Yoani Sánchez: “El día que estalló la paz”

“¡Estalló la paz!”, se le oyó decir a un viejo maestro el mismo día en que Barack Obama y Raúl Castro informaron del restablecimiento de relaciones entre Cuba y Estados Unidos. La frase recogía el simbolismo de un momento que tuvo todas las connotaciones del armisticio alcanzado después de una larga guerra.

Tres meses después de aquel 17 de diciembre, en Cuba los soldados de la concluida contienda no saben si deponer las armas, brindar con el enemigo o reprocharle al Gobierno tantas décadas de inútil conflagración. Cada cual vive el alto al fuego a su manera, pero una indeleble marca temporal ya se ha establecido en la historia de la isla. Los niños nacidos en las últimas semanas estudiarán el conflicto con el vecino del Norte en los libros de texto y no lo tendrán como centro de la propaganda ideológica de cada día. Esa es una gran diferencia. Hasta la bandera de barras y estrellas ha ondeado estos días en La Habana, sin que el fuego revolucionario la haya hecho arder en la hoguera de algún acto antiimperialista.

Para millones de personas en el mundo, este es un capítulo que pone fin al último vestigio de la Guerra Fría, pero para los cubanos es una interrogante aún sin resolver. La realidad va más despacio que los titulares de prensa desatados por el acuerdo entre David y Goliat, pues todavía los efectos del nuevo talante diplomático no se han notado sobre los platos, en los bolsillos ni en la ampliación de las libertades ciudadanas.

Vivimos entre dos velocidades, latimos en dos diferentes frecuencias de onda. Por un lado, la lenta cotidianidad de un país atorado en el siglo XX, y por otro, la prisa que parece dispuesto a imprimirle a todo el proceso el gigante del Norte. Las medidas aprobadas el 16 de enero pasado, que flexibilizaban el envío de remesas, los viajes a la isla o la colaboración en telecomunicaciones y muchos otros sectores, dan la idea de que la Administración de Obama parece dispuesta a seguir rindiendo al contendiente a fuerza de ofrecimientos. Obligarlo a izar la discreta bandera blanca de la conveniencia material y económica.

La sensación de que todo puede acelerarse ha hecho que dentro de Cuba algunos reevalúen el precio del metro cuadrado de sus viviendas, otros proyecten dónde se ubicará el primer Apple Store que se abrirá en La Habana y no pocos comiencen a vislumbrar la silueta de un ferri que unirá la isla con Florida. Las ilusiones no han hecho, sin embargo, que se detenga el flujo migratorio. “¿Para qué voy a esperar que los yumas lleguen aquí, si yo puedo ir a conocerlos allá?”, decía pícaramente un joven que a finales de enero aguardaba en la fila para una visa de reunificación familiar a las afueras del consulado de Estados Unidos en la capital cubana.

El temor a que durante el restablecimiento de relaciones pueda derogarse la Ley de Ajuste cubano, aprobada por el Congreso estado­unidense en 1966 y que ofrece considerables beneficios migratorios a los cubanos, ha multiplicado las salidas ilegales. Quienes no quieren partir, se aprestan a sacarle ventaja al nuevo escenario.

Si hace unos años la fiebre migratoria hizo a miles de compatriotas desempolvar sus ancestros españoles en aras de obtener un pasaporte comunitario, ahora el que tenga algún pariente en Estados Unidos se siente con ventaja en la carrera por la Cuba futura. De allí puede venir no solo el ansiado alivio económico, piensan muchos, sino también la necesaria apertura política. A falta de una rebeldía popular que obligue al cambio de sistema, los cubanos vuelven a poner sus esperanzas en las transformaciones condicionadas desde afuera. Ironías de la vida, en un país cuyo discurso público se ha apoyado tanto en la soberanía nacional.

Quienes han tenido más dificultad para tramitar lo sucedido son aquellos cuya vida y energías giraron alrededor del diferendo. Los más recalcitrantes militantes del Partido Comunista sienten que Raúl Castro los ha traicionado. Dieciocho meses de conversaciones secretas con el adversario es demasiado tiempo para quienes en sus centros laborales estigmatizaron a un colega porque se carteó con un hermano que vivía en Miami o porque gustaba de la música norteamericana.

A las afueras de la Sección de Intereses de Estados Unidos en La Habana (SINA, por sus siglas en inglés), el oficialismo no ha vuelto a colocar aquellas feas banderas negras que se interponían entre las ansiosas miradas de los cubanos y el protegido edificio. Nadie puede ubicar siquiera el momento en que se retiró la valla que a pocos metros de allí alardeaba: “Señores imperialistas, no les tenemos absolutamente ningún miedo”. Hasta la programación televisiva se percibe un tanto vacía, ahora que los presentadores no tienen que dedicar largos minutos a emprenderla contra Obama y la Casa Blanca.

Miriam, una de los periodistas independientes que vapulea a la televisión oficial, se pregunta si ahora ya no satanizarán a nadie por acercarse a diplomáticos norteamericanos o por traspasar el umbral de la temida –pero seductora– SINA. Muchos se cuestionan lo mismo después de ver a funcionarios cubanos, como Josefina Vidal, sonriendo a Roberta Jacobson, secretaria de Estado adjunta para Asuntos del Hemisferio Occidental. El mito de la discordancia se ha quebrado.

En una casa de la barriada del Cerro, donde han abierto un punto de ventas de pizzas, un hombre de unos 50 años apagó el radio nada más escuchar el discurso de Raúl Castro aquel miércoles. Chasqueó la lengua con molestia y le gritó a su mujer: “¡Mira tú, después que nos jodieron tanto!”. Santiago, que así se llama, no pudo graduarse de médico porque toda su familia se fue por el Puerto del Mariel en 1980 y él fue declarado “no confiable”. Aunque desde mediados de los noventa retomó el contacto con sus hermanos exiliados, no deja de sentirse incómodo porque ahora se aplaude lo que antes estuvo prohibido.

