días, tiempo.

De esto habla “El corazón americano: Ni el Estado, ni el mercado: la opción filantrópica” (Debate 2014), el último libro de Sorman publicado en español en Chile.

“La filantropía es una dimensión primordial de la cultura estadounidense. Todos los estadounidenses destinan tiempo o donan dinero, con muy pocas excepciones. No dar implica no ser totalmente estadounidense. La gente rica crea fundaciones para el arte, la salud, la cultura, etc. Aquellos más modestos participan como voluntarios. Este sector sin fines de lucro representa el 10% de la economía total de EE.UU.; llena el vacío donde el gobierno está ausente o no es tan eficiente como en el caso de combatir la pobreza, limpiar el medio ambiente, lograr que las ciudades sean más seguras”, explica el autor.

Más allá de quedarse en el incuestionable carácter positivo que tiene la filantropía por el sencillo acto de donar algo, uno de los aspectos más interesantes al que apunta Sorman en su libro tiene que ver con el rol de alternativa entre los dos extremos desde donde provienen la mayoría de las respuestas a las demandas de la sociedad: el Estado y el mercado.

Viajero global, el filósofo francés ha sido testigo directo de las turbulencias que atraviesan muchas sociedades actuales, sin importar si pertenecen a países ricos o pobres.

Ahí donde las economías se frenan, pero por sobre todo pierden creatividad, la filantropía puede ser un factor de asignación eficiente de recursos y, muy importante, de innovación.

“Como una fuente de experimentos, considero que lo que se ha hecho en EE.UU. por largo tiempo podría ser válido para otros países. En todas partes, nuestras sociedades están fragmentadas debido a las nuevas divisiones sociales o culturales, las cuales los gobiernos no pueden resolver por sí mismos. ¿Por qué? El gobierno no tiene los recursos humanos o financieros, o lo que es más importante, no tiene imaginación. La cultura burocrática característica del gobierno no permite la prueba y el error cuando se ve enfrentado a desafíos totalmente nuevos, como la drogadicción o la deserción escolar, por ejemplo. Solo las instituciones sin fines de lucro pueden correr el riesgo de experimentar nuevas soluciones con el fin de resolver los nuevos problemas sociales”, dice a “El Mercurio”.

A su juicio, hoy las ONG y las fundaciones son “laboratorios sociales” donde experimentan fórmulas que el día de mañana pueden terminar convertidas en políticas públicas.

También Sorman destaca la contribución al fortalecimiento de la democracia que puede hacer la filantropía, desde el punto de vista que los ciudadanos se convierten en actores públicos activos que trabajan por un cambio.

Es cierto, concluye el autor, que la filantropía no siempre es perfecta, como tampoco lo son el mercado y el Estado, pero al menos, -y en esto cita al millonario George Soros-, “jamás es dañina”.

Publicado en El Mercurio el sábado 29 de noviembre de 2014

 

Ernesto Medalla: “Intelectuales visitan Chile”

Señor Director:
La vuelta a la discusión intelectual respecto de qué queremos como país no cesa. Notables intelectuales, de uno y otro lado, han visitado en notables conferencias nuestro país. Desde Alejandro Cao de Benós, representante para occidente de Corea del Norte, hasta el inglés Jesse Norman, del partido conservador británico.
Ahora visitará nuestro país el francés Guy Sorman, un liberal y optimista. Creo que a diferencia de otros pensadores nos dejará un poco de esperanza y un mensaje, aunque conocido, de tolerancia y esperanza en la democracia.
Sin lugar a duda hoy es extremadamente necesario escuchar otras visiones sobre la sociedad, pero más aun, aceptarlas y reflexionar.
Intelectuales del mundo… bienvenidos a Chile.
¡Bienvenido Guy Sorman!

Ernesto Medalla
Analista
Acton Chile

Publicado en el Diario Financiero el 28 de julio de 2015.

Javier Silva: “Salir del socialismo”

En pocas semanas más visitará Chile el periodista francés Guy Sorman, autor una gran cantidad de libros que versan sobre la libertad, y los desafíos para consagrar una sociedad libre a nivel global.

Hace casi treinta años fue la primera vez que Sorman estuvo en Chile, en aquella oportunidad concedió una entrevista a El Mercurio. En ella explicó brevemente qué es el liberalismo y cómo se diferencia del socialismo. El liberalismo – manifestó – “cubre todas las proposiciones que dicen relación con la libertad de elección y puede aplicarse a todos los aspectos de la vida social: a la política, a la vivienda, a la salud, el sistema previsional, etc. (…) El liberalismo es, sobre todo, una historia continua, no una verdad revelada”.

Interesante es volver la mirada hacia el proceso del fin del socialismo “real”, que fue como se le llamó al totalitarismo marxista que cubriera con su manto tenebroso a gran parte de la población mundial, en especial a los países de Europa central y del este, del que Sorman es un testigo privilegiado, plasmándolo en su libro “Salir del Socialismo”.

En un viaje que comenzara en junio de 1988 y que terminara en noviembre de 1990, el autor francés inicia el recorrido geográfico e intelectual que lo sitúa donde él explica  comenzó todo: la otrora ciudad Leningrado, actual San Petersburgo.

En esta primera estación, Sorman nos narra con los ojos de la época cómo se vivía en lo que serían, a la postre, los últimos días de la Unión Soviética. Acá él reafirma lo que años antes ya había  explicado Solzhenitsyn, a pesar de siete décadas de totalitarismo en manos del Partido Comunista, éste nunca pudo eliminar por completo a la sociedad civil y que el alma de los pueblos subyugados por el socialismo sobrevivió a los ataques del colectivismo.