Veinticuatro horas después de aquel histórico anuncio, los alrededores del capitalino parque de la Fraternidad eran un hormiguero. Ahí convergen los viejos autos norteamericanos que recorren La Habana como taxis colectivos. El dueño de un Chevrolet de 1954 pontificaba en una esquina que ahora “los precios de estos carros se van a disparar”. De seguro, concluía el hombre, “los yumas van a comprar esta chatarra como pieza de museo”. Un país a remate aguarda por los amplios bolsillos de los que hasta ayer eran sus rivales.

Esa sensación de que EE UU salvará a la isla de las penurias económicas y el desabastecimiento crónico apuntala una ilusión a la que se aferran millones de cubanos.

Hemos pasado de ¡Yankee go home! a ¡Yankee welcome!.

Cuanto más negro pintaba la propaganda oficial el panorama en EE UU, más ayudaba a fomentar el interés por ese país. Cada intento de provocar rechazo hacia el poderoso vecino trajo su cuota de fascinación. Entre los más jóvenes ese sentimiento ha crecido en los últimos años, apoyado también por la entrada al país de producciones audiovisuales y musicales que ensalzan el modo de vida norteamericano. “A veces para molestar a mi abuelo me pongo este pañuelo con la bandera de Estados Unidos”, confiesa Brandon, un adolescente que los fines de semana espera las madrugadas sentado en algún banco de la calle G. Alrededor de él, una fauna de emos, rockeros, frikis a destiempo y hasta imitadores de vampiros se juntan para conversar en voz alta y cantar a coro. Para muchos de ellos, sus sueños parecen más cercanos de concretarse después del abrazo entre la Casa Blanca y la Plaza de la Revolución.

“Tenemos un grupo de jugadores de Dota 2”, cuenta Brandon sobre su pasatiempo favorito, un videojuego que causa furor en Cuba. Él y sus colegas llevaban meses preparándose para un torneo nacional, pero después del 17 de diciembre han empezado a soñar en grande. “El campeonato internacional será en el mes de agosto en Seattle, ­Washington, así que ahora quizá podamos participar”. El año pasado, el equipo de China se coronó campeón, por lo que los gamers cubanos no pierden la esperanza.

El primer usuario de Netflix en Cuba fue un extranjero, un diplomático europeo que corrió a hacerse una cuenta en el reconocido servicio de streaming nada más saber que ya era posible. Costeó una tarifa de apenas 7,99 dólares mensuales, pero el ancho de banda necesario para reproducir vídeo lo obligó a pagarle a la Empresa de Telecomunicaciones de Cuba otros 380 dólares al mes por una conexión a Internet. Ahora disfruta en su mansión del Netflix más caro del mundo.

Partidos de béisbol con equipos de las grandes ligas; célebres bandas de rock que llegan a la isla; tarjetas MasterCard que funcionan en los cajeros de todo el país; empresas de telecomunicaciones que establecen llamadas directas desde EE UU; granjeros colorados dispuestos a ofrecer insumos a los atribulados guajiros cubanos; presentadores de televisión made in USA que vienen a filmar sus shows en las calles habaneras, y atractivas modelos –con varios escándalos sobre los hombros– que se hacen un selfie con el primogénito de Fidel Castro. Cuba cambia a la velocidad de una jicotea que vuela agarrada a las patas de un águila.

A pesar de todo, la Plaza de la Revolución no quiere hacer notar su fracaso y ha rodeado el restablecimiento de relaciones con Estados Unidos con una aureola de victoria. Dice haber ganado el pulso sostenido por más de cinco décadas, pero lo cierto es que ha perdido la más importante de sus batallas. No importa que la derrota se enmascare ahora con frases fanfarronas y alardes de tenerlo todo bajo control; como dice un hastiado santiaguero, “después de tanto nadar han terminado por ahogarse en la orilla”. En busca de esa imagen de control, Raúl Castro no ha disminuido la represión contra disidentes, que en febrero alcanzó la cifra de 492 arrestos arbitrarios. El castrismo tiende su mano hacia la Casa Blanca, mientras mantiene la bota presionada sobre los inconformes del patio.

No obstante, la desproporción de fuerzas para la negociación entre ambos Gobiernos se ha hecho notar incluso en los chistes populares. “¿Sabes que EE UU y Cuba volvieron a romper relaciones?”, le espetaban burlonamente a los incautos en diciembre. Ante un incrédulo “¿Noooo?”, respondían con cara muy seria: “Sí, Obama se molestó porque Raúl lo llamó por teléfono a pagar allá”. Toda la indigencia material de nuestra nación contenida en esa frase.

Ahora bien, para que nadie vaya a creerse que el castrismo terminará aplastado ante los McDonald’s y los Star­bucks, la propaganda oficial reaviva de vez en cuando un antiimperialismo de cartón que ya no convence a nadie. Como en el altisonante discurso de Raúl Castro ante la III Cumbre de la CELAC en Costa Rica, en el que ponía duras exigencias para el restablecimiento de relaciones con Washington. Pura fanfarria. O como el último mensaje de Fidel Castro a Nicolás Maduro, brindándole su apoyo “frente a los brutales planes del Gobierno de EE UU”. O como los llamamientos a defender la Revolución “ante el enemigo que intenta nuevos métodos de subversión”.

Lo cierto es que aquel día de San Lázaro, la diplomacia, el azar y hasta el venerado santo milagroso se ocuparon de las llagas del país. Habíamos necesitado medio siglo de doloroso caminar de rodillas por el asfalto de la confrontación para que nos llegara un poco del bálsamo del entendimiento. Nada está solucionado todavía y todo el proceso para la tregua es precario y lento, pero aquel 17 de diciembre el alto el fuego llegó para millones de cubanos que solo habíamos conocido la trinchera.

Publicado en El País

Yoani Sánchez: “¿Llegó el día D?”

Hoy, ha sido una de esas jornadas que imaginamos de mil maneras, pero nunca como sucedió finalmente. Uno se prepara para una fecha en que pueda celebrar el fin, abrazar a los amigos que regresan, batir una banderita en plena calle, pero el día D se tarda. En su lugar, llegan fragmentados los sucesos, un avance aquí, una pérdida allá. Sin gritos de “viva Cuba libre”, ni botellas descorchadas. La vida nos escamotea ese punto de inflexión que guardaríamos para siempre en el calendario.

El anuncio por parte de los gobiernos de Cuba y Estados Unidos de un restablecimiento de las relaciones diplomáticas nos sorprende en medio de señales que apuntaban hacia la dirección contraria y también de un desgaste de las esperanzas. Raúl Castro acababa de aplazar la tercera ronda del diálogo con la Unión Europea programada para el próximo mes y el pasado 10 de diciembre las represión se había cebado sobre los activistas, como cada Día Internacional de los Derechos Humanos.

La primera sorpresa fue que en medio de la bravuconearía oficial, de cierta vuelta de tuerca ideológica, que se expresaba en llamados a redoblar la guardia contra el enemigo, desde hacía 18 meses la Plaza de la Revolución estaba en conversaciones con la Casa Blanca. Una clara evidencia de que todo ese discurso de la intransigencia sólo era para las gradas. A la par que se le hacía creer a los ciudadanos de la Isla que con solo traspasar el umbral de la Oficina de Intereses de Estados Unidos en La Habana se convertían en traidores a la patria, los gobernantes de verdeolivo pactaban acuerdos con el Tío Sam. ¡Dobleces de la política!

Por otro lado, tanto las declaraciones de Obama como las de Castro tuvieron el dejo de la capitulación. El presidente estadounidense anunció una larga lista de medidas flexibilizadoras para acercar ambas naciones, antes que se dieran los ansiados y muy exigidos pasos de democratización y apertura política en nuestro país. El dilema de qué debía ser primero, el gesto de La Habana o la flexibilización de Washington, acaba de ser respondido, aunque aún queda la hoja de parra del embargo norteamericano para que nadie pueda decir que la resignación ha sido completa.

Raúl Castro, por su parte, se limitó a anunciar los nuevos gestos por parte de Obama y referir el canje de Alan Gross y otros prisioneros de interés para el Gobierno norteamericano. Sin embargo, en su alocución ante las cámaras de la televisión nacional no evidenció ningún acuerdo o compromiso de la parte cubana, como no fuera el restablecimiento de las relaciones diplomáticas. La agenda del lado de allá del estrecho de la Florida la supimos al detalle pero la interna se quedó, como tantas veces, escondida y en secreto.

Aún así, a pesar de la ausencia de compromisos públicos de la parte cubana, lo de hoy fue una derrota política. Bajo el mandato de Fidel Castro nunca se hubiera llegado siquiera a perfilar un acuerdo de esta naturaleza. Porque el sistema cubano se apoya -como un de sus principales pilares- en la existencia de un contrincante permanente. David no puede vivir sin Goliat y el aparato ideológico ha descansado demasiado tiempo en ese diferendo.

¿Oigo los discursos o compro el pescado?

En el céntrico mercado de Carlos III, los clientes descubrieron sorprendidos que a mediodía las grandes pantallas no transmitían fútbol ni videoclips sino un discurso de Raúl Castro y posteriormente el de Obama a través de la cadena TeleSur. La primera alocución dejó cierta estupefacción, pero la segunda estuvo acompañada con besos lanzados hacia el rostro del presidente de Estados Unidos, en especial cuando mencionaba las flexibilizaciones para el envío de remesas a Cuba y el delicado tema de las telecomunicaciones. Algún que otro grito de “I Love…” se dejó oír por una esquina.

También hay que decir que la noticia tenía fuertes competidores, como la llegada a las carnicerías de mercado racionado del pescado, después de años de no aparecer. No obstante, a media tarde casi todo el mundo estaba enterado y el sentimiento compartido era de alegría, alivio, esperanza.

Sin embargo, esto apenas comienza. Falta un cronograma público con el que se logre comprometer al Gobierno cubano a seguir una secuencia de gestos a favor de la democratización y del respeto a las diferencias. Hay que aprovechar esta sinergia que han provocado ambos anuncios para arrancarle una promesa pública, que debería incluir al menos  los cuatro puntos de consenso que la sociedad civil ha ido madurando en los últimos meses.

La liberación de todos los presos políticos y de conciencia; el fin de la represión política; la ratificación de los pactos Derechos Civiles, Políticos, Económicos, Sociales y Culturales, con su consiguiente adecuación de la legalidad interna y el reconocimiento de la sociedad civil cubana dentro y fuera de la Isla. Arrancarle esos compromisos sería comenzar a desmontar el totalitarismo.

Mientras no se den pasos de esa envergadura, muchos seguiremos pensando que la fecha esperada no está cerca. Así que a guardar las banderitas, no se pueden descorchar la botellas todavía y lo mejor es seguir presionando para que finalmente llegue el día D.