Luego de repasar las principales políticas reformistas de la época en Rusia, como la glasnot o la perestroika, que más bien fueron difusas y que en nada ayudaron al restablecimiento de las libertades individuales en la ex – Unión Soviética, el viaje continúa con jóvenes moscovitas que desde la clandestinidad traducían textos de Friedrich von Hayek para difundirlos entre sus amigos y de esta forma importar las ideas de la liberad.

Ahora bien, resulta atractivo en el libro ver la convergencia que intenta mostrar Sorman entre Solzhenitsyn y Hayek; ambos se encontrarían unidos, a juicio del periodista francés, en mantener una posición escéptica frente a la democracia.

En la segunda parte del libro Guy Sorman llega Polonia, donde la figura de Lech Wałęsa es fundamental para comprender el modo en que este país pudo tener una salida pacífica hacia la libertad, destaca en este acápite la afirmación de Walesa: “¡El capitalismo funciona!”. Sorman no pasa por alto el rol que tuvo el Papa Juan Pablo II en esta solución sin violencia hacia la libertad que vivió Polonia en 1989, dedicándole unas páginas a su figura y su papel político en esta transición.

En la tercera y cuarta parte del libro, el viaje continúa ahora por Rumania, las actuales República Checa y Eslovaquia y finaliza en China.  Las heridas que dejara el régimen de Ceaușescu en Rumania aún no eran sanadas al momento de escribirse el libro, lo mismo puede decirse de lo sufrido en República Checa y Eslovaquia. Mención aparte tiene China que continúa con un país y dos regímenes.

El libro muestra que no hay una receta única para salir del socialismo, todo va dependiendo de las características culturales del país.

Leer un libro como el de Sorman, un cuarto de siglo después permite ver en perspectiva y de manera pausada los buenos resultados que tuvo el proceso liberalizador en dicha porción de Europa, pero también los aspectos negativos, como por ejemplo las privatizaciones de las empresas estatales que traspasaron la propiedad del Estado a los gerentes (que habían sido nombrados por los mismos detentores del poder), manteniendo de esta forma los monopolios que gozaban, derivando en lo que se conoce como capitalismo de amigotes.

Con todo, Salir del Socialismo, es un texto que nos dice que las políticas socializantes son reversibles si existe la voluntad en las personas indicadas para liderar, pacíficamente, los cambios hacia una sociedad libre; es algo que en Chile, en los tiempos actuales, se debe tener muy presente.

Publicado en El Muro el miércoles 22 de 2015.

Guy Sorman: “El estado debajo de nuestra cama”

Es hora de que los Estados se conformen con ocuparse del orden colectivo y no de nuestras decisiones personales. ¿De qué sirve que haya un funcionario debajo de cada cama?
¿A quién pertenece nuestro cuerpo? La respuesta varía según las épocas y las sociedades. Las controversias a las que dan pie el matrimonio homosexual, el aborto y el número de hijos autorizados ponen de manifiesto que no somos totalmente dueños de nuestro cuerpo y que sigue siendo un objeto tanto social como personal. Sin remontarnos demasiado a un pasado lejano en el que han existido todos los supuestos, recordaremos que en China sigue estando prohibido que un matrimonio se quede con más de un hijo. La cuestión es autorizar dos, pero eso está lejos de conseguirse. ¿Qué justifica esta represión? El hijo supone un coste para la sociedad, por lo que sería lógico que la sociedad, «representada» por el Partido Comunista, se encargase de lo que en economía se denomina «externalidades». Es un cálculo equivocado porque los hijos se convertirán en productores y aportarán a la sociedad más de lo que han costado. En realidad, este pseudo-cálculo económico oculta la voluntad de controlar a los ciudadanos en lo más íntimo que tienen.
Pasemos a las sociedades occidentales en las que el debate sobre el debate homosexual divide en estos momentos tanto a Estados Unidos como a Francia. El fundamento de esta controversia deja perplejo. En Francia, que fue cristiana y donde apenas el 5% de la población practica todavía su fe, la oposición al matrimonio homosexual, sinceramente, no debería ser religiosa. Los matrimonios homosexuales no cuestan nada a la sociedad, por tanto, la oposición no es económica. ¿Consideran los heterosexuales casados que la banalización del matrimonio resta valor a su propio compromiso? Pero los divorcios son más numerosos entre los heterosexuales que entre los homosexuales. El debate es aún más paradójico en Estados Unidos, ya que los ciudadanos estadounidenses prefieren por lo general que el Estado se mantenga alejado de su vida, salvo en el caso del matrimonio en el que los detractores y los partidarios de la unión homosexual cuentan con el Gobierno para hacer que triunfe su causa. Es evidente que en el futuro, en Estados Unidos, así como en la mayoría de los países europeos, el matrimonio homosexual se legalizará porque, en el fondo, no se trata más que de un contrato entre adultos que consienten.
¿No se debería seguir adelante con esta lógica hasta el final? ¿Por qué debería el Estado celebrar los matrimonios? Durante mucho tiempo, en Occidente, el matrimonio fue un acuerdo civil entre familias, entre personas, como un contrato personal o un compromiso religioso. Los Estados modernos solo se inmiscuyen en el matrimonio en la medida en que, de facto y legalmente, han sustituido a las Iglesias: la sacralidad del matrimonio ha pasado de la Iglesia, o del Templo, al Ayuntamiento. Por tanto, sin duda, la legalización del matrimonio homosexual no es más que una etapa hacia el regreso al matrimonio certificado por un contrato puramente privado entre adultos consintientes. Estos contratos serán tan variados como las intenciones y el sexo de los cónyuges, siempre que su unión no perjudique a terceros. El Estado no desaparecerá totalmente, ya que controlará las externalidades, como por ejemplo los derechos de los hijos menores, ya sean biológicos o adoptados, o las cláusulas matrimoniales que vulneren el orden público. A las Iglesias les corresponderá celebrar o no los matrimonios de acuerdo con las exigencias de las religiones elegidas por los contrayentes. Así, el debate sobre el matrimonio homosexual desaparecerá a medida que el matrimonio salga del ámbito de la política.
Falta el aborto, que divide especialmente a los estadounidenses, a los polacos, a los irlandeses y, de nuevo, a los españoles. El Gobierno español no desea revisar la legalidad del aborto, sino que se plantea restringirlo para los menores. En Irlanda, en Polonia y en Estados Unidos, la intensidad de esta controversia refleja las convicciones religiosas de los cristianos, pero también un conflicto de poderes entre las Iglesias y los estados en el que el feto es un elemento espiritual y político. La situación española es más inesperada porque este país se ha vuelto poco cristiano y el aborto es legal en él desde hace 30 años. En la derecha, los partidarios que desean restablecer un derecho de supervisión de los padres sobre los menores actúan, sin duda, en conciencia («a favor de la vida»), pero también para volver a imponer una autoridad paternalista o estatal, o lo poco que queda de ella. Ahora bien, al igual que en el matrimonio homosexual, ¿en qué afectaría esto al Estado? Si el Estado moderno ha sustituido a la Iglesia, admitiremos que puede actuar en nombre de la moral, ¿pero de qué moral en unas sociedades ateas? Y si el Estado es laico y solo es un defensor de la ley, tanto el aborto como el matrimonio o la natalidad solo deberían depender de decisiones individuales. ¿Estamos a favor de la vida? Pues no abortamos y no es necesario llamar a la policía. ¿Queremos casarnos con un cónyuge de nuestro sexo? ¿Por qué razón hay que convocar al alcalde? ¿Queremos casarnos por la Iglesia? Ningún representante del Estado debería interferir.
En resumidas cuentas, es hora de que los Estados se conformen con ocuparse del orden colectivo y no de nuestras decisiones personales. ¿De qué sirve que haya un funcionario debajo de cada cama? Pero los partidarios de la izquierda y de la derecha son inconsecuentes en cuanto al papel del Estado moderno. La izquierda pide más Estado en nuestra vida laboral y menos en nuestra vida íntima; la derecha exige menos Estado en nuestra vida laboral y más en nuestras decisiones íntimas. Sería más coherente, tanto por parte de la derecha como de la izquierda, exigir a un Estado por fin desacralizado que se vuelva a centrar en sus funciones soberanas, lo más alejado posible de nuestros dormitorios.
Por Guy Sorman
Publicado en diario El País el 13 de julio de 2014