Publicado en Generación Y

Yoani Sánchez: “La singularidad de Robinson Crusoe”

Un joven panameño me contó en detalles las dos semanas que pasó en La Habana, la nueva familia que lo acogió aquí y su sorpresa ante una ciudad costera con apenas barcos. Su relato se parecía al de tantos que llegan por primera vez a la Isla y van del asombro a la felicidad, pasando por la lágrima.

Sin embargo, su conclusión más pasmosa era que gracias a la desconexión que padece el país, él había podido vivir aquel tiempo sin Internet. Quince días sin enviar un correo electrónico, leer un tuit, ni preocuparse por dar un “me gusta” en Facebook. Al regresar a su país, se sentía como si hubiera estado tiempo en una clínica de desintoxicación tecnológica.

A Richard Quest, reconocido presentador del programa Business Traveller en la cadena CNN, le está ocurriendo otro tanto. Este fin de semana veíamos al periodista británico alucinando ante un Cadillac de 1959 al que clasificaba como un verdadero “salón sobre ruedas”. Amén de la belleza de un auto así y de su excelente estado de conservación, no sé si Quest es consciente de que está ante un vehículo que se conservó por la imposibilidad de su propietario de adquirir otro más moderno en un concesionario.

Robinson Crusoe, abandonado en su isla y ajeno al desarrollo del mundo, de seguro guardó muy bien algunas piezas de su barco naufragado, pero se merecía como cualquier ser humano acceder a la modernidad y al progreso.

No sé si el mundo está preparado para que nuestro país deje de ser como una postal en tonos sepias de mediados del siglo veinte. ¿Aceptará que ya no parezcamos una nación de ruinas “bellas”, gente sentada en las esquinas porque no tiene sentido trabajar por salarios tan bajos y una población sonriente ante el turista, pues entre otras razones esos extranjeros tienen la tan ansiada moneda convertible? ¿Dejará el mundo que encontremos nuestra identidad, sin aferrarnos a esta singularidad a lo Robinson Crusoe?

Dirijo tales interrogantes hacia el resto de los habitantes del planeta y no hacia el Gobierno cubano, pues ha quedado demostrado que una sociedad encerrada en la anomalía de un pasado forzado, le ha sido más fácil de controlar desde el poder. Mis temores radican en que América Latina, Estados Unidos, Europa y el resto del planeta no estén preparados para una Cuba moderna, competitiva, que mire hacia el futuro. Un país con problemas, como todos, pero sin esa pátina de años cincuenta que tanto atrae a los nostálgicos de aquella década.

Es posible dejar de ser Robinson Crusoe, pero habrá que cuestionarse si el mundo está preparado para vernos volver del naufragio.

Publicado en Generación Y

Sebastián Piñera, Jorge Edwards y Carolina Tohá estarán en el panel de conversación junto a Yoani Sánchez

El ex Presidente Sebastián Piñera será parte del panel de conversación que acompañará a Yoani Sánchez tras sus palabras en la conferencia #Cuba: La Otra Mirada. Junto a ellos, también estará invitado el Premio Nacional de Literatura, Jorge Edwards y la alcaldesa de Santiago, Carolina Tohá. Todos ellos serán moderados por el destacado periodista Héctor Soto, en lo que promete ser una interesantísima discusión sobre el estado actual de Cuba y su proyección en el siglo XXI.

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¿Qué es 14ymedio?

Fundado en mayo de 2014 por Yoani Sánchez y un grupo de periodistas independientes y blogueros en Cuba, 14ymedio es el primer diario digital independiente en Cuba en más de 50 años. Su equipo se dedica a publicar noticias sobre acontecimientos políticos, económicos, sociales y culturales dentro de Cuba y en el mundo.

14ymedio es una start-up mediática que pretende convertirse en la fuente de información de preferencia para todo ciudadano cubano en la Isla y para cualquier persona en el mundo que busque información objetiva e independiente sobre lo que está sucediendo en Cuba.

14ymedio está muy bien posicionado para ser el medio que acompañe a Cuba durante los próximos años de transición que vivirá la Isla.

¿Cómo es el trabajo de 14ymedio?

14ymedio tiene un compromiso con la verdad y la independencia. Nuestra meta es informar, opinar y abrir un espacio para debate dentro de la sociedad cubana. En el medio digital se encuentra contenido original dividiendo en varias secciones:

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El contenido en 14ymedio intenta abarcar diversos puntos de vistas, renuncia a la violencia verbal, se basa en hechos y no se somete a la autocensura.

¿Quéimpacto produce 14ymedio?

Además de ser un medio de comunicación, 14ymedio también desea educar a una nueva generación de ciudadanos informados que puedan utilizar las nuevas tecnologías como forma de tener mayor libertad de expresión. Estamos desarrollando tres areas de impacto:

1)      Distribución de Noticias: Desarrollar nuevos canales de distribución para que nuestro contenido llegue a millones de cubanos en la Isla

2)      Educación: Servir como un laboratorio mediático para entrenar a una nueva generación de periodistas en el uso de nuevos medios de comunicación y las tecnologías

3)      Emprendimiento: Implementar un modelo de negocio sostenible que cree nuevos empleos independientes con salarios dignos dentro de Cuba

Vocera del antipopulismo visita Chile

En septiembre de 2014, la politóloga guatemalteca Gloria Álvarez, subió al estrado del primer Parlamento Iberoamericano de la Juventud para dar un discurso antipopulista que provocó gran revuelo por sus cuestionamientos a los gobiernos latinoamericanos, y el video de su intervención se viralizó en las redes sociales, sumando más de un millón de visitas. La analista fue invitada a Chile para participar en una charla en la Universidad Adolfo Ibáñez, programada para el 22 de abril, en la que Álvarez hablará sobre el uso de las tecnologías contra el populismo. Al día siguiente, participará en la sede de la Fundación para el Progreso en una conferencia con la bloguera cubana Yoani Sánchez, quien viene a Chile invitada por la plataforma La Otra Mirada.

Yoani Sánchez: “El acuerdo Cuba-EE.UU trajo la esperanza de que habrá más comida en los platos”

La activista cubana visitará Chile por primera vez en abril. En esta entrevista con La Tercera analiza las negociaciones entre La Habana y Washington, y proyecta el futuro de la isla.

Yoani Sánchez dice que sueña conocer Montegrande, donde Gabriela Mistral pasó su infancia, en el Valle del Elqui. “Pero sólo estaré 72 horas en Chile, así es que no podré visitar ese lugar”, cuenta la popular bloguera cubana, al referirse a su primera visita al país, entre el 21 y 23 de abril. La cronista, que a partir de 2004 inició una suerte de cruzada para contarle al mundo lo que, según ella, sucede en Cuba, tanto desde su blog como a través de medios como El País, Clarín y The Washington Post, fue invitada a Santiago por la Universidad Adolfo Ibáñez.

En esta entrevista con La Tercera, Yoani Sánchez (La Habana, 1975) analiza el histórico acuerdo entre Cuba y Estados Unidos para retomar sus relaciones después de más de cinco décadas, pero también proyecta el futuro de la isla y se refiere a 14ymedio, su nuevo periódico digital, que fue bloqueado por el gobierno que encabeza Raúl Castro.

¿Cómo recibió el anuncio, en diciembre, sobre la reanudación de los vínculos entre Washington y La Habana? ¿La tomó por sorpresa como a todo el mundo?

Realmente fue una gran sorpresa, la gran sorpresa de décadas en Cuba. A todos nos tomó desprevenidos, porque ocurrió en medio de tantas consignas antiimperialistas y tanta intransigencia del gobierno cubano con su archienemigo. En lo personal, he tomado el 17 de diciembre como un antes y un después en la historia de Cuba. Tengo muchos colegas que se han sentido traicionados por las negociaciones, porque se hicieron en secreto. En lo personal, creo que se abrió una nueva oportunidad y un nuevo escenario. Entonces hay que sencillamente actualizar los métodos de trabajo y pensar en las posibilidades que esto trae, que todavía no se han materializado porque se sigue negociando. Hay medidas que se pusieron en vigor en enero, como la flexibilización para el envío de remesas, acceso a las telecomunicaciones, la posibilidad de importar mercancías hechas por trabajadores privados cubanos. Pero falta el cambio de legislación. Netflix anunció que se podrá usar en Cuba, pero los cubanos aún no tenemos acceso a internet.

¿Cuál sería el nuevo escenario y la nueva oportunidad que usted menciona?

Lo más importante es que se rompe un discurso que tenía una fuerte carga simbólica y que el gobierno cubano usó desde décadas para justificar desde el descalabro económico hasta la falta de libertad, que es el discurso de David contra Goliat. Lo más importante está en el campo de lo simbólico: se acabó el pretexto. Por otro lado, la flexibilización de algunas medidas abren algunas posibilidades para el sector independiente, ya sea político o económico dentro de Cuba, que ahora tiene la posibilidad de tener un vínculo legal más estrecho sin subterfugios.

¿Cómo fue recibido el anuncio en La Habana?

He sentido que la gente experimenta un sentimiento de esperanza. Para la mayoría del pueblo este anuncio trajo la esperanza de que habrá más comida en los platos y más dinero en los bolsillos. Pero eso aún no se ha concretado. Todavía el impacto sobre la sociedad no se ha hecho evidente. Hay quienes ya no pueden esperar más y por eso ha aumentado la migración ilegal. Pero percibo que hay alguna esperanza.

¿Cómo recibió la disidencia cubana el diálogo con EE.UU?

La disidencia es muy variada. Somos un grupo muy variopinto. Hay quienes, como Guillermo Fariña y Berta Soler (Damas de Blanca) han mostrado su desagrado con las negociaciones, porque se hicieron de espaldas y con secretismo y porque sienten que faltó la agenda de DD.HH. Otras personas compartimos la opinión de que al solucionarse el conflicto entre el vecino del norte con la pequeña isla, ahora queda en evidencia el verdadero conflicto, que es entre el pueblo cubano y su gobierno. Entonces, pensamos que hay un nuevo escenario que la oposición y la disidencia tiene que repensar y relanzar su estrategia. Este escenario es positivo porque le arrebata al gobierno el pretexto del enemigo. Esto es una derrota para el oficialismo.

Pero los partidarios del gobierno cubano podrían argumentar que esto demuestra la apertura del régimen, que es un avance de Raúl Castro.

Sí, sin lugar a dudas y por eso el oficialismo lo pinta como una victoria. Pero lo cierto que es la mayor derrota que les han imprimido en los últimos 57 años. Es reconocer que pese a tanta trinchera, a tanto discurso antiimperialista, han debido terminar pactando.

¿Que rol pudo jugar Fidel Castro en la aproximación del gobierno de su hermano a Estados Unidos?

Evidentemente debe estar informado. No creo que algo de esta envergadura su hermano haya podido manejarlo en secreto. Ahora bien, por distintas conversaciones que he podido tener, por ejemplo con Roberta Jacobson (secretaria de Estado adjunta para el Hemisferio Occidental), que visitó la redacción de nuestro diario en La Habana, parece ser que las negociaciones inicialmente comenzaron con el camino del restablecimiento de relaciones y apertura de embajadas, pero todo lo demás, especialmente las medidas tomadas por Barack Obama, han sido algo adicional a lo pactado. Eso es importante. Fidel Castro debe haber estado informado de las negociaciones, pero no lo que vino después en cuanto a medidas más aperturistas que son contrarias a lo que piensa Fidel.