Leonidas Montes: “Guy Sorman, observador del mundo”

La figura de Guy Sorman, un ‘francés’ difundiendo los principios liberales, podría sorprender a muchos. Su último libro “Made in USA” puede llevarnos a pensar que es sólo un liberal defendiendo a los Estados Unidos. Lo cierto es que es un liberal, y francés. Lo cierto es que defiende el principio de la libertad desde una perspectiva humanista. Pero si le atrae el fenómeno americano, esto es desde la perspectiva de un agudo observador de los fenómenos sociales. A Sorman le tocó vivir y compartir los ideales del proyecto socialista, pero ha elegido defender la democracia liberal.

Como comunicador posee una pluma hábil y directa. Sus observaciones además descansan sobre una seria formación intelectual. Ahora bien, lo suyo es lo real, lo contingente. Las ideas y la discusión filosófica son parte de la teoría. Para Sorman lo importante es lo concreto: una atenta e inteligente observación de la sociedad. Este liberal francés no tiene modelos, ni acepta verdades universales. Tampoco existen recetas. Cada país desarrolla un liberalismo particular que evoluciona obedeciendo a distintos patrones sociales y culturales. Y esa diversidad, argumenta, es muy positiva. Pero la libertad individual y la democracia como el mejor camino para garantizar la tolerancia, son principios intransables. Para Sorman el libre mercado es un medio, no un fin. Si la sociedad encuentra una nueva forma para mejorar el bienestar de los más pobres, él sería el primero en aceptarla.

Por último, quiero destacar un aspecto notable de Sorman: su pensamiento está imbuido de una preocupación moral. Si China crece a mayor velocidad que la India, Sorman prefiere un país con menor crecimiento donde existe libertad. Esto lo hace un liberal clásico.

En 1944 un bebé llamado Guy Sorman, de origen judío, fue envuelto en un saco para evadir el control antisemita alemán. Su silencio lo mantuvo vivo. A Sorman, ciudadano y observador del mundo, hoy lo mantiene vivo el fenómeno del liberalismo.

Leonidas Montes / Profesor UAI

Escrito el 2005 tras visita de Guy Sorman a Chile.

Hernán Larraín: “Guy Sorman en la UAI”

La visita de Sorman a la UAI dejó varias reflexiones. Me quedo con una. El propio francés comentó cuando dejaba el país: “No entiendo por qué en Chile les preocupa tanto el liberalismo desde el punto de vista teórico. El liberalismo ya triunfo. Ahora las discusiones más trascendentes son prácticas”. El intelectual se refería a la insistencia de la inquietud en conversaciones y preguntas que le hicieron en las dos notables conferencias en que participó, en especial en la vivida con el mundo UAI. ¿Que preguntarse hoy? Sorman apuesta por el futuro de China y por la pequeña “mafia” que hoy usurpa la riqueza generada por los números orientales. Su mente está en descifrar qué condiciones permitirán en el presente/futuro recuperar la libertad de un quinto de los habitantes del planeta.