¿Qué se puede esperar del encuentro que podrían sostener Obama y Raúl Castro en la Cumbre de las Américas, el 10 y 11 de abril? ¿La dura condena de Obama a Venezuela podría empañar todo esto?

Sin lugar a dudas. Si hace algunas semanas pensábamos que los protagonistas en Panamá serían Raúl Castro y Obama, se ha sumado un nuevo personaje que grita más fuerte (Nicolás Maduro). Cuba ha mostrado su apoyo irrestricto al gobierno venezolano y la tensión verbal ha escalado. De manera que no descartaría que en la cumbre el protagonismo lo tenga Nicolás Maduro. ¿Es positivo eso para el gobierno cubano? No. Porque va a tener que jugar un doble papel: mientras acompaña a su compañero de trinchera por otro lado está negociando con su contrincante. Pero el gobierno cubano siempre ha sido bipolar. Pero en un momento tendrán que decidirse. En la Plaza de la Revolución saben que aunque Venezuela los subsidia, no pueden predecir su futuro inmediato. Entonces estarían optando por acercarse más a la Casa Blanca.

¿Cómo ha sido la experiencia de su diario 14ymedio?

Vamos a tratar de estar en Panamá. El primer día que salimos a la red el gobierno nos bloqueó, pero eso fue lo mejor que nos pudo pasar. Porque no hay nada más atractivo que lo prohibido. Los cubanos somos especialistas en burlar ese tipo de censura. No es un gran obstáculo. Queremos informar de manera responsable.

¿Se puede hacer periodismo objetivo siendo activista?

Sí, porque estamos viviendo momentos en que antes de ser periodista o filóloga, que es mi profesión, soy ciudadana. No me gusta el periodismo con microscopio en la mano que mira desde lejos el hormiguero. Me gusta el periodismo que forma parte del hormiguero. Intento narrar la realidad como parte de ella. Nosotros buscamos la información, a diferencia de mi blog personal.

¿En su diario hay espacio para las posiciones oficialistas?

Sí lo hay, pero lamentablemente el oficialismo tiene miedo y prejuicios para publicar con nosotros. Sin embargo, hemos tenido columnistas que miran la realidad desde la izquierda, que creen que hay que mantener el socialismo en Cuba con sólo algunos cambios. Hay pluralidad de opiniones.

Yoani Sánchez: “La Cuba que Camila Vallejo no quiso ver”

La bloguera cubana Yoani Sánchez buscó sin éxito a Camila Vallejo en La Habana, durante la visita oficial en la que la dirigenta estudiantil se reunió con Fidel Castro. “La chilena se veía aún envuelta en el glamour que siempre la acompaña, pero sometida al protocolo encartonado y obediente de su contraparte cubana. Curiosa paradoja, de la postura antihegemónica en su país, Camila pasaba a compartir la palabra y la sonrisa con la hegemonía del pensamiento oficial cubano”, escribe la periodista en esta crónica.

por Yoani Sánchez, desde la Habana

El timbre del móvil sonó nervioso y yo di un salto en la silla. Llevaba más de una semana con el servicio telefónico prácticamente interrumpido y de pronto aquel pequeño artilugio de teclas y pantalla daba una señal de vida. “Camila Vallejo llegará mañana a La Habana”, me dijo una voz al otro lado de la línea y colgó. Después de los días vividos durante la visita de Benedicto XVI a Cuba, confieso que la noticia del nuevo arribo no me provocó muchas expectativas. Aun tratábamos de completar los reportes de detenidos durante las jornadas papales y la sala de mi casa era un hervidero de amigos contando historias de calabozos y arrestos domiciliarios. La vicepresidenta de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (Fech) llegaba en un mal momento, alcancé a pensar. Pero después caí en cuenta que recién comenzaban los festejos por el 50 aniversario de la Unión de Jóvenes Comunistas y todo empezó a ganar sentido. Las dos islas en las que habito se mezclaron en mi cabeza: la Cuba de las celebraciones oficiales con sonrisas y consignas y, la otra, la de disidentes metidos a la fuerza en un auto e impedidos de llegar a una misa católica.

Seguirle la pista a Camila Vallejo una vez llegada a nuestra capital iba a ser difícil, casi imposible, lo sabía de antemano. Por un lado estaba el círculo de protección -y control- que la rodeaba a ella y por otro las “largas sombras vigilantes” que me siguen a mí a todas partes.

Para hacerlo más difícil, los eventos incluidos en su agenda ocurrirían en el interior de instituciones educativas o políticas, donde el público es cribado entre los más confiables. Así que Camila y yo transitábamos por dos dimensiones que pocas veces se tocan, por dos mundos separados e incomunicados, entre los cuales todos los puentes han sido dinamitados. Pero quedaba al menos un terreno donde algún tipo de diálogo sería posible. Tomé mi teléfono móvil, el mismo que había vuelto a la vida sólo unos días antes. Escribí un pequeño mensaje de texto y lo mandé al número de servicio de la red social Twitter, camino accidentado y a ciegas que usamos numerosos cubanos para narrar la isla en trozos de 140 caracteres. “Como me gustaría hablar con @Camila_Vallejo pero el cerco oficial alrededor de ella es inexpugnable”, rezaba mi breve trino hacia el ciberespacio.

Para ese entonces ya dos hombres de camisas a cuadros me habían impedido acercarme al Aula Magna de la Universidad de La Habana, donde se presentaba su libro Podemos cambiar el mundo. Al aproximarme uno de ellos me interpeló: “Piérdete, que aquí no vas a poder entrar”.