Una gran visita que dejo planteado un problema sin duda, práctico.

Hernán Larraín M. / Profesor Escuela de Gobierno, UAI

Escrito el 2005 tras visita de Guy Sorman a Chile.

Guy Sorman: “Capitalismo y Sociedad”

“No es por generosidad por lo que el panadero vende su pan al ama de casa a un precio que ésta puede permitirse, sino porque le interesa”. Así fue Como, hace dos siglos, el moralista escocés Adam Smith definía los fundamentos de la economía de mercado. Al mismo tiempo, Mandeville, un inglés de origen francés, describía con una parábola, la fábula de las abejas, lo que más adelante se revelaría como el capitalismo moderno. Según Mandeville, en la sociedad de las abejas coexisten las actitudes positivas y negativas, moralmente condenables o elogiables; pero la combinación de estos sentimientos blancos y negros da lugar a una colmena que funciona por el bien común, según un principio de armonía de intereses. En la filosofía liberal, arbotante del capitalismo, es él interés, y no los sentimientos morales, lo que produce una sociedad mejor. En esta sociedad real, el hombre no es ni bueno ni malo, es lo uno 0 lo otro, a veces ambas cosas a la vez; de este concepto pragmático o cínico de la humanidad se deriva que los liberales no se plantean jamás modificar la naturaleza humana, la toman como lo que es, y con ese material imperfecto, proponen un edificio igualmente imperfecto, pero viable. Por consiguiente, la moral no es el fundamento del capitalismo, lo que no implica que el capitalismo sea inmoral, sino todo lo contrario. En el caso de Adam Smith, el fundador, la causa de su reflexión fue la indignación suscitada por la pobreza masiva en la Europa de su tiempo;, releyéndolo hoy en día, la Inglaterra y la Francia que describe son comparables a ese Tercer Mundo en el que coexisten la extremada riqueza de la aristocracia y la indigencia absoluta del pueblo. El poner remedio a esta diferencia y sacar a la masa de la pobreza fue lo que llevó a Adam. Smith y a todos los economistas liberales desde entonces a preconizar la economía de mercado: el comercio libre, la división del trabajo, la propiedad privada, el derecho a crear empresas, la reglamentación del mercado por parte de un Estado previsible, son otros instrumentos que no enriquecen tanto a los ricos, pero que aportan a los más pobres los bienes de que sólo disfrutaba una ínfima minoría. La prueba experimental de la exactitud de este razonamiento se lee en la historia real del capitalismo: un acaudalado contemporáneo no vive mejor que un aristócrata del siglo XVIII, pero la suerte de los humildes ha mejorado drásticamente. Según este criterio objetivo, los capitalistas no son necesariamente morales, pero el capitalismo, por sus resultados económicos y sociales, parece el más moral de los sistemas que existen.La historia de los orígenes del capitalismo revela hasta qué punto estaba bien fundada la intuición teórica de Mandeville y Adam Smith, así como la de los fisiócratas y Turgot. Los fundadores de las grandes dinastías capitalistas, desde el siglo XVIII hasta nuestros días, no estuvieron movidos por un sentimiento moral, sitio por un ansia de acumulación primitiva del capital: muchas grandes empresas surgieron de la piratería, el comercio de esclavos, la explotación en todas sus formas, el contrabando, el mercado negro, el tráfico de influencias o el narcotráfico. Surcouf fue uno de los primeros capitalistas franceses; la esclavitud hizo la fortuna de los primeros negociantes de Nantes; no fue casualidad que se apodara a los grandes empresarios americanos del siglo XIX los barones del robo; la piratería fue determinante en el origen de los grupos industriales japoneses; sin el mercado negro, sin la guerra de Corea primero y la guerra de Vietnam después, el capitalismo coreano y taiwanés no sería tan próspero; las guerras del Imperio hicieron la fortuna de los Rothschild, por no remontarnos a los Fuger, primeros capitalistas de Europa Central por haber financiado las guerras de Carlos V. Pero de esos dudosos orígenes surgieron empresas respetables, que creaban riquezas, empleo, progreso: al padre pirata seguía a menudo un hijo formado en universidades, y la generación siguiente legitimaba retroactivamente la fortuna familiar o empresarial con alguna fundación cultural.

Esto lleva a ver con nuevos ojos la posible expansión del capitalismo en tierras vírgenes como Polonia, Rusia, Turquía, Colombia. En el mundo ex comunista hay apparátchiki que se reconvierten en empresarios capitalistas, mafiosos que blanquean los fondos del crimen o de la droga aprovechando las privatizaciones; en ‘ Turquía, en América Latina, se construyen industrias, pero- también hospitales y universidades, gracias al reciclaje del dinero de la droga. Condenar la reconversión de los -burócratas oficiales, de los mafiosos y de los narcotraficantes en empresarios capitalistas estaría moralmente justificado. Pero ¿no sería económicamente desastroso? Cabe señalar que la reprobación moral viene de Occidente, pero que los Gobiernos de estas naciones de capitalismo incipiente no han adoptado una postura ética, sino pragmática. Nuestro paradójico elogio del capitalismo moral, a pesar de sus fundamentos inmorales, parece estar en conflicto con la tesis generalmente admitida de Max Weber y de todos los culturalistas que se reconocen como tales. Pero ¿se ha leído bien a Max Weber? El sociólogo alemán no- pretende que los primeros capitalistas fueran seres morales: los describe más bien como ansiosos. En La ética protestante y el espíritu del capitalismo, Weber afirma que es de la ansiedad del calvinista, derivada del temor a la no elección divina, de donde surge el deseo de acumulación de’ riquezas. Si el empresario logra llevar a cabo con éxito esta acumulación, ello le asegura su elección. El primer capitalista weberiano parece pertenecer más, en este cuadro casi clínico, al psicoanálisis que a la sociología. Max Weber, que conocía perfectamente los orígenes del capitalismo, no santificaba en absoluto a los empresarios, tan sólo intentaba comprender sus motivaciones profundas, que s urgen de una preocupación ética, sin que por eso su comportamiento sea necesariamente ético, al tiempo que conducen hacia un sistema moralmente respetable. La angustia metafísica que conduce al deseo de acumulación capitalista no es, por tanto, necesariamente moral, aunque la sociedad que la acoge pretenda ser moralizadora. Max Weber no contradice a Mandeville; su error está en otra parte, como demuestra el surgimiento del capitalismo fuera del mundo protestante. El confucianismo en Asia, el islam en Turquía, el catolicismo en España o en Quebec, no han impedido, frente a lo que profetizaba Weber, la universalización del capitalismo. Sin duda, la ansiedad metafisica que conduce a la acumulación primitiva no es propia de una religión, sino consustancial a la naturaleza humana; o bien la inmoralidad del empresario primitivo se encuentra en todas las culturas desde el instante en que las circunstancias políticas y económicas permiten que el deseo se desarrolle, se manifieste.

Hasta aquí hemos razonado como si el capitalismo fuera moral no en sus fundamentos, sino en su evolución. ¿Son morales el paro, la marginación, las desigualdades sociales que tienen lugar en el capitalismo? Evidentemente, no. Pero no es tamos en el mundo de lo absoluto; de todos los sistemas rea les experimentados hasta la fe cha por la humanidad contemporánea, el capitalismo es el más progresista. Y en la vida real, el progreso equivale a la moralida& En las sociedades capitalistas, la mayoría de los hombres viven más tiempo y mejor que en cualquier otra organización. A la inversa, una de las señales más proféticas de la caída del socialismo real fue la reducción media de la esperanza de vida en los años sesenta, sin tener siquiera en cuenta los crímenes del gulag. Por supuesto, el progreso no es la felicidad, aunque haya algunos bardos del capitalismo que consideran que, aunque la perspectiva de conservar a sus hijos vivos en lugar de verlos morir tal vez no dé a una madre la felicidad, reduce ciertamente su desgracia. Por supuesto, la moralidad relativa y los progresos debidos al capitalismo no pueden excluir que éste sea puesto en cuestión. Precisamente porque el capitalismo se ha vuelto dominante, es incluso imperativo criticarlo. Precisamente porque tiende a eliminar la pobreza y su única legitimidad es su éxito material, todo rastro de pobreza en una sociedad capitalista es moralmente condenable.

Por otra parte, esta crítica moral realizada desde dentro del capitalismo no lo perjudica; la experiencia muestra que la vitalidad del mercadose beneficia de su impugnación y a veces hasta ayuda a potenciarla. El moralista en la sociedad capitalista es rentable, el artista contestatario produce cuadros que se comercializan, los medios de comunicación transforman la violencia en objeto de consumo. ¿Hasta dónde? Algunos economistas, seguidores de Schumpeter, temían que el capitalismo muriera por causa de su imperfección moral, por su legitimidad restringida, por la crítica permanente de las élites intelectuales reacias al materialismo, en busca de mitos o de utopías que el mercado no produce. Ciertamente, el capitalismo desaparecerá algún día, como toda institución humana inscrita en la historia. Podría morir por su ineficacia si, por ejemplo, una crisis económica en el capitalismo se convirtiera en una crisis del capitalismo.

Más probable sería que muriera por la competencia de mitos más poderosos para el espíritu humano que la libertad o el progreso. Según esta hipótesis que esbozan los movimientos fundamentalistas, el progreso se interrumpiría -cosa que ha sucedido a menudo en la historia- y la vida se abreviaría; los moralistas podrían entonces soñar con el capitalismo como con una edad de oro perdida. Tal vez fuera ése su último triunfo: la redención mediante la desaparición.

Publicado en: El País el 19 de enero de 1994.

Guy Sorman: “La familia es filantropía a pequeña escala”

El periodista y pensador francés publica en España «El corazón americano», un análisis del papel de la filantropía en EE.UU.

Guy Sorman (París, 1944) parece un hombre feliz. Atildado, con chaqueta de tweed, calcetines a juego, camisa de cuello Mao pero con rayas ilustradas, sin corbata, con un pañuelo rojo asomando del bolsillo del pecho como una llamarada inocua, y zapatos de hebilla, de burgués gentilhombre, amante de la lectura y de la inteligencia, sonríe con facilidad, escucha con atención y mira a los ojos con genuino interés. Nos recibe en uno de los salones de la impresionante residencia del embajador francés en la capital de España, en uno de los triángulos más amables de Madrid, entre Serrano y López de Hoyos, palace sitiado por plátanos bien podados. Acaba de publicar «El corazón americano», un ameno ensayo sobre la filantropía, que hubiera merecido de la editorial Debate ser retraducido de su –a menudo insólita, por no hacer sangre– versión argentina. Economista y filósofo que pasa el tiempo entre Francia y Estados Unidos, le gusta definirse como periodista. Su curiosidad es tan insaciable como su liberalismo, como da buena cuenta en sus siempre ponderadas quintas de los lunes en ABC, «Diario de un optimista», que podría inscribir en su escudo de armas si lo tuviera. Tratando de huir del debate enconado entre el Estado y el mercado, propone poner sobre la mesa al que llama «tercer sector», la filantropía, y subraya:«No debemos olvidar que España sobrevivió a la crisis gracias a la familia, y la familia es ese tercer sector. La familia es filantropía a pequeña escala».