Confirmé entonces que no habría peluca rubia ni bigote tupido que me sirviera para camuflarme y colarme en el local. Me resigné.

Unas horas antes de que mi tweet apareciera en la gran telaraña mundial, Camila Vallejo compartía con un grupo de jóvenes de la Universidad de Ciencias Informáticas. Rostros sonrientes, aplausos y admiración recibieron en oleadas tanto ella como Karol Cariola, la secretaria general de las juventudes comunistas chilenas.

En el auditorio decenas de jóvenes prestaban una muda atención a sus historias sobre la situación de la educación en Chile, las demandas escolares y los detalles de las protestas en las calles. Una Federación Universitaria que no ha podido organizar una sola marcha espontánea en 53 años, oía las anécdotas de asfalto y huelga que les llegaban desde el sur.

Entre quienes escuchaban estaban -sin dudas- las mayores promesas informáticas de nuestro país, pero también los policías tecnológicos que rastrean la web. Allí estaba la crema y nata de la llamada “Operación Verdad” que se encarga de denigrar en internet a quienes tienen opiniones contrarias al sistema y atacan sitios críticos al gobierno de la Isla.

Camila y Karol platicaban frente a nuestros soldados virtuales, ante nuestros antimotines del pensamiento. Esos que no usan balas de gomas, sino insultos, no lanzan chorros de agua sino estigmatización e injurias sobre el desamparado inconforme.

El resto de los encuentros terminó por marcar el carácter estrictamente oficial de la visita de la carismática Camila Vallejo a nuestra patria. Intercambió opiniones y abrazos con la secretaria general de la Unión de Jóvenes Comunistas de Cuba, la más gris entre todos los obedientes dirigentes que ha tenido esta organización.

La chilena se veía aún envuelta en el glamour que siempre la acompaña, pero sometida al protocolo encartonado y obediente de su contraparte cubana. Curiosa paradoja, de la postura antihegemónica en su país, Camila pasaba a compartir la palabra y la sonrisa con la hegemonía del pensamiento oficial cubano.

También estrechó las manos del actual presidente de la Federación Estudiantil Universitaria, Carlos Alberto Rangel, quien ostenta el triste papel de no representar los intereses del estudiantado frente al poder, sino a la inversa.

De manera que el dirigente de una organización sin autonomía se tomó la foto junto a la prometedora figura que en 2011 sacudió la realidad de Chile y levantó a su paso fuertes simpatías y antipatías en el resto del continente y del mundo.

La FEU cubana trataba de esa manera de sacar partido a la aureola irreverente que acompaña a Camila Vallejo, consciente de que la desobediencia es una postura que hace cinco décadas no resuena sobre la amplia escalinata de la Universidad de La Habana.

Cada estrechón de manos que le dieron esos cuadros formados en el oportunismo, fue como un ritual urgente para apropiarse de su imagen de joven rebelde. Sin embargo, siempre que la miraron a los ojos se percataron que de haber nacido ella aquí, hubieran tenido que empujarla -sin clemencia- al exilio, a la cárcel o a la simulación.

En su blog personal, Camila Vallejo había atizado el fuego de la polémica antes de arribar a la mayor de las Antillas. “Cuba no es una sociedad perfecta, ni Chile tiene por qué seguir su camino”, dictaminó y esa sola frase ya marcaba una distancia con relación a los más rancios postulados de nuestro discurso oficial. Pero también cometía el error de identificar -como tantos hacen- a nuestra patria con el gobierno que la dirige, a nuestra nación con la ideología en el poder. Camila quiso compartir con sus lectores una reflexión “sobre lo paradójico que resulta el discurso de quienes critican con tanta rabia a Cuba o a quienes sienten cariño y respeto por ella”, sin percatarse que en esa afirmación estaba incurriendo en una confusión tan difícil de extirpar como las raíces del marabú sobre tierra cubana. Los reproches que tanto abundan no van dirigidos a nuestra identidad nacional, ni a las palmas que crecen en las llanuras ni a una cultura que ha dado en los tres últimos siglos escritores, artistas y músicos de dimensión universal. Las opiniones contrarias no van “a por Cuba” sino dirigidas a un gobierno que ha penalizado la discrepancia y ha secuestrado nuestra voz. Si no se desmonta el entuerto de identificar a millones de personas que habitan esta isla con una sola ideología, entonces seguirá ocurriendo la triste situación de que ciudadanos nacidos aquí sean llamados “apátridas” o “anticubanos” por tener opiniones políticas diferentes a las del Partido Comunista.

Para debatir precisamente sobre estas sinrazones y equívocos invité a Camila Vallejo a tomarse un café. Lo hice vía Twitter, porque soy consciente de que intentar dirigirle la palabra en público sería tomado -cuando menos- como un atentado. Pero pasaron las horas y la señal de un posible encuentro nunca llegó.

Una semana antes Benedicto XVI tampoco había accedido a escuchar otras voces de nuestra ilegalizada sociedad civil. Las Damas de Blanco le habían pedido a Joseph Ratzinger un minuto de su tiempo, a cambio el gobierno cubano arrestó a muchas de ellas e impidió salir de sus casas a otras tantas.

Con la recién llegada estudiante de Geografía no era necesario desencadenar una ola represiva al estilo de la ya conocida como “Operación Voto de Silencio”, bastaba encerrar a la visitante en un círculo oficial del que no pudiera salirse. La rebelde Camila obedeció esas reglas.