—¿Sigue siendo Alexis de Tocqueville su guía y maestro?
—Sí, sí, porque era un hombre muy modesto que no intentaba imponer su visión del mundo. Es exactamente lo contrario de Marx, o Engels, que venían con una visión del mundo y los hechos eran utilizados para confirmar su ideología. Tocqueville no tenía ideología, él comenzó observando hechos y desde luego para mí fue siempre un modelo, porque como él viajo mucho, hablo con mucha gente, y siempre trato de escuchar y de entender a la gente que no está de acuerdo conmigo, por qué son diferentes. Tocqueville nunca pretendía tener razón. No pretendía ser un representante de la verdad. Por eso su metodología sigue siendo para mí muy inspiradora. Sin embargo hay una gran diferencia entre él y yo: Tocqueville era muy pesimista, y yo soy muy optimista. Es mi elección. Era pesimista porque pertenecía a la vieja aristocracia francesa, y porque veía que Francia se iba volviendo más y más autoritaria, y veía que el país se deslizaba hacia una dictadura, aunque no usara esa palabra. Sin embargo yo creo que podemos escaparnos de este tipo de pesimismo. Acerca del papel de maestro podría decir que en ese sentido Milton Friedman jugó un papel mucho más importante en mi vida. Fue él quien hizo de mí un optimista. Y no conviene olvidar que la tradición francesa es fundamentalmente pesimista. Yo siempre tuve muchos encontronazos con Raymond Aron acerca de eso, sobre todo cuando me decía «tus textos están bien, pero tu optimismo está completamente equivocado».

—Usted parece un tipo raro de francés, sobre todo a causa de su devoción por Estados Unidos. ¿Dónde son mejor acogidas sus ideas, en Estados Unidos o en Francia?
—Bueno, en Estados Unidos yo estoy en el centro. Cuando publico allí me ven como alguien que es partidario de la democracia y del libre mercado, está a favor de la diversidad… No estoy solo. Allí a algunos les sorprende que un francés defienda estas posiciones, pero allí desde luego yo no soy un conservador, ni apruebo la influencia de los grupos de presión religiosos. Pero no soy nada nuevo, se me puede incorporar a un amplio sector de gente. En Francia es muy diferente, porque aunque siempre ha existido una corriente liberal (usted ha mencionado a Tocqueville, pero ahí estarían también Jean-François Revel, o Raymond Aron), siempre hemos sido una minoría, aunque puedo decir que influyente, a la que se suele recurrir en caso de crisis. Puede que seamos marginales desde el punto de vista político, pero no desde el punto de vista intelectual. Me siento parte de una tradición que arranca en el siglo XVIII. Cuando publiqué «La solución liberal», que también se editó en España, apareció una viñeta en «Le Monde» en la que se veía al presidente Mitterrand oculto tras su sombrero entrando en una librería y diciendo: «Quiero el libro de Sorman, pero no se lo diga a nadie». Sin embargo siempre he estado en contra de militar en un partido liberal.

—¿Cómo podría Europa evitar su destino de convertirse en un museo del arte y la historia, como temen poetas como Adam Zagajewski?
—Tengo la sensación de que nos encontramos en un momento decisivo en el que muchos políticos, economistas y empresarios son conscientes de que, si no reaccionamos, corremos el riesgo de convertirnos en un museo. Sin embargo veo algunos signos positivos. La izquierda ha dejado de ser socialista, y también ve la importancia de los pequeños negocios. Durante años he estado yo también escribiendo acerca del declive, del peligro de que Europa se convirtiera en la Disneylandia del mundo, pero, aunque lo que escribía era real, se ve ahora un cambio en el estado de ánimo, y también nuevas circunstancias en el horizonte. Por ejemplo, algo de lo que escribí en ABC: lo que respecta al número de patentes que se registran en el mundo. En primer lugar está Estados Unidos, seguido de Japón y Europa, lo cual quiere decir que todavía tenemos resortes intelectuales y capacidad de innovar. El problema es cómo traduces esta innovación en verdadero desarrollo económico. Por eso veo una nueva conciencia de que se pueden hacer cosas, y España es la prueba de ello. España no es Grecia. Grecia se niega a ver la realidad. El actual gobierno español se dio cuenta de que era necesario actuar, intervenir para cambiar el curso de las cosas. Y lo mismo se puede decir de Francia, y sobre todo de la Alemania de Angela Merkel.