Después supe por la prensa que -al igual que el Papa- ella había estado conversando con Fidel Castro. La habían llevado a ese lugar cuasi secreto y resguardado desde donde el anciano ex presidente escribe sus largos y delirantes textos. El patriarca de la revolución cubana recibía a la joven que por un rato logró contagiarlo con su aura de juventud, de futuro.

El mismo Comandante en Jefe que desmontó todo rastro de independencia estudiantil -atenazándola con controles, informantes y purgas- declaraba su simpatía por las historias de rebeldía que le contaba Camila Vallejo.

El hombre que se destacó en sus tiempos de universitario por su tendencia a la confrontación con el poder, terminó cortando todos los caminos para que los jóvenes de hoy no le hagan lo mismo a él. Quien se desgañitó en sus años mozos gritando “Abajo la dictadura”, terminó creando otra e impidiendo las consignas antigubernamentales. Del encuentro con él salió la vicepresidenta de la Fech declarando que “todas las reflexiones que haga Fidel constituyen luz y esperanza para Chile”. Quedaba claro que intercambiar ideas y sorbos de café sobre mi mesa ya era un imposible. La Cuba oficial había abducido a Camila Vallejo.

Tomé el móvil nuevamente, mi único e inmediato camino para opinar en un país donde gente como yo nunca tendrá un minuto en la televisión, ni espacio para unas líneas en los periódicos nacionales. Mandé otro mensaje ya sin muchas esperanzas: “Ayer @Camila_Vallejo se entrevistó con Fidel Castro. ¿Tendrá un minuto para jóvenes irreverentes y contestatarios?”. Hasta el momento en que escribo estas líneas, no sé si ha podido leerlo o si también ella está sufriendo los problemas de falta de conectividad a la internet que padecemos tantísimos cubanos. Nada más enviar aquella invitación un ring ring frenético resonó en mi bolsillo. Confieso que al instante creí se trataba de una llamada de esa veinteañera de rostro perfecto y hablar apasionado que milita en el Partido Comunista de Chile. Pero en realidad la voz que se escuchaba al otro lado era de una joven desesperada por las detenciones en el Oriente del país. Quería narrarme cómo la policía política allanó la casa de un disidente y se lo llevaron junto a su esposa, varios colegas de lucha y una buena parte de los papeles y libros que encontraron a su paso. Me contó también sobre las tres hijas del matrimonio que quedaron a cargo de la abuela, hasta tanto se sepa si a sus padres los van a procesar por algún delito o sólo es una detención intimidatoria para que desistan de expresarse. La otra Cuba que no le habían enseñado a Camila Vallejo irrumpía en mi teléfono, me reclamaba mayor atención y mayor responsabilidad que el jugueteo periodístico de perseguir a una delegación que sólo se movía por espacios seguros, filtrados. No pude determinar la edad de la mujer que me había llamado y que me describía la ola represiva en Palma Soriano y Palmarito del Cauto. Nunca supe si era mestiza, negra o blanca; joven, madura, vieja… Pero en mis fantasías yo la veía con un aspecto casi perfecto, esculpido con una maestría de escultura griega. Mientras hablaba, yo construía en mi mente unos pómulos y un mentón de revista, una cabellera castaña de sueños, una juventud a prueba de desánimos. Pero un sollozo rompió mis divagaciones, un lloriqueo en la línea telefónica deshizo aquella cara de proporciones perfectas y me enfrentó al semblante descompuesto de la Cuba real. ¡Cómo hubiera querido que Camila Vallejo también lo hubiera visto!

 

Publicado en La Tercera

Ensayo de Deirdre McCloskey sobre El Capital en el Siglo XXI de Piketty

Una interesante y devastadora crítica realizada Deirdre McCloskey a la última publicación de Tomas Piketty titulada El capital del siglo XXI. Bajo el nombre de Measured, Unmeasured, Mismeasured, and Unjustified Pessimism,o en español Pesimismo medido, no medido, mal medido e injustificado. La historiadora hace un estricto análisis refutando de manera magistral los distintos pasajes del libro del economista. Entre ellos señala que Piketty no tiene idea del sistema de oferta y demanda, destacando de la misma forma que el autor francés ignora el sentido del “capital humano”, echando por la borda la educación que ha significado el crecimiento económico y social por más de 150 años.

Traducido del inglés por Fundación para el Progreso (FPP)

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Jesse Norman, el gurú inglés que estará en Enade

Confirmada está la participación de la Presidenta Michelle Bachelet y la presidenta del Senado, Isabel Allende, en el Encuentro Nacional de Empresarios (Enade), cuyo lema en latín, Aedificatio Societatis, alude a construir sociedad.

La jornada del 27 de noviembre partirá con la bienvenida de Guillermo Tagle, presidente de Icare, y anfitrión del encuentro, quien dará la palabra al ministro de Hacienda, Alberto Arenas. El bloque de la mañana, titulado “Crear prosperidad”, también estará integrado por el presidente de la Confederación de la Producción y del Comercio, Andrés Santa Cruz -tercero en exponer-, y el ex canciller Alfredo Moreno.

Luego será el turno de Jesse Norman, miembro del parlamento por el Partido Conservador en Inglaterra, considerado uno de los ideólogos del “nuevo conservadurismo” y el gran asesor intelectual del Premier inglés, David Cameron. Norman, quien estuvo en Chile en 2011 junto al ex Presidente Sebastián Piñera, es el autor del libro “Big Society” donde señala entre sus ideas, que la felicidad no está en hacer lo que uno quiera sino en lograr una vida buena, que implica la vida en sociedad, y la participación en las instituciones. A diferencia de otros años, fuentes empresariales señalan que esta versión generó tal expectación que han recibido una avalancha de consultas por reservar ahora mismo una entrada al evento.

Fuente: La Segunda