—¿Por qué decidió investigar y escribir un libro como este, «El corazón americano», justo ahora?
—El libro tiene mucho que ver con el hecho de que yo viva parte de mi tiempo en Estados Unidos. Cuando vives allí te das cuenta de que la verdadera democracia no está apoyada en dos columnas, Estado y mercado, sino en tres: Estado, mercado y sociedad civil. Y la sociedad civil se expresa a sí misma a través de la filantropía, de las organizaciones sin ánimo de lucro. Cada vez estoy más convencido de que lo que es verdadero para Estados Unidos lo puede ser para cualquier parte. Porque en Europa hemos descubierto que tenemos un grave problema de pobreza, pago por la cultura, cuidado de los necesitados, y mucha gente, millones de personas, tienen o tiempo o dinero. Cuando los medios hablan de filantropía en Estados Unidos suelen poner el foco en la Fundación Gates, o en Soros. Pero apenas representan el 5 por ciento de la filantropía global. Lo que descubrí cuando escribía el libro es que ocurre lo mismo en Europa. Pero en Europa buena parte de esa tarea la asumía la Iglesia católica, y con el avance de los ideales socialistas en el siglo XIX organizaciones sin ánimo de lucro y el voluntariado fueron dejados de lado. Ahora volvemos a descubrir que las empresas y el Estado no pueden resolver todos los problemas, porque no sabemos cuál es la solución, como por ejemplo la drogadicción. Nadie sabe qué hacer. Pero probar y equivocarse es el campo de la filantropía.El gobierno, por definición, no puede cometer errores, y si una empresa comete errores, desaparece. Como suele decir George Soros, si no fracasamos quiere decir que no lo hemos intentado. Creo que estamos ahora descubriendo la necesidad de lo que llamo el tercer pilar, o la tercera columna. Esta noción que supone la resurrección de la filantropía es más interesante que el debate entre el Estado y el mercado.

—Como por otra parte figura en la portada de su libro, «ni el Estado, ni el mercado: la opción filantrópica».
—Exacto. Nunca sabes dónde está la línea, dónde acaba el debate. Traigamos a otro sector al debate. No debemos olvidar que España sobrevivió a la crisis gracias a la familia, y la familia es ese tercer sector. La familia es filantropía a pequeña escala.

—¿No podría verse la filantropía como una prueba del lado oscuro del capitalismo, de mala conciencia?
—No. No creo que el capitalismo sea oscuro.

—Pero tiene lados oscuros.
—¿Y qué decir entonces del Estado? El gobierno puede ser incluso más oscuro. No diría que es mala conciencia, es algo totalmente diferente. Puedes decir que viene del corazón, que es una suerte de narcisismo, o de la presión social, o de la religión. Los orígenes éticos de la filantropía son muy diversos. Pero mi punto de vista es: «no me importa». ¿Por qué Bill Gates da dinero? Me da igual. Lo que me interesa es saber qué hace con el dinero, a qué lo dedica.La filantropía, como el capitalismo, debe ser analizado por sus consecuencias, por sus efectos. No se trata de un juicio ético. El tercer sector tienen un papel distinto, pero no hay que caer en interpretaciones psicologistas o psicoanalíticas para analizar sus razones.

—Pero por otra parte, ¿no representan algunas ONG el fracaso del Estado?
—Yo no hablaría tanto de fracaso como de límites. Creo que el error de la gente que aman el gobierno o el capitalismo es esperar demasiado de ambos. El capitalismo está ahí para producir bienes y servicios, no esperas de una compañía que sea ética, aunque debería respetar a sus empleados y la ley. Pero el papel de las empresas es fabricar bienes que puedan ser adquiridos. Y el papel del gobierno es proporcionar otra clase de bienes y servicios que el sector privado no puede proporcionar, como justicia o defensa. Y el tecer sector ha de ocuparse de lo que los dos anteriores no puede producir. Son diferentes funciones y papeles.

—¿En la noche de su corazón liberal comparte consigo mismo alguna duda acerca del capitalismo liberal y el futuro de la vida en la Tierra?
—[Se ríe] No, si tuviera dudas dejaría de escribir. Pero no tengo dudas si examino mi propia vida y mis razones vitales. Ya he dejado de ser joven, pero puedo recordar cuando yo nací, en 1944: Europa estaba dividida en dos, entre el comunismo y el capitalismo, estábamos amenazados por la Unión Soviética, y pasábamos el tiempo con estúpidos debates sobre si el sistema socialista era más eficaz que el capitalista. Pero no teníamos televisión, ni teléfono, ni antibióticos, ni calefacción central. Iba en bicicleta a la escuela y tenía que recorrer diez kilómetros. He visto cómo hemos progresado, aumentar la esperanza de vida. Y esto no ha ocurrido por accidente. Ocurrió porque la gente pensó que la Unión Europea era buena, y que el libre mercado y la democracia eran mejores que el sistema socialista. Todos somos prisioneros de nuestro tiempo, y nuestra identidad está determinada por el tiempo en que vivimos. Usted cree que es español, yo creo que soy francés. Gran error. Ambos pertencemos a nuestro tiempo, somos prisioneros de nuestra época, de lo que somos, de lo que escribimos, de lo que vemos. Derrida solía decir que el autor no escribe, es su época la que escribe a través del autor. Y creo que hay algo muy profundo en lo que Derrida dice.

—¿Le gusta este Papa y lo que está diciendo?
—No soy católico, y me siento alejado de su pensamiento. Si fuera católico sería diferente. Pero observo lo que dice desde la distancia, desde fuera, y le juzgo por lo que hace y por lo que dice. Cuando dice que la mayor preocupación de la Iglesia es cuidar de los pobres estoy de acuerdo, lo apruebo. Es uno de los grandes papeles de la Iglesia. Pero cuando empieza a hablar de problemas globales, como cuál es el mejor sistema económico o el calentamiento global, él no sabe más que otros. Puede ser el Papa, pero no conocer los temas. Creo que el Papa no es prisionero del tiempo, sino de su época en Buenos Aires. El Papa se sirve del típico lenguaje de la izquierda y de los jesuitas en Buenos Aires. En guerra con el Opus Dei (el Opus Dei era partidario del mercado y los jesuitas estaban en contra), creo que todo su pensamiento social está basado en una experiencia limitada y en un conocimiento limitado, fruto de lo que vivió en Argentina, que nunca ha sido un mercado libre. El Papa creía que vivía en un mercado libre y no es así, vivió en una economía mafiosa, que es algo totalmente distinto.

—En su «Carta de Singapur» [publicada ayer en ABC], escribe, una vez más, acerca de democracia y desarrollo. ¿Es el caso particular de Singapur una lección contra el uso de la ideología para entender la realidad, como la prensa hace con demasiada frecuencia?
—Singapur es una historia embarazosa. Cito a Milton Friedman, porque él solía decir que no es un Estado, es un asunto familiar. Me he entrevistado en varias ocasiones con Lee Kuan Yew [el longevo jefe de gobierno, fallecido recientemente], y también con su hijo, Lee Hsien Loong [el actual jefe de gobierno]. Cuando le planteé la pregunta de si eran un negocio familiar me contestaba que era un Estado de verdad: tenemos Ejército, un Ministerio de Asuntos Exteriores… Es en parte un asunto familiar, porque el país está básicamente bajo protección de Estados Unidos. Pero también es cierto que se trata de un caso insólito de despotismo ilustrado y mercado libre. El problema con el despotismo ilustrado es cómo encuentras al déspota, que en la mayor parte de los casos no son en absoluto ilustrados. Lee Kuan Yew no murió siendo el líder del país, sino que se retiró antes. Es un modelo, sobre todo desde el punto de vista económico, pero también de imperio de la ley. Hay que tener en cuenta de que también es un país muy pequeño, lo cual marca la diferencia. Lo que se debe hacer es estudiar caso por caso, y distinguir entre experiencia y modelo, y Singapur es una experiencia.

—El tiempo está dando más crédito a Camus que a Sartre. ¿Cómo de grande fue la influencia de cada uno de ellos en su educación política?
—Sartre nunca tuvo ninguna influencia ne mí, sobre todo porque nunca conseguí entender muy bien de qué estaba hablando. Era un experto en manipular conceptos, pero tengo dos problemas con Sartre: primero con los conceptos, cuando los conceptos solo son conceptos y no puedes establecer ningún vínculo entre ellos y la realidad. El segundo tiene que ver con su vida personal, que no tiene nada que ver con su filosofía. De alguna manera a Sartre cabe encuadrarlo en la tradición platónica. Él pensaba que hay una élite de filósofos, y que esta élite define los conceptos y tiene todos los derechos. Y la gente tiene que seguirlos. Yo siempre me he sentido francamente incómodo ante la nada democrática dimensión de la filosofía sartriana. De esto no se suele hablar, se suele describir siempre a Sartre como un héroe revolucinario. Lo que él amaba sobre todo en la revolución era la magia de la revolución. Recuerdo una converasción con Sartre sobre la Revolución Cultural en China. Yo estuve en China y le pregunté qué es lo que le gustaba de la Revolución Cultural, y me dijo que la música y los colores. Era una estética de la revolución. Tú solo puedes apreciar ese aspecto de la revolución si estás en la cima y no sufres el impacto directo de lo que la revolución supone. Yo nunca he aceptado este comportamiento antiético.

—Muy cínico.
—Muy cínico, muy a-ético. Es la tradición platónica.

—¿Y Camus?
—Camus fue una gran influencia desde el comienzo. Es extraño, pero cuando murió yo era muy joven y cuando sufrió el accidente que acabó con su vida lo sentí como si se me hubiera muerto alguien de la familia. Fue un asunto personal.

—El título de su columna semanal en ABC es «Diario de un optimista». ¿Es ese el principal rasgo de su carácter?

—Tienes que elegir algo, tienes que buscar un título… No diría que es un rasgo de mi carácter, sino que se trata de una elección intelectual. Porque trato de contemplar el mundo como el mundo es. Creo que las razones para el optimismo son mayores que las razones para el pesimismo. La gente dirá que hay guerra, plagas, quizá calentamiento global, que todo ha ido mal con las primaveras árabes… De acuerdo, pero yo pongo las luces largas y creo que hay razones para el optimismo, hay más gente con buena formación, hay más Estado bienestar, mayor esperanza de vida… Creo que hay una inmensa capacidad de innovación. Adopto el optimismo como una estrategia.

—¿Está preocupado por la muerte, y por la vida después de la muerte?
—No. La vida es vida, y este es el fin de ella.

—¿Quién es Guy Sorman?
—[Se ríe, como ante buena parte de las preguntas. Guy Sorman es un hombre bienhumorado] Ah, eso tendría que preguntárselo a mi mujer. Ella me conoce bien. Yo nunca me he hecho a mí mismo esa pregunta. [Se lo piensa unos instantes] Yo siempre he querido ser honesto. Nunca he escrito nada por otras razones que por razones intelectuales. Si escribo y si hablo en público es porque he hecho mis deberes, he investigado el tema. Nunca he inventado hechos, siempre he sido riguroso, y digo lo que creo, no lo que es verdadero sino real desde mi punto de vista. Y esta siempre ha sido mi manera de proceder. Nunca he escrito una sola palabra para ser popular, famoso, o para conseguir poder. Mi línea de conducta ha sido siempre ser honesto intelectualmente conmigo mismo, para poder mirarme en el espejo cada mañana y poder decir lo que has dicho, lo que has escrito, lo que has hecho sea entre tus familiares, tus amigos o ante el mundo ha sido siempre coherente, sin haber inventado nunca hechos, ni haber pretendido ser el que no eres…

—Perfecto, tanto para lectores como para periodistas.
—Básicamente, soy un periodista. No pretendo ser otra cosa. Lo que hago es lo que hacen los periodistas: fijarse en los hechos, escuchar a la gente y luego tratar de contarlo de la manera que lo pueda entender cualquiera.

Publicado en: www.abc.es el 04 de abril de 2015.